“Votamos a élites que no creen en los derechos sociales, que creen que gozar de buena salud es para quienes puedan pagarlo; proceden, en educación, a desnudar el sistema público de recursos para apoyar al sector privado; en la vivienda, demonizando una regularización del mercado, tachándola de “comunismo”, mientras crecen los desahucios y los agobios para llegar al final de mes; manipulan los precios de los productos básicos hasta conseguir asfixiar a las familias, fomentando el descontento (de paso) con gobiernos que pelean aún por el bienestar de la mayoría social”.

Es tarea de los historiadores analizar los hechos, considerados de suficiente relevancia, para su estudio; después, siempre, de haberse producido… son historiadores no profetas.

Cuando se llega a una guerra, analizar los procesos que han llevado hasta ella es una valiosa enseñanza para la Humanidad, es decir, si la Humanidad estuviera dispuesta a aprender de su pasado, cosa nada habitual.

Tras la Segunda Guerra Mundial los países se pusieron de acuerdo. Si hay una tercera, la cuarta se hará con palos y flechas.

Eso hizo que comenzaran a multiplicarse las organizaciones supranacionales, en la esperanza de que esas uniones, por encima de los más estrechos nacionalismos, nos llevarán a una paz duradera o, por qué no, eterna.

Dichas organizaciones se basan en la cesión de soberanía nacional (e intereses propios, claro) para someterse a unas normas de funcionamiento a nivel geopolítico, basadas en el respeto al derecho internacional y los derechos humanos.

Hoy vemos saltar por los aires esas estructuras que, generalmente aceptadas hasta ahora, creíamos que iban a durar para siempre.

Los motivos son variados y de la naturaleza muy diversa.

Por un lado, la oleada de información diaria, que no permite profundizar en ningún tema, esta sociedad “ultracomunicada” acaba con gran parte de nuestro espíritu crítico pues, además, dicha información está trufada, muy inteligentemente, por las grandes empresas dedicadas a ello, de trampas que te llevan a caer en sus versiones interesadas.

Como consecuencia asistimos al hambre en el mundo, a las guerras en los países descolonizados, a la falta más elemental de sanidad y recursos vitales mínimos de gran parte de la humanidad, a los ahogamientos masivos en las rutas de la muerte de la inmigración y a los genocidios transmitidos en directo, sin que afecten y movilicen masivamente a la población de los países “civilizados”.

También, como es lógico, uno de los conglomerados industriales más poderosos del mundo, el armamentístico, está muy determinado a seguir con su negocio llevándolo a facturaciones nunca vistas. Equilibrar esa pretensión, conseguida a pesar de la convicción mundial de adónde nos llevaría un tercer conflicto mundial, (a ellos también se les acabaría el negocio), esto implica que haya que manejar con mucha habilidad los entresijos de la geopolítica mundial.

Hoy nos intentan convencer de la necesidad de invertir en armas, cuando tras la caída del “telón de acero” la lógica hubiera hecho pensar que el desarme era una consecuencia natural tras dichos inesperados acontecimientos en la Europa del este.

Otro factor a tener en cuenta es precisamente este último: la desaparición del bloque socialista.

Tras la Segunda Guerra Mundial el horror de las pérdidas millonarias humanas, la destrucción, el asesinato industrializado, la capacidad militar cada vez más desmesurada, la era atómica, llevaron a los pueblos a exigir a sus gobiernos entendimiento y paz. La guerra habría pues, de ser, fría.

Los gobiernos occidentales mostrarían a sus pueblos que el capitalismo era capaz de satisfacer mejor las necesidades de la mayoría social que los países del bloque socialista, para evitar esas tentaciones de cambio político revolucionario en el “mundo libre”.

Esto derivaría en alternancias de poder de conservadores y socialdemócratas, que desarrollarían ideas como las “clases medias” o el “estado del bienestar” y como realidad dominante “la sociedad de consumo”.

Hoy todo ese entramado social hace aguas por todas partes: la desigualdad crece acabando con la quimera de la clase intermedia que, en puridad, nunca existió; el Estado, como garante de derechos sociales, es aparcado por la falacia de la colaboración “público- privada”, un intento de vendernos que el agua y el aceite se pueden mezclar fácil y eficazmente.

Así, cobrar el botín tras la conversión capitalista del Este europeo, es un proceso que se va acelerando cada vez más.

En todo el mundo las crisis sistémicas del cibercapitalismo, lejos de llevarlo a la ruina, como suponían Marx y Engels (del viejo capitalismo, claro) están llevando a una situación de desigualdad entre las clases sociales nunca vista en la Historia.

El dinero público sufraga los naufragios de los mercados, recortando derechos que se creían inamovibles en décadas pasadas.

La geopolítica siempre ha sido un juego de poderes e hipocresía que nunca ha resultado creíble para quienes tienen un mínimo sentido crítico.

La idea de Estados Unidos, como mascarón de proa del capitalismo mundial, pero eso sí, adalid de las causas nobles, defensor de los derechos humanos y del derecho Internacional, luz que alumbraba a sus aliados occidentales, ha saltado por los aires.

En realidad, quienes han invadido países cuando les ha venido en gana, han promovido golpes de estado que crearon dictaduras con miles de asesinados, mandan a sus tropas a cualquier país soberano para realizar acciones que defienden sus “intereses”, siempre han sido ellos, la única diferencia es que, ahora, han decidido hacerlo de forma chulesca y descarada, porque es el estilo del capitalismo actual, un síntoma más del cambio de paradigma geopolítico.

La ola de la extrema derecha es un fenómeno internacional, producto de éste cambio de paradigma.

El ultranacionalismo vuelve por sus fueros y mientras, como producto de ello, nos encaminamos posiblemente a otro conflicto bélico mundial (que no sabemos en qué terminará, teniendo en cuenta las miles de cabezas nucleares existentes en el mundo).

Más como causa que como consecuencia, la asunción de la ideología ultranacionalista lleva a la ruina de las mayorías sociales.

Cada vez hay más precariado que proletariado. El obrero pobre está a la orden del día, como en el siglo XIX.

Votamos a élites que no creen en los derechos sociales, que creen que gozar de buena salud es para quienes puedan pagarlo; proceden, en educación, a desnudar el sistema público de recursos para apoyar al sector privado; en la vivienda, demonizando una regularización del mercado, tachándola de “comunismo”, mientras crecen los desahucios y los agobios para llegar al final de mes; manipulan los precios de los productos básicos hasta conseguir asfixiar a las familias, fomentando el descontento (de paso) con gobiernos que pelean aún por el bienestar de la mayoría social.

Y entretanto, bulos y falsedades: la culpa la tienen las mujeres, que están desbocadas; los inmigrantes, que nos quitan el trabajo; los políticos, que son todos ladrones e iguales; los ecologistas, que quieren vivir en chiringuitos mintiendo y creando un “terrorismo ambiental” que destruye nuestra economía; por tener la culpa, hasta los gays, que van muy sobraditos y los trans, a los que hay que pagar sus caprichos con dinero público. Y, de fondo, una realidad social que nos aboca cada vez más a la destrucción de los derechos conseguidos a base de décadas de esfuerzo y de luchas.

Perdemos, con esas chácharas baratas de barra de bar, el espíritu crítico que nunca ha de faltarle al ciudadano y la ciudadana.

Manipulación a escala mundial que nos hace perder de vista que no son los pobres, que necesitan políticas sociales, los que hacen que perdamos financiación para los recursos públicos, son los poderosos que tras cada crisis acumulan más riqueza en sus cuentas corrientes estratosféricas.

“El desmantelamiento de los logros sociales es evidente, pero cada vez que grupos de personas, pequeños o grandes, nos oponemos a ello estamos colaborando para que este avance reaccionario global no sea imparable, así pues estas pequeñas luchas, si perseveramos en ellas, acabarán dando sus frutos y la organización irá creciendo”

Los seres humanos son lo que son, desde las cavernas, porque cuidaban unos de otros apoyando al débil y protegiéndose mutuamente, algo que no entra en la lógica del capitalismo ultraliberal.

Sus empleados más diligentes ya no son los partidos conservadores, pues entre ellos había un cierto grado de consenso para con algunos de los derechos sociales, pactados en su momento con los socialdemócratas. Los defensores acérrimos de esta nueva realidad, que rompe con los últimos contratos sociales tácitos, son los ultraderechistas y su objetivo final: volver a la selva, al medievo, destruir las conquistas sociales, exacerbar el más extremo individualismo, acabar con los movimientos sociales y la solidaridad, con la empatía, con las organizaciones ciudadanas.

Nazis y fascistas tenían, incluso, un cierto grado de programación social y se les llenaba la boca al hablar de “justicia social”, siempre desde sus parámetros orgánicos y, eso sí, controlando todos los movimientos de la masa social.

Los neofascistas actuales pretenden, sin embargo, lo mismo que sus predecesores pero abandonando despreciativamente hasta el más mínimo atisbo de protección social, es decir, son aún más peligrosos y dañinos que sus ancestros.

La lógica del “hipercapitalismo”, cuyos únicos preceptos morales son como conseguir mejores resultados financieros, nos han llevado a la situación que el mundo vive actualmente.

Hay, sin embargo, muchos movimientos de resistencia en todas las sociedades castigadas por esos males en todo el mundo. Es cuestión de tiempo, pero también de mucha dedicación paciencia y perseverancia, coordinar estos esfuerzos para que tengan mucha más fuerza.

Hay que hacerlo desde lo cercano, porque cada pequeña lucha es importante.

El desmantelamiento de los logros sociales es evidente, pero cada vez que grupos de personas, pequeños o grandes, nos oponemos a ello estamos colaborando para que este avance reaccionario global no sea imparable, así pues estas pequeñas luchas, si perseveramos en ellas, acabarán dando sus frutos y la organización irá creciendo.

Como decía el Papa Francisco, la tercera guerra mundial está ahí, solo que es diferente de las dos anteriores. Sigamos luchando en cada una de las escaramuzas, así conseguiremos ganar batallas y, quizás, salvar la solidaridad humana mundial y ganar o mejorar en la lucha por los derechos sociales.

No hay que reblar.