“Y así son las cosas: al cabo de los lustros, el ritual del 20 de diciembre se ha instalado en el paisaje político y social de nuestro viejo País. Como constató el poeta y certificaron las generaciones venideras, todo es posible con la voluntad (la de los jóvenes pioneros del RENA), pero nada permanece sin las instituciones. Y ahí es donde el bloque histórico dominante, los amos de la tierra y de sus instituciones, nos llegan ahora chirriantes y chispeantes, en su flamante furgón de cola, a la estación en la que ahora se institucionaliza lo que ha venido siendo hecho y derecho popular desde hace ¡48 años!”

Merced a una iniciativa del PP en las Cortes de Aragón, se ha declarado el 20 de diciembre como Día del Justicia de Aragón. Yo añadiría a esta noticia una expresión que una vez leí en algún legajo de nuestros antepasados (tan “pasado” como que era de la primera mitad del siglo XVII) que decía: “con general aplauso de la tierra”. Es lo bueno de ser el pesado furgón de cola en el tren del progreso de un país: llegas el último a todas partes, pasando por donde antes lo hicieron quienes, con más visión y empuje, te precedieron en esa vía; eso sí: con el freno de mano puesto a conciencia y soltando chispas y chirridos contra el empuje de la máquina. Pero, finalmente, a pesar de haber ralentizado el tren de la Historia durante décadas, hasta el PP pasa por el punto que antaño le mostraron sus denostados predecesores de la progresía aragonesista clarividente. Llegan tarde, tardísimo, pero, en el agarbanzamiento colectivo que nace de tan dilatadas y resignadas esperas, ¿qué otra cosa pueden hacer quienes llevan décadas esperando? ¡Pues aplaudir, que ya era hora! ¿Para qué poner mala cara a estas alturas? ¡Qué bien se recompensa el atraso bien administrado!

Eso sí, conviene no pasar por alto el pequeño detalle de que esta súbita conversión a la causa del 20 de diciembre llega también con vocación de suplantación: allí donde el pueblo aragonés, año tras año, había convertido esa fecha en el Día de las Libertades Nacionales de Aragón —una jornada cívica, abierta y popular—, el PP pretende ahora encorsetarla en el homenaje oficial y domesticado a una institución. Es decir, sustituir el símbolo de la libertad por el rito del protocolo. El poder es muy dado a estas operaciones cosméticas: donde hubo pueblo, colocar institución; donde hubo memoria viva, poner calendario oficial. Y si se hace con medio siglo de retraso, tanto mejor: el polvo del tiempo borra los rastros incómodos de quienes abrieron el camino.

Rezaba una lápida del tenebrista siglo XVIII, dominada por una calavera con sus canónicas tibias, lo siguiente: “Como tú te ves, yo me vi. Como tú me ves, tú te verás”. Cadavérico o no, el caso es que ahora el PP podría verse como aquellos zagales (y también algunas zagalas) de 16 o 17 años que allá por 1977 realizaron, bajo las siglas del Rolde de Estudios Nacionalista Aragonés (RENA), el primer homenaje al Justicia tras la muerte del dictador; un homenaje a la institución del Justiciazgo y a las libertades aragonesas, que son también las de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Un homenaje a esos principios y valores tan repulsivos para el viejo genocida que nos gobernó a hostias por la Gracia de Dios, pero que, tan a su pesar, tuvieron en Aragón —ese pedazo de solar del crisol de la raza de España— una de sus cunas más tempranas.

A ellos, la calavera de Gaspar Torrente y las de quienes, como él, desde el Partido Republicano Autónomo de Aragón organizaron el 20 de diciembre de 1935 el primer homenaje ante el monumento de la Plaza de Aragón, les diría, alegre y jacarandosa (recordemos que las calaveras siempre sonríen) este mismo adagio a la muchachada del RENA: “Como tú te ves, así me vi”. Este Generalísimo, a quien el actual rey emérito recuerda con cariño en sus memorias, se encargó de hacer que el homenaje al Justicia y a lo que representa para los aragoneses y para la Humanidad tardase 42 años en repetirse.

Desde aquel feliz 20 de diciembre de 1977, los y las aragonesistas nos hemos ido congregando cada año puntualmente para recordar lo que fuimos, reconocer lo que somos y hacer propósito de fortalecernos en lo que queremos ser. La perseverancia de miles de personas a través de los años fue llevando paulatinamente a las instituciones a sumarse al acto cívico de la Plaza de Aragón de Zaragoza y (¡qué remedio!) a los partidos en ellas representados.

Y así son las cosas: al cabo de los lustros, el ritual del 20 de diciembre se ha instalado en el paisaje político y social de nuestro viejo País. Como constató el poeta y certificaron las generaciones venideras, todo es posible con la voluntad (la de los jóvenes pioneros del RENA), pero nada permanece sin las instituciones. Y ahí es donde el bloque histórico dominante, los amos de la tierra y de sus instituciones, nos llegan ahora chirriantes y chispeantes, en su flamante furgón de cola, a la estación en la que ahora se institucionaliza lo que ha venido siendo hecho y derecho popular desde hace ¡48 años!

Nuestra derecha, la derecha aragonesa, ha obrado en democracia el milagro de superar a Franco y a su dictadura en la preterición del reconocimiento a los actos de la voluntad popular, del sentir genuino de un pueblo y una nación. Pero ¡qué caramba!: descorchemos las botellas que tanto han envejecido en ese tiempo y brindemos con el ya apuntado y revenido vino que nos ofrecen. Hay algo que celebrar: celebramos que ya tenemos un hito que nos permite saber que esos vagones de ruedas rígidas y freno implacable que destrozan la memoria de las vías que dejan tras sí “solo” llegan a destino con 48 años de retraso (no nos vengamos muy arriba: dejémoslo en 50). Es el tiempo que la derecha españolista y el aragonesismo baturrista y conservador necesitan —y necesitarán, como poco— para creerse que vivimos en un Estado plural de pueblos y nacionalidades; en pelear por el más alto techo de autogobierno posible para Aragón en el marco del Estado español; en reconocer nuestra realidad cultural y lingüística; en restituir el destrozo que causó el Tribunal supuestamente Constitucional en nuestra ley de actualización de los Derechos Históricos de Aragón; en descolonizar la economía aragonesa para que sus recursos enriquezcan a los aragoneses en vez de a los oligopolios y multinacionales; en renunciar a las centrales nucleares, las grandes obras hidráulicas, las grandes plantas energéticas, los grandes centros de datos que esquilman los recursos de nuestro país por cuatro chavos mientras los autóctonos los pagamos a doblón… En fin: ¿qué es medio siglo en la inmensidad de los 1.200 años de historia de nuestra nación?

Así que mi mensaje en este 20 d’abiento de 2025 es optimista: en 50 años, algunos, en nuestras lápidas, gracias a la generosidad del presidente Azcón, del PP aragonés, de los hijuelos de Biel y de todos los conservadores bienpensantes que tienen como misión esencial en sus vidas asegurar que el pueblo aragonés se mantenga 50 años más atrasado que el resto de las naciones avanzadas, podremos lucir flamantes, sin ser acusados de “imponer lenguas inventadas”, el epitafio: “Como tú te beyes, yo me beyié. Como tú me beyes, tú te beyerás. / Tal com tu et veus, jo em vaig vore. Tal com tu em veus, tu et voràs¡” Quién sabe si para entonces el Canto a la Libertad habrá sido oficialmente reconocido, de una p… vez, como el verdadero himno de Aragón! Será el sueño de los justos.