“Cada clase intenta mantener su cuota de poder. Los soviéticos ejercieron un control social férreo con fines y métodos totalitarios. En las democracias liberales este control ha de ser más sutil para no chocar contra los principios fundacionales de estas; eso no quiere decir que estos no existan, solo que han de realizarse de manera que resulte aceptable para la mayoría. Medios de comunicación, controles y exigencias empresariales, leyes restrictivas, judicaturas y fuerzas de seguridad conservadoras, y hoy, por supuesto, redes sociales con sus bulos y desinformaciones”.

 

“Por desgracia, conforme se aproxima el nuevo milenio, las incertidumbres que rodean a la democracia política no parecen ya tan remotas. Es posible que el mundo, lamentablemente, esté entrando en un período en que sus ventajas no parecen tan evidentes como lo parecían entre 1950 y 1990.” Eric Obswam, Historia del siglo XX.

En el capítulo IV de la monumental obra del historiador británico, dedicada a la caída mundial del liberalismo en el período de entreguerras, el autor nos lanza estas proféticas palabras.

Así avanza este siglo parece que, a un ritmo cada vez mayor, esta predicción va cumpliéndose. Para ello desde luego, igual que pasó en muchos países en el período de entreguerras, vemos como la derecha tradicional va escorándose cada vez más hacia el ahora llamado “populismo”.

No es un fenómeno nuevo. Cuando la burguesía acabó con el “Antiguo Régimen” bajo el lema “Libertad, igualdad y fraternidad” comenzó a expandir por el mundo una revolución liberal que culminaría en un asentamiento de democracias basadas en el sufragio universal y la división de poderes.

Hoy día tras pasar por una “Guerra Fría” que obligó, en Occidente, a un nuevo contrato social que crearía los conceptos de “clase media” y “Estado del bienestar”, se está pasando a una revisión, a la baja, de estos elementos de convivencia sociopolítica.

Cada clase intenta mantener su cuota de poder. Los soviéticos ejercieron un control social férreo con fines y métodos totalitarios. En las democracias liberales este control ha de ser más sutil para no chocar contra los principios fundacionales de estas; eso no quiere decir que estos no existan, solo que han de realizarse de manera que resulte aceptable para la mayoría. Medios de comunicación, controles y exigencias empresariales, leyes restrictivas, judicaturas y fuerzas de seguridad conservadoras, y hoy, por supuesto, redes sociales con sus bulos y desinformaciones.

Creo que, así como ante el creciente descontento y desapego por la democracia en muchos países del mundo en ese periodo de crisis de entreguerras, la solución para los conservadores liberales fue ir abandonando sus principios echándose en manos de los populismos de la época, es decir, los fascismos, hoy ,tras la victoria en la “Guerra Fría” (ese “fin de la historia” propugnado por algunos historiadores) el capitalismo mundial va cobrándose su botín.

Las crisis sistémicas dejan a las sociedades cada vez más depauperadas en lo público, mientras se asiste al desangramiento del tercer mundo y los ricos cada vez son menos, pero cada vez más poderosos. Ese “nuevo contrato social” ya no parece servir a los intereses de los poderosos, pues nadie va a intentar hacerse comunista nunca más.

Las democracias ven como, cada vez, hay una participación menor de su población siquiera sea en el simple acto de votar.

La extrema derecha y el citado populismo triunfan por doquier.

Las sociedades democráticas se suicidan dando poder a quienes quieren desmantelarlas.

Asistimos a ese mismo proceso en nuestro país.

El consenso básico ha volado por los aires.

La aceptación de la alternancia en el poder ya no sirve a las élites.

La crispación y la polarización se asientan en nuestra sociedad y es un proceso que viene forzado por uno solo de los bandos políticos preponderantes.

Algunos analistas asisten, con asombro, ante el espectáculo de unas fuerzas conservadoras que promueven el descrédito de las instituciones democráticas y el desapego popular ante estos hechos.

Usar la judicatura políticamente de forma tan descarada hace que la población ya no dé ningún crédito a esta rama del poder democrático estatal. El bulo forma nuestras propias burbujas destruyendo la capacidad de diálogo y fomentando el descredito general. La crispación en sede parlamentaria y el abandono del diálogo, la cultura de la “negación”, hacen que cale el mensaje de “todos los políticos son iguales” fomentándose una abstención cada vez mayor.

Podría pensarse que esta estrategia es, a medio plazo, contraria a los intereses de la sociedad democrática, pero también para los propios conservadores.

No es así.

El “cuanto peor, mejor” dicho por un político conservador de este país, es la expresión de una cultura instrumentalizadora: las instituciones han de conservarse sólo cuando sirven a sus intereses, volarlas por los aires dejará el campo libre para que gobiernen los que tienen el poder real el dinero y el control social, por tanto.

Llegar al paraíso ultraliberal parece ser el objetivo de los grandes intereses ocultos. Menos Estado, más privatizaciones. Menos control sobre las empresas. Explotación de los recursos naturales sin ningún límite. Desaparición paulatina de los logros sociales para llegar a la jungla de la sociedad sin Estado. Fuera regulaciones y larga vida al capital funcionando en estado puro, sin las cortapisas estatales.

Nos vamos viendo abocados a ello como si fuera algo inevitable.

Las sociedades virtuales están desmovilizadas: dar un “like” no sirve para defender los derechos.

La vida social no es virtual, es real.

Democracias no participativas, desestructuradas, cada vez más privatizadas están llevando a lo que, posiblemente, sea su fin.

Hobswam ya lo vio en los años 90, hoy se van cumpliendo sus previsiones.

Deberíamos darnos por enterados.

Hay que actuar.