“No contentos con dirigir su país hacia el autoritarismo, se permiten tratar de influir también en otros”.

 

En El capital en el siglo XXI, Thomas Piketty señalaba que lo más grave del aumento de la desigualdad no era que desincentivara la innovación o erosionara la meritocracia al conducirnos hacia una sociedad patrimonial, donde la herencia adquiere un peso determinante, sino que constituía una seria amenaza para la democracia.

A su juicio, la concentración extrema de riqueza otorgaría a los ultrarricos una influencia política desproporcionada, capaz de socavar los fundamentos de aquella. Lamentablemente, los ultrarricos ya no se conforman con ejercer esa influencia excesiva sobre las políticas de gobiernos legítimamente elegidos. Han decidido ocupar directamente el poder, comenzando por el centro del capitalismo mundial: Estados Unidos.

El presidente de ese país pertenece a ese círculo, y una de sus primeras decisiones fue situar al frente de un organismo paralelo al propio gobierno al hombre más rico del mundo, cuya principal obsesión era despedir funcionarios, especialmente de departamentos encargados de la regulación, la supervisión económica o la ayuda al desarrollo. Los miembros de ese club susurran a su oído ideas que amenazan la paz mundial, como invadir Groenlandia o la propia democracia norteamericana No contentos con dirigir su país hacia el autoritarismo, se permiten tratar de influir también en otros, especialmente en las democracias europeas, donde apoyan las opciones más ultraderechistas. Nuestra esperanza es que florezcan mil Minesotas y que en las elecciones legislativas de noviembre paren tanta insensatez, tanto odio y tanta mentira.

Publicado en Heraldo de Aragón el 8 de febrero de 2026