(Para Javi Hernández)
Aquí me quedo, en la apacible umbría
del manzano, del peral y el cerezo,
entre los pájaros que van y vienen
a bailar con el sol y con las nubes,
hecho ceniza, tierra, limo o polvo
que se eleva al atardecer hacia las cumbres.
No es, claro que no, la vida que ansiaba,
todo lo que mi imaginación concibió
para conquistar con colores la vejez.
No es esto: habría querido vivir del aire,
a pleno pulmón, escalar las montañas
y esos cortados que invitan al vuelo,
habría querido despertar aquí, en silencio,
bajo el laberinto de estrellas, abrazado
a mi amada o la quimera de la obra maestra
en esta casa, hecha piedra a piedra,
con el único pegamento del deseo.
Deseo de amor, de primavera, de música.
Deseo de paz junto a la ventana.
Deseo de transformarme en nueva luz.
Si alguna vez regresáis a este vergel,
sabed que aquí me quedo, en la urna
de la memoria y bajo los rosales.
Siempre habrá para vosotros un lugar
para que me dejéis vuestras cartas,
los libros que habéis soñado para mí,
el mejor vino, un poema, un dibujo:
todo eso que cobija el pensamiento.
Y siempre encontraréis mi mensaje
donde quiero recordar la alegría,
lo bueno que me ofreció la vida,
las lágrimas, las sonrisas, los besos,
el violín y la viola de las noches:
todo lo inolvidable que me llevo
a mi refugio de tiniebla y sueño,
que está aquí y más allá de las montañas.
Aquí me quedo, Acumuer. Para siempre.
Texto leído en el acto de entrega de los Premios AEDITAR el 7 de junio de 2024
Foto: Eva Deflor


