“Hoy nos asaltan fantasmas similares y por ello, no está de más retomar aquella intrepidez de entonces. Hay muchas cosas por las que pelear, injusticias que denunciar, arbitrariedades que combatir y amenazas que neutralizar”.

Portada de Andalán -15 de diciembre de 1975-
Cuando afrontamos los últimos meses de cada año, nuestro ser interior nos invita al balance; el cuerpo nos pide eliminar tachones para la hoja en blanco que se adivina en pocas semanas. A veces, son agentes externos los que nos exigen cerrar memorias y cuadrar cuentas para alcanzar el equilibrio el 31 de diciembre. Sea por razones más o menos prosaicas, el umbral entre el otoño y el invierno es tiempo propicio para echar la vista atrás… y no solo dentro del año en curso. Ese ejercicio de la memoria se puede aplicar también a espacios temporales más amplios.
La inercia un tanto retro, nostálgica o simplemente evocadora que salpica estas fechas nos ofrece recorridos más ambiciosos. Efemérides y aniversarios con cifras redondas ofrecen la oportunidad de revivir, rememorar, conmemorar… y comparar. En ocasiones primará el oportunismo y la argumentación sesgada. Pero recordar y traer al presente la información, la reflexión y el análisis en torno al 50 aniversario de la muerte de Franco no es, ni mucho menos, oportunista. Sí es oportuno… y cada vez más necesario.
Las cinco décadas cumplidas de la desaparición física de un dictador (que no de una dictadura que siguió proyectando miserias, vicios y secuelas hasta el infinito y más allá) no deben marcar un punto y final. Sí un punto y seguido tras el cual hay que escribir palabras de reparación, denuncia y verdad.
Cincuenta años son más de media vida. Los niños y niñas que en diciembre de 1975 apuntaban un geyperman o una nancy en su carta a los Reyes… calculan ahora lo que llevan cotizado para poder acceder a una jubilación lo más plácida y menos apretada posible. Los padres y madres que ocultaban a sus retoños la auténtica naturaleza de esas majestades orientales se han ganado el derecho a ser escuchadas y atendidas dignamente… o quizá son ya estrellas en el cielo, purnas en las mentes y corazones de quienes les echan de menos.
La tentación del viaje en el tiempo es una constante. Si, emulando a Marty McFly, pilotásemos un DeLorean o, más autóctono, un Seat 850, y nos transportásemos a esas postrimerías de 1975, contemplaríamos un Aragón muy desigual dentro de una España sumida en el desconcierto, en un planeta repleto de áreas de conflicto.
Hojearíamos nuestro Andalán y leeríamos editoriales sobre “días de incertidumbre y zozobra” y “dura interinidad” (15 de noviembre), admitiendo esperanzas de concordia basada en la amnistía (1 de diciembre), o declarando que hay que “reconquistar los derechos humanos” y que “la libertad no es un gesto, no es una reforma, no es un regalo” (15 de diciembre).
Sabríamos que “siete asociaciones de cabezas de familia de otros tantos barrios zaragozanos han visto suspendidas sus actividades durante seis meses por un acuerdo del Jefe Provincial del Movimiento del que dependen jurídicamente”, tendríamos noticias de detenciones de universitarios en sus domicilios y de violencia de la ultraderecha, y conoceríamos focos de conflictividad laboral, en un marco de subida galopante del paro. Leeríamos crónicas de Joaquín Ibarz desde El Aaiún, reconociendo que “el Sahara no será para los saharauis”, y palabras del historiador Manuel Tuñón de Lara abundando en la idea “del pueblo como protagonista del cambio”.
Podríamos reconocer curiosas similitudes con nuestro atribulado presente en algunas opiniones y comentarios. En una demoledora crítica teatral, Leopoldo Lagasca pontificaba:
“Los verdaderos responsables de estos y parecidos espectáculos no son en general sus protagonistas y beneficiarios inmediatos, sino las condiciones actuales de producción de la cultura que, al abandonarla a la iniciativa privada, la reducen a permanente mercancía intercambiable cuyo mérito sólo está en función del beneficio que produce”.
En otro artículo se hablaba de la ampliación de La Romareda, a la que el Ayuntamiento de Zaragoza iba a dedicar 80 millones de pesetas, detraídos 28 de ellos del presupuesto ordinario: “¿Ya hay agua suficiente en Las Fuentes? (…) ¿Están cubiertas todas las necesidades de Valdefierro, La Paz, Torrero, La Almozara, en materia de pavimentación, vertidos, dotaciones…?”
En ese Andalán que, en su último número de 1975, informaba del plan de regadíos de Calanda e incluía el suplemento “La otra cara de la nieve”, con textos dedicados al urbanismo pirenaico, la especulación, el turismo, las consecuencias medioambientales…, se decía que Zaragoza se encaminaba hacia su bimilenario y se opinaba que la mejor forma de celebrarlo sería “pensando en el resto de Aragón” para “contener el crecimiento de la ciudad en los próximos años y dejar así de absorber la mayor parte de los recursos humanos de toda la región”. Porque, “de seguirse la actual tendencia (…), todo hace suponer que en el año 2000 Aragón será poco más que una ciudad inhabitable dentro de un gran desierto”. Con “Aragón hacia atrás” titulaba el quincenal un informe elaborado (con alusiones a Teruel, “provincia cenicienta”) por José Antonio Biescas, certificando una realidad: “la renta per cápita de la región, por debajo de la media nacional”.
Volveríamos de la excursión pensando que, como dice Nieves Concostrina, “cualquier tiempo pasado fue… anterior” (pero nunca mejor). Y que no caben nostalgias: se nos puede llenar la boca hablando de tiempos heroicos, en los que había mucho por conquistar, y podemos bautizarlos como “años de ilusión”. Pero eso debería ceñirse al plano íntimo y personal, a cierta añoranza de la inocencia infantil, de la juventud perdida… Por lo demás, no hay mucho más que reivindicar de aquellos años de plomo. El objetivo entonces se cifraba en la democracia, la autonomía y el progreso: en una normalidad “europea”, en dejarnos de épicas y poder aburrirnos en un sistema de libertades garantizadas y más igualitario.
El 1 de diciembre de 1975, Andalán editorializaba sobre la tergiversación de conceptos como “justicia social, libertad, revolución o democracia” que,
“utilizadas con machacona insistencia y profusión, han venido a identificar situaciones de hecho que nada tienen que ver con su significado real y sólo sirven para enmascarar las expresiones que las definen: explotación, reacción, autoritarismo…”.
Hoy nos asaltan fantasmas similares y por ello, no está de más retomar aquella intrepidez de entonces. Hay muchas cosas por las que pelear, injusticias que denunciar, arbitrariedades que combatir y amenazas que neutralizar.
Hoy habitamos un Aragón mejor que el de hace cincuenta años, pero no podemos conformarnos con eso. El mundo está lleno de mentirosos a los que desenmascarar, gobernantes a los que criticar, poderosos a los que vigilar y malos (con todas las letras) a los que descabalgar. Resistamos a quienes quieren hacernos retroceder, a quienes rechazan lo conquistado: no claudiquemos ante quienes quieren que volvamos a ser peores.


