“Hubo un tiempo en que había cosas que tenían valor por sí mismas, con base en su belleza, el saber acumulado, la vigencia de sus creencias, el compromiso de su herencia. En conversaciones de gente sencilla y sabia ese valor intrínseco se resumía en el porque sí”.

A la hora de evaluar una política, incluso una acción personal medianamente relevante, solemos calibrarla según sus consecuencias. Es posible que abordando la salud se termine hablando de cómo mejorar la productividad del capital humano, las universidades saquen a relucir la empleabilidad de sus egresados y los gestores culturales justifiquen una programación según el turismo adherido. Al final de la cadena intervendrá un máximo común denominador que cuantificará esos impactos en euros.

En esa dinámica finalista y pragmática ha aparecido una variante nueva en la agenda pública: la despoblación. Es un comodín perfecto desde el que partir y concluir en todo tipo de estrategia rural porque es transversal, afable, e imanta asentimientos sin ningún tipo de duda. ¿Quién puede oponerse a que una escuela, una biblioteca y un centro de salud se orienten a “atraer y retener población en el medio rural” (objetivo vigente en el articulado de leyes nacional y autonómicas sobre despoblación y que legislan sobre ese tipo de políticas que nunca deberían ser instrumentales, creo)?

En el fondo de esa primacía, conceptual y metodológica, subyace el utilitarismo, una filosofía sistematizada durante la Ilustración que, aunque tiene escaso recorrido reflexivo, en cambio, y tal vez gracias a esa superficialidad, es dúctil para redefinir las decisiones en términos de fines y medios calculando su eficiencia con lenguaje numérico. Detrás de todo pensamiento, palabra, obra y omisión hay siempre una consecuencia a juzgar según su utilidad. La mercantilización (y politización) de la vida dispone de una herramienta que le da sentido, producir y legislar lo que genera beneficios y votos, y en el mundo rural, más empadronados.

Pero no siempre fue así… o se fingía que no era así. Hubo un tiempo en que había cosas que tenían valor por sí mismas, con base en su belleza, el saber acumulado, la vigencia de sus creencias, el compromiso de su herencia. En conversaciones de gente sencilla y sabia ese valor intrínseco se resumía en el “porque sí”. Fue respuesta habitual en mi niñez y juventud, que entendía arbitraria. Atribuía su laconismo al carácter estricto de mis padres, su falta de estudios, los tiempos difíciles en que crecieron… Incomprensible, en verdad, por mi falta de entendimiento, de experiencia y ternura, en suma, de vida vivida.

Seguramente, todo mi escepticismo trasluce la radicalidad del converso, en la medida que he hecho uso de metodologías para evaluar impactos que nunca cuestionan sus fundamentos, tampoco si las metas tienen sentido y las medidas propuestas se sostienen por evidencias, y, lo que menos aún, que los agentes que han de implementarlas fueran idóneos.

Desde esa incredulidad me altera que lo noticiable sea la apertura o cierre de una escuela en un pueblo, y sea insignificante si, donde fuera, el pensamiento crítico mueve las tizas, si se acoge a los nuevos y se aprovecha el conocimiento de los viejos. También, que lo discutible en el Reto Demográfico sean los minutos en llegar al hospital, y nadie manifieste si las sanitarias del consultorio saben de las vidas de sus pacientes y los ayudan a ser más felices, que también lo sean ellas, como lo era John Sassall con John Berger (Un hombre afortunado: historia de un médico rural) y la médica de Polly Morland (Una mujer afortunada: historia de una médica rural). Que en la Cuenta Satélite de la Cultura nadie del INE escriba una nota al pie susurrando que el teatro en la calle no tiene aforo, ni para el club de lectura se precisa un bono. Pero que la gente que actúa y lee son más capaces y mejoran su ego.

La cuestión es que el medio, indisolublemente unido al fin, (mi póster de Gandhi), ha terminado por colonizar las metas con la eficiencia de las consecuencias. La reflexión sobre los porqués es silenciada por la complejidad técnica que mide los impactos. El resultadismo tapó a la luna, la ratio a la razón, y los pueblos transfiguran en urbanización.

 

Publicado en Heraldo de Aragón el 20 de marzo de 2026