“Reflexionar nos permite el uso de la razón que es herramienta básica contra fundamentalismos y dogmatismos demenciales, la madura sensatez, la sana conciencia, la capacidad para el diálogo, la responsabilidad en los compromisos asumidos, el sentimiento de empatía y simpatía para ponerse en el lugar de los otros, la superación del individualismo, el reconocimiento recíproco de los seres humanos como personas con derechos, potenciar el esfuerzo, en fin, colaborar desde nuestras posibilidades en la tarea de fortaleces las bases para mejorar nuestra democracia desde una ciudadanía madura y cosmopolita.”.
No es infrecuente que en momentos de incertidumbre y desasosiego tengamos dificultad para entender la situación en la que nos encontramos; nos alertó de ello Ortega y Gasset cuando advirtió que no sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa. Para encauzar la nueva realidad que vivimos, llenos de temor y angustia, precisamos conocer y analizar lo que está pasando, es preciso y urgente para entender lo que pasa terminar con las políticas de enfrentamientos y desacuerdos y encarar la historia optando por una nueva convivencia, aprender la buena lección basada en una ciudadanía madura y solidaria, capaz de construir un nuevo y mejor futuro ciudadano. La lección es que tenemos que aprender a vivir con dignidad y solidaridad lo que nos trae el futuro, que no sabemos cómo es, pero que va a ser distinto a lo conocido hasta ahora. No nos podemos permitir volver a ser los mismos y a comportarnos igual que antes la revolución digital que llega imparable y esta cambiando el mundo conocido.
Y aunque hoy debería ser un tiempo de unidad estamos rodeados de personajes que disfrutan creando discordias, enfrentamientos; son las franquicias del rencor y el odio, instaladas en las redes sociales y en los falsos medios de comunicación, son una amenaza para nuestra actual democracia. Frente a anacronismos discordantes, insolidarios y miserables, que en lugar de enlazar eslabones utilizan la cizalla para cortar lo que aún nos une, es tiempo de pensar y trabajar unidos, de reflexionar, de filosofar; lo estamos aprendiendo en “esta larga noche oscura” que versificara San Juan de la Cruz; es tiempo de reflexionar unidos de que no somos “seres en soledad”, que los demás existen, que, además del “yo”, existen “los otros”. Continuando con Ortega:
“al hombre se le imponen muchas cosas en la vida. En primer lugar, se le impone la vida misma…; de repente se encuentra viviendo sin haber participado para nada en la decisión de nacer. Se le impone, además, una época histórica, una cultura, un país, una sociedad, una familia, una educación, un sexo, un cuerpo con unas capacidades y unas características concretas”.
Pero lo que no se le impone es cómo ha de vivir esa vida, y en eso precisamente consiste nuestra libertad. Las situaciones que vivimos necesitan de la reflexión: necesitamos la filosofía. ¿No es la vida un continuo ensayo por encontrar nuevos caminos y nuevas soluciones a los problemas? Estamos en un tiempo para la reflexión en momentos inciertos, tiempos para la filosofar en tiempos de crisis.
En una entrevista de Jordi Évole escuché las palabras del siempre lucido José Mujica, ex presidente de Uruguay, reflexionando sobre este tiempo que preocupa y asusta:
“La peor soledad es la que llevamos dentro, es tiempo de meditar. Habla con el que tienes dentro; es tiempo de reflexionar un poco, mirar por una ventana al cielo y, el que no lo tiene, imaginarlo… Vivir significa gastar el tiempo en lo que te haga feliz. Mientras tengas causa para vivir y luchar, no tienes tiempo para estar desencantado y que te coma la tristeza”.
Muchos creemos y esperamos que la vida cambiará sustantivamente a consecuencia de los cambios de la imparable revolución digital; tras los cambios de la digitalización, estoy convencido, ya no seremos los mismos; frente al egoísmo reinante hoy en día vendrá la reflexión que nos hará ver la realidad desde el prisma de la solidaridad y la cooperación. La tecnología no nos deshumanizará.
Esta situación enloquecida que nos ha tocado vivir nos traerá, sin duda, importantes consecuencias; nuestra obligación como librepensadores críticos y humanistas consiste en analizar esas consecuencias y encontradles respuestas. En su libro manifiesto La utilidad de lo inútil”el profesor Nuccio Ordine argumenta y justifica con una hermosa comparación el título de su manifiesto humanista:
“imaginen un mundo sin flores; las flores no son necesarias para nuestra vida, pero sin flores el mundo sería un mundo triste, un desolado desierto”.
¿Cómo sería una vida sin saberes inútiles? sin filosofía, sin arte, sin música; transformaría nuestro espíritu en un desierto; tal vez no produzcan ganancias económicas, pero sirven para alimentar el espíritu y evitar la deshumanización. Hoy la dictadura del provecho económico ha alcanzado un poder que está fuera de cualquier límite, no hay aspecto de la vida que no esté dominado por el utilitarismo; pero una vida sin saberes inútiles, sin filosofía, sin arte, sin música, sin teatro, sería como destruir el único instrumento que tenemos para cultivar la sensibilidad espiritual de las nuevas generaciones. Cuando tantos investigadores en este mundo tecnológico están valorando hoy la necesidad de la filosofía no podemos caer en la dictadura del utilitario tener, primero el voluntarioso ser, luego el estar. La filosofía frente a la economía. Pensar mejor que acumular.
La filosofía como reflexión sobre la realidad no apareció “de repente” fue el resultado de una evolución del pensamiento humano con el fin de responder a la necesidad sobre el cómo orientarse y conducirse ética y políticamente ante la vida. Dado que la reflexión filosófica no se puede dar nunca por cerrada y acabada, es esencial ejercitarla en el diario quehacer humano. Razón tenía Kant al afirmar que “no es posible aprender filosofía, sino aprender a filosofar”; filosofar consiste en hacer un uso libre y personal de la razón ante lo que nos acontece en la vida para sacar conclusiones. Hay que responder a la pregunta fundamental: ¿Qué es el ser humano?; a ella se remiten todas las demás cuestiones que nos preocupan; no en vano el ser humano siempre ha intentado comprenderse a sí mismo, comparándose y diferenciándose a la vez de todo lo que le rodea.
En el Templo de Apolo en Delfos hay una inscripción que dice “¡Conócete a ti mismo!” ha sido la divisa de numerosas escuelas morales y filosóficas que han contemplado la sabiduría en el auto conocimiento. Nadie es sabio si no se conoce a sí mismo; nadie llega a serlo hasta que no sabe algo sobre sí mismo. Es una llamada al conocimiento interior, a la relación reflexiva consigo mismo, lugar privilegiado tanto de la honestidad moral como de la reflexión filosófica que libera. Esto es la filosofía, la reflexión que hoy, en esta sociedad enloquecida en pleno proceso de revolución digital, debemos practicar para entender lo que pasa.
“Auto conocerse” constituye una de las piezas esenciales de cualquier proyecto de vida, es un sabio consejo para llegar a conocer lo que somos; empeñarse en ser otro que no eres, el autoengaño es el engaño más inútil de la propia vida. Sin embargo, el autoconocimiento es el complemento de otro imperativo: el “descubrimiento de los otros” y su búsqueda y encuentro a través de su conocimiento. La sabiduría del conocimiento de uno mismo y de los otros es generadora y donadora de “sentido”. En ella se inquieta y se aquieta, se remueve y se sosiega la pregunta por el significado de la existencia: la “mía” y la de “los otros” y, esa mutua relación, conlleva conocer el significado y sentido de la existencia de la sociedad que compartimos: es la argamasa visible y tangible de la convivencia entre ciudadanos que se saben responsables de una vida en común. Goethe lo escribió magníficamente:
“Sólo merece la libertad y la vida aquel que diariamente tiene que conquistarla”.
A la hora de reflexionar se encuentran las diferentes realidades que componen una “ciudadanía compleja”: diversa en ideologías, creencias sociales y políticas, en capacidades, en sensibilidad cultural, en tendencias sexuales, etc. diferencias que hay que respetar desde la convivencia ciudadana, no viendo en los otros enemigos a derrotar, sino iguales en derechos con los que hay que resolver con justicia, equidad y colaboración los problemas comunes que nos acechan.
Hace dos mil años, el estoico griego Epicteto reflexionó sobre la creencia de que solo hay una manera de alcanzar la felicidad: y es dejar de preocuparse por cosas que están más allá del poder o de nuestra voluntad. Una de las peores cosas que puede ocurrirle al ser humano es perder la motivación por vivir. De ahí qué en estos tiempos demenciales de cambios, de angustia contenida, de miedos sin un futuro claro, nos preguntarnos: ¿nos sirve para algo la filosofía?; la respuesta es sencilla: sirve para reflexionar, para iniciar el sorprendente viaje de “¡Conocerse a sí mismo!”, de apelar de forma equilibrada a nuestra capacidad de razonar, de aquietar el espíritu y descubrir los sentimientos nobles que todos poseemos como seres existentes aquí y ahora en el mundo. No hay peor soledad que aquella que siente uno cuando no se encuentra ni consigo mismo, cuando ignora quién es y cómo es. Es el momento de filosofar, de sentir la necesidad que experimentamos de reflexionar sobre los problemas que nos afectan en nuestra permanente evolución social y personal. Reflexionar es hacer política razonable.
Reflexionar nos permite el uso de la razón que es herramienta básica contra fundamentalismos y dogmatismos demenciales, la madura sensatez, la sana conciencia, la capacidad para el diálogo, la responsabilidad en los compromisos asumidos, el sentimiento de empatía y simpatía para ponerse en el lugar de los otros, la superación del individualismo, el reconocimiento recíproco de los seres humanos como personas con derechos, potenciar el esfuerzo, en fin, colaborar desde nuestras posibilidades en la tarea de fortaleces las bases para mejorar nuestra democracia desde una ciudadanía madura y cosmopolita. En una palabra, conocernos para conocer mejor los problemas a los que nos enfrentamos por el hecho de existir actualmente y potenciar aquellos valores que dignifican y otorgan sentido a la existencia de la humanidad. Y no sólo porque es la mejor forma de lograr esa cohesión social necesaria, sino porque pensar es un derecho de justicia y una elemental obligación de solidaridad ciudadana. No podemos renunciar a pensar, si no, otros se encargarán de hacerlo por nosotros.


