“Gramsci llamó a artistas e intelectuales a crear una nueva “hegemonía cultural” que defendiera la paz, la democracia, la escuela, la justicia universal, el fin del orden establecido por decreto del poder. Soñaba el escritor italiano que la sociedad, invadida por ese ambiente de libertad cultural, acabaría por votar democráticamente a los partidos que la defendían: la Cultura acabaría llegando a la Política. Algo que, de alguna forma, ocurriría con la cómoda y acomodada socialdemocracia”.

Una de las primeras que puso en órbita mediática esta frase fue doña Cayetana Álvarez de Toledo, y al poco se le sumó doña Isabel Díaz, en una versión más rocera. A la primera se le sumaron un puñado de intelectuales de calado y a la segunda −tan inteligente como la primera, pero mucho menos sofisticada− se le añadieron hombres del puro y del madrileño chotis y mujeres de rompe y rasga.

La ilustrada Cayetana había leído “Leyenda del César Visionario”, donde Francisco Umbral ponía en labios de Serrano Suñer −el cuñadísimo nazi de Franco− la visión que en el Occidente democrático se tenía de la guerra civil española:
“Ante el mundo, el otro bando es el de los intelectuales. Ante el mundo, ésta es una guerra de intelectuales contra sargentos. Y eso tenemos que remediarlo nosotros con una filosofía de la Patria y de la Raza, porque además la tenemos”.

La refinada Cayetana también había leído al comunista Antonio Gramsci cuando afirmaba, desde las cárceles mussolinianas, que frente a siglos de una cultura amamantada por el poder había que cultivar una nueva cultura que tuviera en su epicentro valores universales y no valores de aristocrático salón y de erudiciones a la violeta. Gramsci llamó a artistas e intelectuales a crear una nueva “hegemonía cultural” que defendiera la paz, la democracia, la escuela, la justicia universal, el fin del orden establecido por decreto del poder. Soñaba el escritor italiano que la sociedad, invadida por ese ambiente de libertad cultural, acabaría por votar democráticamente a los partidos que la defendían: la Cultura acabaría llegando a la Política. Algo que, de alguna forma, ocurriría con la cómoda y acomodada socialdemocracia.

Rodeada de su corte de varones aduladores −todos hombres: Savater, Vargas Llosa, Boadella, Hermann Tertsch, Jiménez Losantos y Arcadi Espada− se puso a trabajar en la contrarreforma: había que calificar de bobos y panzas agradecidas a los intelectuales y artistas para destruir esa “hegemonía cultural” que todavía, muy debilitada pero viva, persistía en la sociedad. Una caterva de monaguillos se unió a la cofradía de los ilustres padres del Nuevo Orden.

No pasa nada si se demuestra que la cultura se puede comprar a golpe de dinero. El ejemplo de los votos en el Festival de Eurovisión, solo es un mal ejemplo. El cine estadounidense ha demostrado desde hace décadas que los indios eran todos malos, como luego lo fueron los alemanes, los rusos y ahora los chinos y los moros. Da igual, la gente seguirá consumiendo en la pantalla de su casa la mierda que abona el Nuevo Orden. Seguirá acudiendo a los eventos florales. Porque la gente ahora se siente aburrida y sola, desconcertada, no entendiendo que apoya con su silencio la hegemonía de la miseria, el triunfo de los indeseables, la proliferación del exterminio de todo aquel que molesta.

Los campos de Europa desbordan de cazadores culturales. Escucho y aprendo. No todo son malas noticias, las golondrinas ya están empollando los huevos en el nido de mi terraza. Y sé que, si resistimos el embate, vendrá una nueva generación.