““…ha pasado una buena década desde aquel repentino subidón y, tras dejar de ser la despoblación rural la canción del verano o la gran oportunidad política de algunos, parece que, al menos, algo de esa toma de conciencia ha llegado para quedarse. Que el desafío demográfico y económico del medio rural se mantenga, mal que bien, en la agenda política y social ha sido, sin duda, lo mejor que ha quedado de todo esto”.

Tenía yo 10 años cuando en 1974 José Antonio Labordeta comenzó a cantar el más desgarrador de sus poemas referido a la despoblación: “Todos repiten lo mismo”. Por aquel entonces, la mayoría de los aragoneses ya llevaban casi dos décadas percibiendo la alarmante deriva de nuestros pueblos hacia el vaciamiento y doliéndose amargamente por ello. De ahí que esa canción, como todas las que nuestro cantautor entonaba, conectase inmediatamente con los anhelos, miedos, amarguras y esperanzas de la mayoría de la población. Con ella y con todas las demás, la conciencia de pérdida de un país que abarcaba mucho más que los polos de desarrollo industrial y urbano concebidos por los ministros tecnócratas del franquismo para la modernización del Estado se marcó a fuego en nuestro imaginario colectivo. Y esto sucedió en Aragón antes que en ningún otro sitio.

Es normal que así fuese porque, aunque el proceso migratorio desde el campo hacia las ciudades vivido desde 1955 ha sido probablemente el más intenso y prolongado del último milenio, la preocupación por la extrema debilidad poblacional de Aragón ha sido una constante en nuestra Historia al menos desde la Edad Media, y la población y las fuerzas vivas de aquel entonces lo percibían como uno de los grandes desafíos y debilidades endémicas del viejo reino. Sirva de ejemplo (entre muchos que podrían citarse), cómo en septiembre de 1452, las Cortes aragonesas dieron instrucciones a sus embajadores ante la corte napolitana de Alfonso V para señalarle que

“siempre han oydo dezir antigament e se troba por experiencia que, atendida la grant sterilidat de aquesta tierra e pobreza de aquesti regno, si no fues por las libertades de aquel, todo el dito regno seria despoblado, e las gentes de aquel se irian a bivir e habitar a otros regnos e tierras mas fructiferos”.

Cinco siglos más tarde, sin parlamento ni embajadores ni fueros ni libertades que protegiesen los intereses del país, como petrificado ante un Moncayo convertido en “Dios que ya no ampara”, Aragón se convirtió rápidamente en un desierto demográfico con algunos pocos brillantes oasis aquí y allá que no bastaron para acabar de hundirnos en la más patética irrelevancia dentro del Estado español.

Ya en democracia, recuperada una parte de nuestro autogobierno -no sin ponernos las fuerzas vivas del momento, el Estado y sus nacionalidades privilegiadas los palos en las ruedas que impidiesen que ocupásemos los aragoneses el puesto que nos correspondía como nacionalidad histórica- nuestra renqueante autonomía se puso a trabajar, lenta y desorientada entre las muchísimas cosas a las que tenía que atender, para tratar de dar respuesta a nuestros problemas de desvertebración y despoblación. Y, sin haber perdido el pueblo aragonés su esperanza (palabra que, no en vano, viene de esperar; por cierto: con mucha paciencia), fueron desgranándose estrategias de ordenación del territorio, comarcalizaciones, directrices de lucha frente a la despoblación, objetivos 1 europeos frustrados, directrices de ayudas de Estado, etcétera.

De esa forma -silenciosamente y en la más absoluta soledad (por no decir incomprensión)- estuvimos picando piedra los aragoneses durante casi 35 años para un objetivo dificilísimo y a muy largo plazo, luchando contra nuestras limitaciones de recursos, contra la incomprensión del resto del Estado y contra nuestro creciente descreimiento. Así hasta que un día, allá por 2016, se publica una novela elegíaca sobre la muerte de nuestros pueblos que tiene gran difusión y éxito. Suena con él la campanada: la apabullante constatación de que, no solo en esa zona cero del desastre que se llama Aragón, sino también en muchos territorios que ancestralmente se habían tenido por más felices, la cosa se ha puesto fatal. Semejante conjunción planetaria pone en evidencia la desnudez de nuestro hispánico emperador en lo que a vestimenta rural se refiere. De la noche a la mañana, sucede fuera de Aragón, lo que no consiguieron 50 años de lamentos musicados de los cantautores aragoneses: millones de personas tomaron conciencia de que eso que se ha dado en llamar ahora la “España vacía” (o “vaciada”, según el gusto de cada cual), existe de verdad, tiene muy mala pinta y nadie sabe cómo meterle mano con un mínimo acierto. A partir de ese momento en el que nuestra estatal intelligentsia consiguió ver mucho más claro que, aun siendo pocos, pobres y matracos, los que viajamos a bordo del furgón de cola rural, no somos únicamente los cuatro baturros plañideros de siempre y que, además, el desafío que ello supone es morrocotudo, todo el mundo se puso a correr de un lado para otro para ver a quién se le ocurría la solución simple, barata y rápida que cualquier político sueña con vender en grandes titulares. ¡Pues qué bien! ¡Ya era hora! O, mejor dicho: ¡a buenas horas!

Pero ya ha pasado una buena década desde aquel repentino subidón y, tras dejar de ser la despoblación rural la canción del verano o la gran oportunidad política de algunos, parece que, al menos, algo de esa toma de conciencia ha llegado para quedarse. Que el desafío demográfico y económico del medio rural se mantenga, mal que bien, en la agenda política y social ha sido, sin duda, lo mejor que ha quedado de todo esto. Aunque se han acabado las alaracas y los fuegos de artificio: se han ido los oportunistas y los arbitristas de salón. Ahora solo permanecen en la escena, aunque con los focos apagados, los que continúan con el trabajo de fondo, el de picar piedra que, a falta de “perricas”, tan bien conocemos los aragoneses. El asunto incluso ha llegado a colarse -todavía tímidamente- en las políticas europeas (¡aleluya!). Pero, tras estos fulgurantes años en donde el producto más valioso ha sido introducir una necesaria concienciación a nivel del Estado y de la UE ¿han aprendido nuestros gobernantes lo suficiente acerca de la naturaleza compleja y diversa de este desafío que les permita concebir y aplicar las medidas adecuadas? ¿o seguimos sin dar con las respuestas pertinentes?

Trataré de abordar estas preguntas desde mi experiencia personal y profesional directa en esta materia -de la que puedo dar cuenta al menos desde 2014- en sucesivas, aunque breves y espero que amenas, entregas que agruparé bajo el nombre de “Manual de repoblación”. Pido perdón a quienes lo consideren un título petulante y pretencioso. En mi descargo, les diré que echo en falta un manual así, dirigido especialmente a decisores públicos (técnicos y políticos). Estoy dispuesto a llamarlo “manualico” si alguien cree que así no incurro en pecado grave, pero, antes de condenarme, les ruego que se lean la serie completa. Vale.