“Un 23 de abril de 1978, muchas banderas de Aragón que horas antes habían inundado las calles zaragozanas en la puesta en escena autonomonista que tocaba ese día, ondearon en La Romareda en un ascenso a Primera con gol de Arrúa al Alavés. Tampoco faltaron cuatribarradas en Madrid en la final de Copa ganada al Barça (con un verso suelto de Rubén Sosa) en la primavera de 1986, coincidiendo con el final de la travesía del desierto de un aragonesismo de izquierdas que nueve años después, en el mismo 1995 de la conquista de la Recopa en París, se hizo mayor entrando en las Cortes de Aragón y en los principales ayuntamientos”

“Hoy día, cuando más jugadores aragoneses visten la elástica del primer equipo, las cuatribarradas son islas mínimas en las gradas de la Romareda. No sé si es simple paradoja o constatación de dinámicas socio-cultural-políticas poco halagüeñas”

“El pasado está bien donde está, en un mundo que no volverá, al que es legitimo mirar pero no para quedarnos en él: nos permite recrear momentos y recabar referentes, pero no nos da de comer. Cada vez se me hace más dificil aceptar el «Somos porque fuimos» (trasládese al contexto que se traslade), si hoy «somos» un cero a la izquierda. Los títulos, la nobleza… se me empiezan a atragantar, lo siento mucho. Y eso vale para el zaragocismo y para el sentimiento aragonés(ista), si es que ambos términos son dos caras de la misma moneda. Porque también empiezo a dudar”.

Durante décadas el Real Zaragoza fue el equipo de Aragón. Ahora me permito dudarlo… pero la duda no está determinada por la naturaleza de los propietarios o los gestores de este club / sociedad anónima (antes aragoneses, ahora ya no) ni por el hecho de que su decadencia competitiva le haya llevado a convivir (a veces en desventaja) con otro equipo aragonés. Quizá es porque el tiempo (el del mundo y el de uno mismo) ayuda a relativizar muchas cosas y a desterrar certezas.

Mi duda no está teñida por la nostalgia de gestores ligados a élites beneficiadas por el régimen franquista. Tampoco lo está por la añoranza de empresarios locales de éxito y, mucho menos, por el recuerdo más reciente de familias «bien» vinculadas a grupos de poder e influencia. De nadie de los evocados, todos aragoneses, se puede cuestionar su zaragocismo, prácticamente todos merecen gratitud por su entrega y dedicación (nunca desinteresada), e incluso a alguno de ellos se le puede considerar «salvador» de un barco a la deriva o en trance de irse a pique. Varios de sus nombres, de entre los más añejos, están cincelados en el edificio de equipos míticos, de victorias que valieron títulos e incluso de derrotas honorables.

Mi duda podría estar más condicionada por un presente amargo que se eterniza («si no me veo representado en el fútbol que veo, ¿cómo el equipo que lo perpetra va a erigirse en símbolo de una colectividad llámese como se quiera llamar?»). Cuando la realidad actual es la de una propiedad multiforme, descabezada en la dirección, torpe y opaca en la toma de decisiones y en la forma de comunicar… se antojan tres respuestas.

Una de ellas es apelar a la épica de los guardianes de la identidad, a la rasmia de los canteranos, al arrojo de los zapateres y los franchos… Y entonces uno tiende a dejarse llevar por categorías absolutas, confrontando a los «canteranos generosos» con los «mercenarios».

Otra respuesta consiste en, al hilo de lo ya sugerido, denunciar la desvinculación de la propiedad con el territorio y se alimenta de fórmulas capciosas del tipo «mandamases aragoneses = bien» y «advenedizos de fuera = mal». Mi fuero interno se debate entre ese simplismo y la búsqueda infructuosa de temple y racionalidad en tal mar de desatinos.

Por eso, el tercer y último recurso ante ese «hoy» decepcionante es buscar consuelo en al «ayer». El pasado es un refugio que nos brinda una seguridad un tanto engañosa, pero quien más quien menos se acoge al mismo. Yo, por ejemplo, me resisto a pensar que en él resida (si es que existe) la quitaesencia del zaragocismo, pero tiendo a traicionarme, porque el pasado está ahí, como un rancho en el que pescar los bocados más sabrosos. Y entonces me dejo llevar por caprichosos azares que me llevan a emparentar tiempos gloriosos y de vacas gordas en lo competitivo con momentos de «subidón» para los intereses de Aragón y su identidad en particular y (cogidas de la mano) de las libertades en general.

En esta recién concluida primavera de 2025 se han cumplido 50 años de la mejor clasificación histórica en Liga de un Zaragoza subcampeón, y 25 de aquel día en que se llegó con opciones de título al último partido de esa competición. Aunque en ambos casos estemos hablando de «algo que pudo ser y no fue», me gusta enmarcar esos recuerdos placenteros en un 1975 que señaló el final de una dictadura oprobiosa e irreivindicable y en un 2000 en el que CHA, de la mano de José Antonio Labordeta, entró en el Congreso de los Diputados. La renovación de escaño en 2004, por cierto, fue acompañada de una Copa del Rey ganada a los galácticos del Madrid en Montjuïch (zurriagazo de Galletti en la prórroga).

Más. Un 23 de abril de 1978, muchas banderas de Aragón que horas antes habían inundado las calles zaragozanas en la puesta en escena autonomonista que tocaba ese día, ondearon en La Romareda en un ascenso a Primera con gol de Arrúa al Alavés. Tampoco faltaron cuatribarradas en Madrid en la final de Copa ganada al Barça (con un verso suelto de Rubén Sosa) en la primavera de 1986, coincidiendo con el final de la travesía del desierto de un aragonesismo de izquierdas que nueve años después, en el mismo 1995 de la conquista de la Recopa en París, se hizo mayor entrando en las Cortes de Aragón y en los principales ayuntamientos.

No voy a negar ventajismo a estas casualidades un poco traídas por los pelos que, en el fondo, compensan mi creciente alergia a los fastos artificiosos. A mí, que paladeé como el que más la gloria del gol mudéjar de Nayim, se me hizo bola celebrar en la Romareda el pasado 10 de mayo el 30 aniversario de aquel hito, con un equipo sumido en la miseria futbolística más absoluta.

El pasado está bien donde está, en un mundo que no volverá, al que es legitimo mirar pero no para quedarnos en él: nos permite recrear momentos y recabar referentes, pero no nos da de comer. Cada vez se me hace más dificil aceptar el «Somos porque fuimos» (trasládese al contexto que se traslade), si hoy «somos» un cero a la izquierda. Los títulos, la nobleza… se me empiezan a atragantar, lo siento mucho. Y eso vale para el zaragocismo y para el sentimiento aragonés(ista), si es que ambos términos son dos caras de la misma moneda. Porque también empiezo a dudar.

«No seré zaragozano… zaragocista el primero», cantaba en 2007 La Ronda de Boltaña (de quien hemos tomado el título de este texto). Las banderas de Aragón acompañaron éxitos personificados por goleadores muy singulares, citados con nombres propios en párrafos anteriores por este orden: un argentino (2004), un paraguayo (1978), un uruguayo (1986) y un moro de Ceuta (1995). Hoy día, cuando más jugadores aragoneses visten la elástica del primer equipo, las cuatribarradas son islas mínimas en las gradas de la Romareda. No sé si es simple paradoja o constatación de dinámicas socio-cultural-políticas poco halagüeñas.

Quiero pensar que, como hoy día todo es líquido, las identidades (y sus fidelidades) fluyen, se diluyen y se reactivan. Pero el amor sincero por los colores de un equipo de fútbol se mantiene. Cada uno, cada una, lleva en lo más íntimo de sus entrañas una manera de ser zaragocista y una manera (o muchas) de sentirse aragonés. Y cada cual exterioriza todo eso de una forma o de otra, eligiendo su equipo. Se decide ser del Zaragoza (o del Huesca, o del Teruel, o del Tarazona… y también, asumámoslo, del Madrid o del Barça) por la propia historia personal-familiar, por hábito, por cuna, por residencia, por amor, por llevar la contraria (que también) o incluso por sentirse mejor (y cubrir carencias emocionales) siendo del equipo vencedor. Todo es legítimo, nada es censurable.

El reto está en que, aceptando como inevitables la globalización y mercantilización de las pasiones y la realidad multiforme e intrincada de las propiedades, se reconstruya identidad desde un fútbol que, como mínimo, no nos cause espanto. El desafío se sustenta en que sean artífices de ello buenos directivos, ejecutivos, técnicos y futbolistas (de aquí y de fuera). Si el equipo funciona, si hay una política de cantera eficiente, si no se maltrata ni se toma por tonta a la afición, si pasa lo que no ha pasado últimamente… podremos sentirnos orgullosos de unos colores y de una pertenencia. Lo demás ya vendrá de la mano. Al fin y al cabo, «esto solo es fútbol».