“Pronto descubrimos que la verdadera motivación de las empresas que añoran instalarse aquí –eso sí, en el bien comunicado eje del centro de la comunidad, emplazado junto a los ríos Gállego, Jalón y Ebro–, estaba relacionada con las ventajas que la zona suponía. Sabían, o les habían asegurado, que la Administración autonómica les iba a poner todo tipo de facilidades”.

Villamayor. Zona del 2º PIGA concedido a un grupo inversor

Parece que fue el filósofo y poeta francés Paul Valery quien, hace muchos años, afirmó con la rotundidad que el tiempo le permitía en el turbulento principio del siglo XX en que vivió, que la mejor forma de hacer los sueños realidad es despertarse. Vivimos tiempos de sueños y despertares, en ocasiones abruptos, incluso sin tener claro en cómo clasificarlos, en buenos o malos, posibles o no. A veces, sueños sobredimensionados que nos ilusionan, que caen de bruces si el tiempo los anula y tardan demasiado en volver a recordarse. Sueños pequeños que van creciendo con el paso del tiempo. El caso es soñar, dijo alguna vez Antonio Machado. Los sueños personales de otros son difíciles de conocer, pero de los políticos sí sabemos algo. A menudo cruzan misteriosamente del pasado al presente, del sueño a la realidad. El caso es andar, cantaba Cecilia. Pero parece que nuestros gestores lo hacen sin miedo ni vergüenza frente al tropiezo o la marcha atrás. En ocasiones, afectan a cosas reales, que se hacen ideas y evocan otras facetas del mundo de los sueños políticos. De ser meramente descriptivos ascienden al entramado ecosocial, adquieren un sentido universal, aunque ese espacio tenga fronteras. Aun así, no llegan a generar actitudes generalizadas en una población mayoritariamente falta de pensamiento crítico y perezosa ante el esfuerzo intelectual sin rédito inmediato.

Villamayor. Zona prevista para el Centro de Datos de Microsoft, junto al de Grupo Costa.

En Aragón también se sueña. Pero da la impresión de que los sueños son excesivamente descriptivos, que se retraen mayoritariamente al pasado. No habrá pueblo que no tenga en su historia un hito que rememorar; no digamos nada de las capitales ni de los inquilinos del Pignatelli. Mirar atrás nos obliga a recular a partir del futuro. Desde que recuperamos la mejorable democracia, quienes gobiernan sueñan en voz alta. Si los deseos no se cumplen, no pasa nada. Será que el destino no nos escucha; no queremos pensar que sean sueños vacuos y nos mientan a sabiendas.

Hace unos pocos años la internacional tecnológica nos miró con deseo. Susurró a nuestros políticos propuestas para despertar de los sueños fracasados. Copiaremos casi textualmente algunos de los titulares sobre el asunto publicados en los periódicos o aireados por las emisoras. Los ofrecimientos se consideraban axiomas indiscutibles: los centros de datos iban a impulsar la economía a través de la creación de empleo y la atracción de inversiones; Aragón se convertiría en una potencia en la generación de renovables, preparada para captar muchas industrias electrointensivas; lo que llegue en inversiones tecnológicas servirá para la lucha contra la despoblación al localizar las energías renovables que se necesitan en pueblos pequeños, que ganarán población y actividad económica. La Virginia Europea.
Sabemos que la duda es condición posible que viene con los sueños. Pronto descubrimos que la verdadera motivación de las empresas que añoran instalarse aquí –eso sí, en el bien comunicado eje del centro de la comunidad, emplazado junto a los ríos Gállego, Jalón y Ebro–, estaba relacionada con las ventajas que la zona suponía. Sabían, o les habían asegurado, que la Administración autonómica les iba a poner todo tipo de facilidades: las multinacionales piden velocidad y no, al menos de entrada, subvenciones. Además, dispondrían de energía barata y abundante, procedente de la burbuja sin reglas previas y tramitaciones rápidas que puebla la zona de renovables. Tenían a su disposición un extensísimo territorio vaciado de población, anestesiado en una casi permanente paz social –un titular de prensa resaltaba que el 76% de los aragoneses “cree” que la inversión en centros de datos locales tendrá un impacto positivo en la economía local. Pero también el territorio parece ser rico –excedentario, se decía– en agua, se supone que de alta calidad; lo cual es un mayúsculo atrevimiento en estos tiempos de incertidumbre climática en que las cabañuelas andan desorientadas y donde no son pocos los municipios que, muchos veranos, deben ver como su suministro de agua de boca debe ser garantizado con camiones cisterna. Rara exuberancia hídrica para un lugar que Dios puso en modo ahorro de agua.

Pero no todo es así, tan plácido e “instagrameable”. En el territorio hay patente una cierta hostilidad hacia la saturación de proyectos de renovables. Algo que también se reflejaba en algunos titulares periodísticos que suponían casi una rareza en la línea editorial de muchos medios. Podíamos leer que “El Visor de Renovables de Aragón de Ecologistas en Acción” avisaba que, en 2024, se había autorizado la construcción de 315 aerogeneradores y 5.327 hectáreas de instalaciones solares en Aragón, que suman un total de 1.880 MW y 2.980 MW de producción eléctrica, respectivamente, recalcando la organización ecologista la relación entre esta masiva implantación y la instalación de centros de datos y otras industrias electrointensivas. Otro titular periodístico amenazador para los sueños políticos: de aquí a poco más de 5 años, los centros de datos instalados y algunos anunciados aglutinarán la mitad de toda la demanda de electricidad de la comunidad, lo que va a suponer un reto para la propia red eléctrica y una limitación a su uso por parte de otro tipo de industrias.

Pero el entorno metropolitano de Zaragoza atrae fuertemente: dispone de grandes extensiones perfectamente comunicadas y “dotadas con redes eléctricas y de datos de primer nivel”. Así pues, las empresas se resistían a distribuir los centros de datos por el territorio. Es más, parece que se les habían prometido que Aragón impulsaba al menos siete centrales hidroeléctricas reversibles que darán mucha mayor solidez a la red. Repetimos de nuevo que todo esto se decía en los medios de comunicación, casi con la literalidad con la que aquí lo escribimos.

Si nos detenemos a contar, entre un goteo de noticias –a menudo contradictorias– que impiden seguir con claridad los constantes cambios de programa entre proyectos que aparecen y se descartan, Aragón cuenta con una docena de ellos confirmados y con aval del Gobierno autonómico, aunque únicamente tres se encuentran en funcionamiento. Son los construidos por Amazon Web Services en Villanueva de Gállego, El Burgo de Ebro y Huesca, que comenzaron a operar en noviembre de 2022. La propia Amazon, en la primavera de 2024, anunciaba la ampliación de su Región AWS, aumentando la inversión en sus instalaciones hasta los 15.700 millones y multiplicando por diez su extensión por el territorio. La compañía quiere levantar más centros de datos en Villanueva de Gállego, Huesca y El Burgo de Ebro. Esto incluiría la construcción de un cuarto en el Acampo del Marqués, en Zaragoza, junto a la autovía de Castellón. A su vez, Microsoft parece que ha comprometido otros tres centros en Zaragoza, La Muela y Villamayor de Gállego, con un desembolso de 6 600 millones, con el objetivo de centralizar los servicios en la nube a sus clientes en Europa. Aún hay más, la española Box2bit impulsa dos instalaciones en Cariñena y Calatayud, en las que invertirá más de 2 000 millones, con instalaciones asociadas de autoconsumo industrial con fuentes renovables. Por si no hubiera suficiente, el fondo de inversión internacional Blackstone, el mismo que convierte viviendas sociales en recursos especulativos, ha comprado 200 hectáreas en Calatorao para hacer lo propio y Aliseda, otro gestor inmobiliario dependiente del Banco Santander y también relacionado con Blackstone, promueve otros dos en el entorno de Zaragoza. Otra multinacional quiere hacer tres en el mismo ámbito metropolitano, los mismos que ambicionan otros dos inversores. Sigamos. Meta confirma su apuesta por Zaragoza y reserva 20 hectáreas para un centro de datos. Lo que ha llegado por ahora en último lugar: Samca invertirá más de 2 600 millones en sus tres centros de datos de Luceni. El proyecto “Green it Aragón” promete que generará hasta 2 300 puestos de trabajo directos e indirectos durante su construcción y hasta 320 en el periodo de explotación. Una penúltima hora nos avisa de que Microsoft aparca su centro de datos de La Cartuja (PTR López Soriano) tras gastarse 51 millones de euros. Lo justifica en que las estaciones de medición instaladas detectaron partículas provenientes de una industria ubicada en el mismo polígono que podían afectar al sistema de refrigeración, lo que llevó a descartar el PTR y optar por un emplazamiento alternativo junto a Puerto Venecia. Esta misma compañía eleva ahora plazos: cifra en quince años el plazo para culminar sus tres centros de datos de Aragón. Otra noticia reciente nos dice que el Gobierno central lanza el primer concurso de acceso a la energía en uno de los diez nudos colapsados de Aragón.

La sombra que proyectan las combinaciones de centros de datos y redes eléctricas es alargada y su hoja de ruta empieza a quedar bien definida. Recordamos que todos estos supuestos son copia casi literal de lo recogido en los medios de comunicación aragoneses. Realidad o sueños, esto es lo que se dice por aquí. Los centros de datos proyectados consumirán la energía equivalente a una ciudad de 300 000 habitantes y el agua necesaria para más de 25 000 residencias. Se escribe y se dice que la DGA no escucha ni al lobby de regantes, si es que hablan. Sorprende, por lo inhabitual cuando se trata de agua, el silencio sostenido por las organizaciones agrarias y las poderosas comunidades de regantes ante la llegada de un nuevo gran demandante de recursos hidráulicos sin un encaje legal todavía claro a la hora de priorizar los usos. Habrá que despertar para entender tanto sueño. Ante toda esta marabunta, el vicepresidente del Gobierno de Aragón lanza la ocurrencia de que se debería construir una central nuclear aquí, para salvarnos de posibles apagones (sic). Una idea que podríamos pensar en que fue, cuando menos, el resultado de un sueño etílico, siendo suaves.

Cualquier análisis, incluso de un tema tan enrevesado como el de los centros de datos y energías conexas, exige aportar propuestas. Se nos ocurren bastantes, pero las resumiremos en pocas, de las cuales también han hablado los medios de comunicación. En primer lugar, vamos con una evidencia: se ha hurtado la participación ciudadana, a la que obliga el Convenio de Aarhus sobre acceso a la información, participación pública en la toma de decisiones y acceso a la justicia en materia de medio ambiente. Así no es extraño que municipios como Villamayor de Gállego u otros se rebelen. Se recomienda desde la compostura ambiental frenar este avance, ir más despacio y analizando en cada paso las repercusiones reales.

Será por eso que las Cortes de Aragón estudiarán el impacto de la implantación de centros de datos, su consumo de agua y energía, a propuesta de la oposición. Es imprescindible mirar a nuestro entorno y hablar de empleo real y de fiscalidad, qué impuestos se están perdonando y a cambio de qué. ¿Cómo no aconsejar que se valoren las desmesuradas proporciones que si se llegan a cumplir nos avisan de que los centros de datos consumirán por sí solos en 2030 la mitad de toda la demanda eléctrica de Aragón? Sorprende que si la inteligencia artificial bebe tanta agua, ¿cómo es posible que broten sus centros de datos en la España seca? En definitiva, se echa en falta un plan integral en el que se estructuren aspectos como la inversión real, el impacto ambiental y territorial, el uso de recursos y el encaje jurídico en la priorización del uso del agua en momentos de sequía, la hipoteca que puede suponer para el crecimiento industrial y urbano el uso de la energía por parte de estas instalaciones, la fiscalidad y la seguridad, entre otras muchas cuestiones. Pero además se demanda información y publicidad más allá de la que vemos a través de los titulares de prensa. En definitiva, pasar de un proceso lineal a un análisis multidimensional e integral de estos procesos en el territorio. Pero claro, es complejo intelectualmente y supera el limitado horizonte temporal del político a la hora de cortar cintas en inauguraciones.

También la sociedad debe mimarse ante proyectos de este estilo. Protegerse frente a los fastos por venir y la demagogia instalada. Hay que evitar crear falsas ilusiones, como esa del presidente de Aragón que pronostica que, con estos proyectos, la población llegará a los dos millones de habitantes. Claro está, amontonados en esa gallina de los huevos de oro que es Zaragoza, un oasis en el desierto demográfico de Aragón.

Y de la práctica a la ética, porque aún hay un asunto más sobre el que deberíamos recapacitar, aunque haya gente que lo considere marginal o fuera de lugar: se están facilitando las cosas a multinacionales (privadas) de datos que potencialmente pueden hacernos daño desde su ya comprobada no neutralidad. No son solo negocio. Son ideología. Se debate sobre la supuesta objetividad de los mensajes que van a condicionar nuestras vidas. ¿Por qué no preparamos el equivalente a las alertas ecológicas que tendríamos ante la instalación de procesos fabriles que contaminasen recursos como el agua o el aire, traduciéndolas en alertas éticas frente a estas instalaciones? ¿Hay leyes que nos permitan impedir que los centros de datos se empleen en ciertas maniobras oscuras? ¿Habrá capacidad judicial de vigilar la posible mala praxis de redes concretas? De esto apenas se habla. Es complejo y árido. Sabemos que el error humano está siempre presente en los datos que viajan por las redes, pero también la manipulación. Y ésta está más que probada y minuciosamente dirigida para amplificar su difusión e impacto. Si se multiplican las prácticas fraudulentas que se expanden desde nuestro territorio, ¿seremos cómplices por haber cedido nuestro suelo, agua sol y viento para su difusión? Hay que humanizar la tecnología, no solamente incrementar su control sobre ella, acompañarla. Así se manifestaba Daniel Innerarity recientemente. Ojalá cunda un renacer de la filosofía y de las humanidades en este acompañamiento.
Algo se mueve (o consolida) en la defensa numantina de ese “cuantos más centros de datos mejor”. El día 8 de mayo el presidente de Aragón apremiaba a la mejora de la Red eléctrica, avisando de la posible pérdida de miles de millones de inversión. Su requerimiento es la respuesta a la falta de capacidad de cinco subestaciones del entorno metropolitano de Zaragoza para dar respuesta a las peticiones de demanda de hasta trece centros de datos. Se mostraba sorprendido. Parece que antes de poner una alfombra roja a los centros de datos no se sabía nada de la depauperada red. ¿Bendita inocencia o descuido intencionado?

En fin, que esto de los centros de datos está en mantillas en su multidimensión ecosocial. El presente es el tiempo más difícil de habitar. Nuestra experiencia política está cargada de pasado y proyectos, por eso nos sirve para proyectar desde una perspectiva multilateral. Quizá en Aragón pesa demasiado el devenir político/empresarial, pero no solo de los de dentro sino también de los de fuera. Lleven chistera o vayan de joteros. Tenemos por delante una gran era de la incertidumbre como sociedad. No vayamos a caer en aquello que decía nuestro paisano Francisco de Goya de que “La fantasía, aislada de la razón, sólo produce monstruos imposibles. Unida a ella, en cambio, es la madre del arte y fuente de sus deseos” y aquello que avisaba de que “el sueño de la razón solo produce monstruos”.

Así pues, foméntese el diálogo colectivo, la búsqueda de consensos para evitar males mayores. Y siempre aprendamos para situarnos en la mejora social, bastante menos que en el aumento de las ganancias de quienes más tienen, que nos abandonarán si las grandes tenedoras de datos ven horizontes más provechosos. Hay que soñar, pero despiertos, sin cerrar los ojos a luces cegadoras que nos deslumbren; por más que seamos conscientes de que nuestro futuro siempre será incógnito.