“La toponimia nos proporciona una sabiduría antigua, aportándonos una valiosa información sobre el paisaje y, eventualmente, también de las amenazas de esa naturaleza pirenaica tan hermosa como salvaje. Una información que a veces se pierde en el olvido o simplemente cuando el topónimo se deforma hasta hacerlo irreconocible, tal y como está ocurriendo con la castellanización progresiva de nuestro patrimonio lingüístico aragonés”.

 

El mes de octubre de 2024 pasará a la historia por las terribles riadas del Levante: una historia recurrente que nos traslada a las inundaciones del Vallès en 1962 o a las de Valencia de 1957.

Hoy sabemos que el cambio climático está dando lugar a un mar cada vez más caliente y eso deriva en una energía destructiva en juego cada vez mayor. Por otro lado, la progresiva ocupación de los suelos, el urbanismo desorganizado y las infraestructuras mal diseñadas contribuyen a agravar las consecuencias de unas lluvias torrenciales ya de por sí propias del clima mediterráneo.

Sabemos –además- que durante el episodio de octubre hubo una mala gestión de la emergencia por parte de la comunidad autónoma valenciana, lo cual no debe hacernos olvidar la importancia de planificar con medidas de prevención… ¡más vale prevenir que curar!

Para una adecuada planificación es preciso escuchar a la ciencia. Tenemos buenas universidades y también excelentes expertos, pero a menudo son ignorados o directamente apartados de la toma de decisiones. Son muchos los que se preguntan cómo es posible que haya ocurrido una tragedia de esta magnitud en la Europa del siglo XXI. Esto no debería haber pasado en Valencia.

Las inundaciones en el Alto Aragón

Y en Aragón… ¿estamos a salvo de todo esto? ¿es un problema exclusivo de quienes viven en las orillas del Mediterráneo? Obviamente no.

Es cierto que la realidad geográfica y climática de Aragón es diferente, pero no tanto como podría parecer; al fin y al cabo, somos un país mediterráneo y aunque existen varios climas en el territorio aragonés, todos ellos tienen la impronta temperamental que aporta el Mare Nostrum.

Seguramente nos vendrá a la cabeza la tragedia de Biescas, donde una fuerte tormenta veraniega con más de 160 litros de lluvia por metro cuadrado provocó una crecida súbita del barranco de Arás, un lugar en el que se había permitido la construcción de un camping ignorando diversos informes técnicos.

De hecho, los geólogos ya habían señalado que el camping se instaba sobre un “cono de deyección” activo -una glera– al tiempo que los botánicos habían advertido la presencia de una planta “de mal agüero”, por cuanto que era indicativa de torrencialidad e inestabilidad. Esa planta no era otra que el Hippophae rhamnoides conocida popularmente como arto de riu en aragonés o también “espino amarillo”.

En definitiva, igual que en Valencia también aquí hubo un fallo de planificación.

Y es que no sólo se ignoraron los saberes científicos sino también la sabiduría ancestral que, a través de la tradición oral, ya había creado el dicho de que “irás a Arás y no volverás”. No se trataba de una profecía sino de la observación de que era un terreno inestable en el que no se podía ni cultivar ni mucho menos construir. Los montañeses preferían caminar varias horas hasta lejanas articas antes que ocupar un barranco tan próximo como peligroso.

El propio topónimo de “barranco”, igual que el de “rambla” ya nos advierte de una corriente de agua sujeta a episodios de torrencialidad en los que el agua es capaz de arrastrar grandes volúmenes de sedimentos. El verbo arramblar, derivado de rambla no puede ser más explícito a la hora de describir la destrucción que provocan las aguas crecidas que todo lo arrasan. Del mismo modo, la palabra aragonesa glera nos ilustra sobre la presencia de los grandes pedregales que observamos en ramblas y barrancos.

Años después de lo de Biescas, concretamente en octubre de 2012, una crecida del río Aragón barrió en cuestión de segundos una vivienda en Castiello de Jaca/Chaca. Y una vez más se trató de un desastre anunciado, toda vez que el edificio estaba en el cauce del río formando parte de una urbanización llamada nada menos que… ¡del molino! Ciertamente, a la constructora no se le pudo acusar de “publicidad engañosa” pues los molinos se construyen en lugares próximos a los ríos precisamente las zonas por donde éste se desborda. Los molinos, igual que los puentes, siempre han sido las infraestructuras más vulnerables frente a las acometidas de los ríos, de modo que la toponimia urbana ya nos estaba advirtiendo del peligro. Toda una ironía en un pueblo cuyos habitantes reciben el mote de esbarranquiaus, aunque lo más trágico de todo esto es que el edificio se volvió a construir en el mismo sitio exactamente.

La toponimia tiene la virtud de recoger la tradición oral y de fosilizarla, recogiendo de esta manera una información valiosísima.

En mayo de 2023 el desbordamiento del “barranco de la Clamor” provocó diversos daños materiales en varios lugares del Cinca Medio. En realidad, el término aragonés clamor hace referencia a un descarnado barranco normalmente seco que se activa tras una lluvia intensa, de modo que llamarlo “barranco de la Clamor” se trataría de una redundancia derivada de la castellanización de nuestra toponimia. Lo cierto es que existen varias clamors en la zona sudoriental del territorio altoaragonés que ponen de manifiesto que las crecidas violentas son habituales.

Algo parecido pasa con las garonas, una de cuyas acepciones en aragonés es la de “torrente”, concepto que se materializa en la voz garonada para describir una riada. Las garonas están presentes en la montaña altoaragonesa desde los confines con Navarra (Salvatierra d’Esca) hasta la Ribagorza (entre Seira y Campo y la Vall de Bardaixín). En Rasal está O Garonal y en A Espuña la Garona d’os Molins ya nos ilustra sobre el potencial de este barranco para la molienda. A ello hay que sumar el gran río occitano de la GaronaLa Garonne-, cuyas fuentes principales están en Aragón y más en concreto en el glaciar de la Tuca d’Aneto, cuyas aguas se escapan a través del conducto subterráneo del Forau d’Aiguallut.

 

Ríos de colores

Hace poco un amigo hidrogeólogo y buen conocedor del comportamiento de ríos y barrancos, me comentaba que algunas personas no terminan de visualizar la verdadera naturaleza destructora de las riadas, imaginando un enorme caudal de agua limpia y transparente. Nada más alejado de la realidad.

De hecho, el gran poder destructivo de las aguas torrenciales no es tanto por el agua sino por todo lo que arrastran. Aguas de arroyada que destruyen el suelo, llevándoselo por delante y tiñendo el agua del color de éste.

Así como las crecidas primaverales, cuando los ríos bajan mayencos por el deshielo, suelen dar lugar a una ligera turbiedad azulada, las lluvias intensas del otoño transforman todas las corrientes de agua en “ríos de chocolate” con distintos tonos pardos e incluso a veces francamente rojizos.

En la Val d’Echo es normal ver el río Aragón Subordán teñido de bermellón tras una crecida, lo cual se explica por la presencia de las areniscas rojizas que afloran en la cabecera del valle, precisamente en la zona de Guarrinza. Y es que este nombre hace alusión precisamente al color rojo del terreno. Sin duda, una reminiscencia lingüística de la lengua prerromance que se habló en todo el Pirineo aragonés y de la que derivaría, con algunas transformaciones, el euskera actual. En la lengua viva de buena parte del País Vasco y norte de Navarra, la palabra “gorri” se emplea para designar el color rojo.

En otros casos, los ríos crecidos presentan un color gris negruzco que está relacionado con los materiales pizarrosos del entorno y que – una vez más- la toponimia nos delata. Así ocurre – por ejemplo- en Chistau, donde la Zinqueta de la Pez adquiere un color casi negro tras las lluvias intensas. Otro tanto ocurre en el barranco de Remascaro, cerca de Sarllé (Cerler), que a menudo baja totalmente tiznado –mascarau en aragonés – desde las alturas de Serra Negra.

El agua y el territorio.

El agua es un elemento básico del paisaje que ha estado presente en la toponimia desde tiempos remotos. Los ríos, junto con las montañas, forman la trama primordial de un territorio; son elementos de referencia, la frontera que a la vez une y separa.

Los aragoneses somos hijos de un territorio que lleva orgulloso el nombre de uno de sus ríos….¡Aragón! Un territorio que, como otras civilizaciones, creció a la orilla de un río para descender hacia la tierra plana en busca de nuevos horizontes, siempre acompañado por el fluir del agua y de la historia. El nombre de nuestro río pirenaico se paseó hasta los confines del Mediterráneo y pudo ser escuchado a miles de kilómetros cuando los almogávares avanzaban por Neopatria con sus gritos de guerra: ¡Aragó, Aragó!

A decir de los expertos, el nombre Aragón derivaría de la voz preindoeuropea “ar”, con el significado de “corriente de agua” o “valle”. De hecho, si echamos una ojeada a un mapa del Alto Aragón, observaremos un gran parecido entre los nombres de muchos ríos y valles, pues además del propio Aragón y su derivado Aragón Subordán encontramos otros como Ara, Arazas, Arán

De esta forma el río Ara sería algo así como el “río río”, lo mismo que el río Flumen en el Prepirineo o el mismísimo río Ebro. Flumen en latín significa “río”, mientras que el Ebro procede de la voz prerromana “íber” que seguramente también significa lo mismo. El río Aurín presenta una etimología similar, aunque su parecido con aurum (oro) ha provocado alguna confusión, al tiempo que despertaba la codicia de algún buscador de tesoros. Lo cierto es que la geología del valle es poco propicia para la presencia de oro.

El gran parecido entre Aurín y Aure (este último ya en Occitania) pone de manifiesto los lazos lingüísticos y culturales que unen las dos vertientes de los Pirineos.

En Aragón tenemos el río Caldarés, un topónimo mixto que combina el termino romance “caldus” (caliente) con el prerromance “ar”. Es decir, Caldarés significaría “aguas calientes”, algo totalmente congruente con la geología del macizo granítico de Panticosa y sus aguas termales. Pues bien; al otro extremo del mismo macizo granítico está el pueblo de Cauterets, que en occitano es Cautarés… ¡y también tiene aguas termales!

En el Bearn existe una región llamada Pays des Gaves haciendo referencia a los ríos de aquella zona. Una gave es, por tanto, una corriente de agua y de ahí podrían derivar topónimos como Gabarnia (Gavarnie) o Gabas, un lugar bearnés que tiene su réplica en el Gabás aragonés, en plena Ribagorza.

Para terminar, en el valle del río Aragón existen una serie de hidrónimos como Ip, Izas o Iserías que según algunos autores podrían tener un origen común derivado de una voz prerromance con el significado de “agua”, de la misma manera que en el Prepirineo se citan los ríos Isuela e Isuala.

En definitiva, la toponimia nos proporciona una sabiduría antigua, aportándonos una valiosa información sobre el paisaje y, eventualmente, también de las amenazas de esa naturaleza pirenaica tan hermosa como salvaje. Una información que a veces se pierde en el olvido o simplemente cuando el topónimo se deforma hasta hacerlo irreconocible, tal y como está ocurriendo con la castellanización progresiva de nuestro patrimonio lingüístico aragonés.