“Si alguien está atento a redes y prensa, boletines de parlamentos, y papers académicos, se sorprenderá por la cantidad de las propuestas para solucionar la despoblación, convertibles fácilmente en titulares y referencias, tajantes, sin matices. Tienen su parte de verdad, pues las personas deciden (no) vivir en un sitio por infinitas causas, pero citan a la despoblación en vano, porque plantean medidas descontextualizadas y sin armonía, prescindiendo de la complejidad rural que combina texturas y realidades según la hora y el calendario, y exigen pincel fino en mano diestra para reflejar las contradicciones que inexplicables justificamos”.

 

Los cuadernos para pintar enganchan con sus colores planos, premiados si no se sobrepasan los límites, aunque sus realidades de referencia fueran complicadas. Lo mismo les sucede a quienes diseñan con trazo firme soluciones frente a la despoblación, ajustando leyes y estrategias a la estereotipia castiza y victimista, actualizada al punto 4.0 con anglicismos de ascendencia académica.

Esta tendencia por la precisión asertiva, sintética y simplista, se aprecia en las jornadas y congresos sobre lo rural en los que los tiempos de exposición (y discusión) son cada vez más breves, jibarizados por inauguraciones flasheadas gracias a excelsos tan impuntuales como aburridos, y por moderadores que no moderan ni cuestionan, donde cada experto habla de su libro sin enmendarse, y públicos y periodistas tragan con ocurrencias carentes de esencias. Las dudas se fugaron hace tiempo con las críticas, todas ausentes, añoraban las periferias con olor a tierra mojada y perfume de oveja, lejos de ambientadores y moquetas. Hoy se llevan en el rural los procesos participativos incoloros y funcionales que facilitan debates con final feliz, catársis de casos de éxitos podcasterizados, ajenos a los claroscuros de las evidencias.

Durante la expedición española Malaspina a finales del XVIII con los científicos más importantes de su época, por una suma de casualidades, el naturalista checo Haenke elaboró uno de los inventarios más completos sobre colores, distinguiendo hasta 2487. En el lecho de muerte, en Cochabamba, confesó que lo que le hubiera gustado de verdad hacer no era tanto ese catálogo cromático sino un inventario de todos los matices, texturas y brillos del amor.

Si alguien está atento a redes y prensa, boletines de parlamentos, y papers académicos, se sorprenderá por la cantidad de las propuestas para solucionar la despoblación, convertibles fácilmente en titulares y referencias, tajantes, sin matices. Tienen su parte de verdad, pues las personas deciden (no) vivir en un sitio por infinitas causas, pero citan a la despoblación en vano, porque plantean medidas descontextualizadas y sin armonía, prescindiendo de la complejidad rural que combina texturas y realidades según la hora y el calendario, y exigen pincel fino en mano diestra para reflejar las contradicciones que inexplicables justificamos.

Creo que tenemos que dar más sentido y coherencia a lo que hacemos, mucho más exigentes: leer y estudiar más, mejor, rumiándolo, ir más allá de las estadísticas hasta donde termina la carretera y dejarnos querer por un paisano, reconocer en el espejo nuestra flacidez vital e intelectual, asumir que la verdad es inalcanzable, pero la sinceridad que busca, siempre echa una mano, y esa la tenemos de nuestro lado.

Todavía no sé de qué color es la despoblación… sólo sé que me gustan los matices que amanecen a diario.