“Vicente siempre ha prestado con ejemplar generosidad sus libros cuando se le han solicitado –a veces, le he dicho yo jocosamente, con demasiada ligereza, pues me deja en mal lugar y porque sería suficiente con que dejara consultarlos en casa como hace uno–, y le han servido para publicar excelentes trabajos sobre botánica, historia de la ciencia y otros temas de su especialidad”.
Aragón ha sido siempre tierra de grandes bibliófilos y de gente culta apasionada por los libros, desde don Pedro de Luna, Benedicto XIII (cuya excelente biblioteca de Aviñón inventarió el profesor Pascual Galindo Romeo en 1929), Pedro Cerbuna y Vicencio Juan de Lastanosa, hasta José Nicolás de Azara (su biblioteca la estudió Gabriel Sánchez Espinosa en 1997), Francisco Manuel de Moner y Siscar (que reunió en Fonz una extraordinaria biblioteca e imprimió él mismo libros en aquella localidad) y Juan Manuel Sánchez, aquel legendario médico de la Armada a quien debemos, entre otros libros, las ya clásicas Bibliografía zaragozana del siglo XV y Bibliografía aragonesa del siglo XVI y que, según contó Pedro Vindel en sus memorias, fue dueño en su momento de la mejor biblioteca que había en España, que hubo de vender en 1920 «por grandes pérdidas sufridas con otras aficiones distintas a las de los libros».
Con algunos de los ejemplares que fueron de Sánchez y de otro ilustre bibliófilo aragonés, Eduardo Sainz, la librería Hesperia publicó en 1956 su primer catálogo de libros antiguos. En aquel incomparable repertorio de Santiago Marquina se ofrecían libros de horas, códices e incunables, y podía comprarse por 18.000 pesetas un gótico zaragozano de Jorge Coci de 1522 que no registraba Palau.
Los hermanos A. y J. de San Pío fueron también grandes bibliófilos y publicaron el Inventario de obras raras y curiosas de su biblioteca en 1907. Sus libros procedían de las bibliotecas de los marqueses de Ayerbe, de los barones de Torrefiel y de otros dos grandes bibliófilos aragoneses, Martín Zapater, el amigo de Goya, y su sobrino Francisco Zapater y Gómez. Uno de ellos, Álvaro San Pío, que fue catedrático en nuestra Universidad, escribió además algunos libros importantes, entre ellos un magnífico estudio sobre La moneda labrada en Aragón en 1925.
El maestro de bibliófilos
Pero por el que uno ha sentido debilidad ha sido por Vicente Martínez Tejero. Él ha sido tal vez –con permiso de Enrique Aubá, gran bibliófilo también, aunque ágrafo y de perfil más coleccionista– el más importante bibliófilo aragonés desde los tiempos de Juan Manuel Sánchez y su meritísimo sucesor en lo más alto del podio de la bibliofilia aragonesa. Le unen a nuestro médico y bibliógrafo, además del amor a los libros, una misma pasión por Aragón, que le ha hecho reunir muchos de los más importantes libros aragoneses de todos los tiempos, e idéntica vocación investigadora, que le ha llevado a publicar numerosos libros y artículos en la mejor tradición de los grandes bibliófilos españoles como Gallardo, Miquel y Planas, Sainz Rodríguez, Moñino o Infantes.
Vicente ha sido maestro de bibliófilos y, como debe exigírsele a éstos, ha tenido proyección social y perfil investigador. Lo primero, porque las bibliotecas de los bibliófilos no deben ser cenotafios ni cementerios de libros, sino bibliotecas abiertas a la sociedad para que puedan ser siempre utilizadas por investigadores y estudiosos; y lo segundo porque el bibliófilo debe sacarles partido a sus libros y escribir y publicar sobre ellos, pues dar noticia de las ediciones raras o desconocidas que posee debería ser una autoimpuesta obligación intelectual.
Estas dos características, presencia pública y afán investigador, son fundamentales para considerar relevante la función social del bibliófilo y para distinguirlo del mero coleccionista, que solo encuentra satisfacción en lo que compra y atesora, pero que ni lo estudia ni lo muestra. Vicente siempre ha prestado con ejemplar generosidad sus libros cuando se le han solicitado –a veces, le he dicho yo jocosamente, con demasiada ligereza, pues me deja en mal lugar y porque sería suficiente con que dejara consultarlos en casa como hace uno–, y le han servido para publicar excelentes trabajos sobre botánica, historia de la ciencia y otros temas de su especialidad.
Filantropía en el anonimato
Es un sabio afable, sencillo y humilde, y un gran depredador, que en las librerías y rastros abatía las piezas con rapidez felina gracias a su olfato portentoso, que le permitía descubrir dónde estaban los mejores libros. Y es un hombre generoso, del que nunca olvidaré que en una ocasión en que queríamos editar en facsímil un folleto de Gaspar Torrente (se trataba de La crisis del regionalismo en Aragón, de 1923) pero carecíamos de medios económicos para ello, él se ofreció, sin que nadie se lo pidiera, a costear la edición, con la condición de que su filantropía permaneciera en el anonimato.
Por sus ojos y sus manos han pasado miles y miles de libros que él retiene con prodigiosa facilidad. Y trató sin éxito de legar su biblioteca al Gobierno de Aragón, que no tuvo en su momento la sensibilidad ni la delicadeza necesarias para aceptarla. Las condiciones que Vicente exigía eran nimias en comparación con el tesoro que se iba a recibir.
Martínez Tejero, uno de nuestros más ilustres boticarios y el mejor de los bibliófilos aragoneses, representa lo mejor de nuestra burguesía ilustrada. Con unos cuantos como él, Aragón estaría a la vanguardia de España.
Publicado en Heraldo de Aragón el 2 de noviembre de 2024.


