“…desafiando nuestro escepticismo, nuestro pesimismo, nuestro derrotismo y nuestra ignorancia, resulta que, en un lugar del planeta no tan alejado de nosotros, en la Europa a la que pertenecemos y que comparte con nosotros similar cultura, valores, civilización, ruralidades, problemas y desafíos, alguien había encontrado el conocimiento y las soluciones que buscábamos.”
Allá por 2016 se vivía un agónico frenesí alrededor de la despoblación rural. En aquel tiempo, los políticos de todo signo se llenaban la boca de palabrería reactiva frente a la creciente inquietud y presión social surgida de la toma de conciencia generalizada que se estaba produciendo en España acerca de este fenómeno. No lo digo con acritud: creo que, en general, nuestros dirigentes y gestores querían genuinamente dar respuestas a la sociedad, a sus electores, en la medida de los recursos a su disposición y de sus conocimientos. El problema era que, si sus recursos eran limitados, todavía lo eran más sus conocimientos sobre cómo aplicarlos adecuadamente para obtener el efecto perseguido. Mientras trataban de dar con la tecla adecuada, los periodistas, respondiendo a la lógica de que los titulares que contienen una cifra de millones son los que más «venden», iban a la caza de los noticiones en los que algún político o institución anunciaba una cascada de euros en tal o cual zona o sector como bálsamo de Fierabrás que todo lo iba a curar. Dinámica perversa esta que en nada iba a ayudar a las soluciones, ya que orientaba las expectativas del público hacia la idea de que esto, en realidad, es una cuestión meramente de dinero. ¡Qué terrible equivocación!
Por aquel entonces, Sergio del Molino acababa de publicar La España vacía, obra indispensable para explicar cómo cristalizó la toma de conciencia sobre la despoblación, pero que, como buena elegía que realmente era, no aportaba nada constructivo de cara al futuro. Se limitaba a cantar el dolor por la pérdida de la España rural. Conmovedor e impactante, sin duda, pero contribuyó en gran medida a introducir también la duda —por lo demás, razonable— de si realmente se puede hacer algo eficaz para detener e incluso revertir el proceso de declive general del medio rural. El propio autor, en respuesta a una pregunta durante una entrevista a Heraldo de Aragón, sobre si pensaba que la despoblación rural tenía solución, contestó que, probablemente, no, a la vista de todas las cosas que se habían intentado y que habían fracasado durante las últimas décadas.
Ese mismo pesimismo cundía en el ambiente cuando acudí, ese mismo año de 2016, a un seminario sobre emprendimiento social en áreas escasamente pobladas organizado por la entidad El Hueco, un proyecto impulsado por una ONG de ayuda al desarrollo internacional que se había reconvertido en ONG de ayuda al desarrollo rural tras los tijeretazos de Rajoy y los suyos a los fondos de ayuda a la cooperación internacional. En dicho seminario, representantes de diferentes entidades de otros países explicaron cómo trataban de hacer frente al fenómeno de la despoblación en su grado más agudo: el que sufren los territorios de extremadamente baja densidad de población.
Así me puse al día, gracias a Kristiina Jokelainen, responsable del programa de especialización inteligente y clústeres regionales del Consejo Regional de Laponia, de que, si se diseñan de forma bien adaptada a estos territorios los programas con los que los Estados miembros y sus regiones aplican los fondos de la UE, es posible aprovechar los nichos de oportunidad económica existentes en el territorio con los que han conseguido retener a la población en el norte de Finlandia. ¡Caramba —me dije— esto parece prometedor!
Pero lo que aquel día me electrizó hasta la médula sucedió en la presentación que hizo Anne McDonald, Jefa del Equipo de Políticas de Fortalecimiento de las Comunidades Rurales, de una peculiar agencia de desarrollo territorial: Highlands and Islands Enterprise (HIE); esto es: la Empresa de las Tierras Altas y las Islas de Escocia. McDonnald comenzó explicando las atroces condiciones de partida de un territorio que, tras la derrota de los clanes escoceses frente al ejército británico en la batalla de Culloden de 1746, fue deliberada y concienzudamente despoblado. Por ley se decretó el vaciamiento del territorio del grueso de su población, así como su dispersión para acabar con la «lacra» que representaba la rebelde e indómita organización tribal de los escoceses. Un vaciamiento que hizo desaparecer al 80% de la población local y puso el 90% de la propiedad de la tierra en manos de media docena de grandes propietarios. Cuando en el Reino Unido tomaron conciencia de la barbaridad perpetrada ya había transcurrido un siglo y medio. Aun con todo, el Estado reconoció la “deuda histórica” que tenía con las gentes de un territorio de 26.500 km2 (equivalente a más de la mitad de la población de Aragón), montañoso, insular, remoto, con un clima del demonio y al que se le había impuesto un modelo socioeconómico caciquil y terrateniente (para el ganado: el único censo que creció dramáticamente fue el de cabezas de ovino) que hipotecaba todos sus activos de desarrollo.
Y, sin embargo, contra todo eso, tras varias décadas de intentos fracasados durante el siglo XX, algo sucedió a mediados de los años 60. Algo que vi plasmado en la quinta diapositiva de la presentación de la señora McDonald y que quiero compartir con los lectores:

Recuerdo haberme agarrado a los cantos de la silla en la que estaba sentado. La prueba estaba allí, delante de mis ojos. Recuerdo haber mirado a un lado, a otro, hacia atrás, tratando de escrutar las caras de quienes se encontraban allí. ¿Estaban viendo lo mismo que yo? ¿Estaban interpretando lo mismo que yo? Me parecía imposible que no lo hiciesen porque a mí me resultaba tan obvio como el azul del cielo. La respuesta estaba ahí y contradecía con chulería a la que dio Sergio del Molino al Heraldo: ¡los escoceses habían revertido el proceso de despoblación en un momento que —no por casualidad— coincidía con el de la puesta en marcha de su agencia especializada de desarrollo territorial! Y la conclusión era, para mí, tajante: ¡sí, se puede combatir con éxito la despoblación rural!
Así pues, desafiando nuestro escepticismo, nuestro pesimismo, nuestro derrotismo y nuestra ignorancia, resulta que, en un lugar del planeta no tan alejado de nosotros, en la Europa a la que pertenecemos y que comparte con nosotros similar cultura, valores, civilización, ruralidades, problemas y desafíos, alguien había encontrado el conocimiento y las soluciones que buscábamos. En medio de la excitación y a punto de pellizcarme para asegurarme de que no estaba soñando, tomé de determinación de que tenía que ir allí a aprender de los escoceses a levantar casas desoladas, a plantar árboles y gentes sobre la tierra yerma y ayudarles a crecer, a recuperar mi país y cualquier país del que salió tanta gente «con la rabia que produce abandonar lo que se ama».
Esa determinación (ya sabéis lo que es eso para la tenacidad —que no tozudez— de cualquier aragonés) acabó llevándome a Escocia, me cambió la mente y con ella traté de cambiar las mentes de quienes tienen la capacidad de influir y de tomar decisiones. Sólo necesitaban la mínima humildad que todos hemos de tener para reconocer qué no sabemos y qué podemos aprender de otros. Pero, no nos adelantemos: contaré en una próxima entrega mi aventura escocesa y por qué cambió todo lo que hoy día sé y soy respecto al inmenso desafío de nuestro declive rural.


