Pregón de la Feria

Escribo para que todo el mundo sepa que durante los días seis, siete y ocho de diciembre se celebra la trigésimo primera edición de la Feria del Libro Aragonés de Monzón. Que todos sepan que treinta y un años es un tiempo que tiende a infinito. Que tengan bien claro que la Feria del Libro Aragonés de Monzón es un acontecimiento extraordinario y que tenemos que estar muy agradecidos a quienes alumbraron esta idea y a esos otros que cuentan la vida en ferias y que trabajan para hacer realidad, año tras año, contra viento y marea, esta prodigiosa reunión de editores, editoriales y autores que hacen para nosotros libros en las tres lenguas de nuestro Aragón diverso. Es menester que todos, vecinos de Monzón y foranos, participen y disfruten de este encuentro, de esta conjunción de los astros que se produce desde mil novecientos noventa y cuatro los primeros días de diciembre, en lo que unos llaman el puente de la Inmaculada, otros de la Constitución y nosotros lo llamamos puente de la Feria del Libro Aragonés de Monzón, es decir, el puente de los libros, el puente de las letras, el puente de la cultura aragonesa.

Este año la feria se anuncia con un cartel rojinegro, cargado de simbolismo, obra de Elisa Arguilé. Desde el principio pensé que era un homenaje a Félix Carrasquer, quien organizó en Monzón la Escuela de Militantes de Aragón.

Joaquín Costa en su célebre «Carta a los niños de Ricla» hacía una enumeración de la utilidad de los árboles y de los beneficios que el arbolado procuraba a la sociedad. Entre otras muchas cosas don Joaquín escribió que los árboles hacen tablas y vigas, hacen leña y carbón, hacen azúcar y pan, hacen sidra y aceite, hacen café, hacen jarabes y refrescos, hacen papel, forraje, higos y uvas…

Cuando era niño, Costa quería leer permanentemente y leía en cualquier parte, en el campo y en la cocina de su casa, leía todo lo que caía en sus manos, libros o librotes y tenía tal pasión por el conocimiento, que sus familiares lo apodaban «el afanoso» porque comía muy deprisa para enfrascarse de nuevo en la lectura. No es extraño que en un diario de juventud escribiera «Si no puedo estudiar, no quiero vivir». Como un homenaje a este montisonense mencionaré algunas de las cosas que los libros son y nos dan.

Los libros nos acompañan, nos ayudan a crear un oasis en el que reposar, un balneario para restañar las heridas, un diván para dialogar con nosotros mismos, un confesionario en el que soltar el lastre de nuestras penas, un espejo en el que mirarnos y reconocernos. Los libros son una tregua en el fragor de nuestras batallas cotidianas. Nos dan paz y valor, levantan un muro contra la intolerancia, nos arropan, nos protegen y son antídoto contra la tristeza. Los libros son la casa de las palabras que nunca se lleva el viento, de las palabras con las que nuestras madres nos enseñaron a nombrar el mundo, las palabras de encontrarnos, de enamorarnos, de mitigar el vacío de las ausencias, las palabras de cuidar a las personas que queremos, las palabras en las que se depositan la memoria y el deseo.

Los libros son alimento para el alma, almacén de sueños, ventanas abiertas a mundos nuevos, espacios infinitos de encuentro donde cohabitan en total promiscuidad las ideas. Los libros son puentes a otros libros, son crónicas del alba y depósito de secretos. Los libros son un lugar para soñar mundos posibles y utopías inalcanzables.

Frente a las tecnologías que nos viven y nos esclavizan, los libros mantienen intacta nuestra libertad y, muchas veces, nos hacen más libres. Los libros, como las palabras, nos hacen humanos, nos construyen, nos hacen gente de ideas, gente de muchas palabras, gente de mentes abiertas para aceptar la complejidad.

Los libros nos dan sentimientos, valores, consuelo, recuerdos, calor, refugio, protección, morada, paz, luz, alegría, humor, herramientas para entender el mundo y para transformarlo, esperanza, finales felices, sosiego y energía. Los libros nos transmiten la fortaleza de las heroínas, la emoción de las aventuras, la bondad de la gente buena en ese buen sentido de la palabra al que aludía en sus versos Antonio Machado.

Los libros nos despiertan las risas y las lágrimas, nos dan razones para seguir adelante y para hacer un alto en el camino. Los libros nos hacen dudar de nuestras certezas y sus ecos nos acompañan siempre. Se nos instalan en el corazón y en el cerebro y así enriquecen nuestra mirada y nuestra manera de entenderlo todo. Nadie es el mismo después de leer un libro.

La Feria del Libro Aragonés de Monzón nos permite disfrutar de la compañía de quienes hacen los libros. La historia de un país también se hace libro a libro. Somos nuestras bibliotecas, nuestras letras, nuestros cuentos y nuestras historias.

Victor Juan junto a su “monolito”, con José Manuel Latorre

Quienes soñamos con un Aragón más justo y más libre sabemos que la cultura es la herramienta imprescindible, necesaria, para hacer nuestro sueño realidad. Tres décadas más tarde de aquella primera feria en la que se reunieron cinco editoriales y un puñado de autores podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la Feria del Libro Aragonés de Monzón ha contribuido a hacer de Aragón un país más culto, más libre y más justo.

Vivimos en un mundo de ocasiones únicas. Las cosas se hacen una vez o, más frecuentemente, ninguna. Por eso, parafraseando a Bertolt Brecht podemos decir que las treinta y una ediciones de la Feria del Libro Aragonés de Monzón la convierten en un acontecimiento imprescindible para entendernos, para entender Aragón, para entender la cultura y las letras aragonesas.

La fiesta que celebramos estos días es posible porque hubo personas que soñaron con una feria dedicada a los libros editados en Aragón, a autores de aquí y a editoriales aragonesas. Pero no se limitaron simplemente a soñar, que soñar es fácil porque, al fin y al cabo, «los sueños, sueños son», que diría Calderón de la Barca. Luego reunieron la determinación necesaria para hacerlos realidad. Afortunadamente, aquellos sueños fueron acogidos por otros hombres y mujeres que han arrimado el hombro a un proyecto extraordinario, homérico, como es la organización, un año tras otro, de la Feria del Libro Aragonés de Monzón. Siempre se dirá que hay un lugar en Aragón en donde las gentes se reúnen alrededor de los libros y pasean por las calles con libros en la mano, conversan y se reencuentran junto a la luz de los libros y al calor de las palabras.

A todos, a los soñadores de antaño, a los de ahora y a los que, sin duda, trabajarán en años venideros para hacer realidad esta feria, gracias. A las editoriales aragonesas empeñadas en seguir publicando libros de escritores noveles y consagrados, gracias. A los lectores que comprando libros apoyan la cultura, muchas gracias.