“¿Dónde está el currículo educativo y el conocimiento del medio? Parece que últimamente nos identificamos más con el cachirulo (en su versión Sección Femenina-Falange) que con las barras de Aragón, historia pura de nuestro territorio.”

 

Hace unos días una persona joven me habló de “Las ferias rojas” refiriéndose a una zona del zaragozano barrio de las Delicias. Puse cara de extrañeza y… caí: “Alférez Rojas”, un grupo de viviendas levantado a finales de los años 50 del siglo pasado por la Obra Sindical del Hogar y cuyo nombre respondía a uno de los “héroes” de la guerra de Ifni. Falangismo en vena. Casi debería alegrarnos a las gentes de izquierda que este nombre hubiera caído en el olvido y la deturpación si no fuera porque este fenómeno igual vale para un roto que para un descosido. Por poner un ejemplo, hace algún tiempo escribía José Luis Melero que ya no se recuerda quien fue Mariano Sasera (catedrático de Derecho Romano, presidente del Ateneo…), hoy su glorieta es la de “los cañones”.

Qué más da. Por eso la alcaldesa de Zaragoza llama puente romano al medieval “puente de piedra”, o a la Plaza del Justicia, donde estuvo el Palacio de los Lanuza mandado derruir por Felipe II en castigo a la rebelión aragonesa de 1591, “Plaza de la Justicia” (debe ser porque los juzgados están ahí al lado y ella está más ocupada en otras cosas, como montarse en los autos de choque o en el dragón de La historia interminable),

Qué más da que ahora que se inaugura la reforma de la calle de la Manifestación de Zaragoza (justo la que lleva a la Plaza del Justicia… ¿porqué será?) a nadie se le haya ocurrido poner una placa explicando que no recuerda alguna manifestación popular, sino uno de los procesos forales aragoneses ante el Justicia de Aragón, precursor del “habeas corpus”. O plantar un naranjo en el primer alcorque (y poner un cartel explicativo) en recuerdo del nombre que tenía la esquina con la actual calle Alfonso I (“La Toronjera”). Por no hablar de que fue el decumano romano. La mayoría de las ciudades que admiramos cuentan la historia de sus calles y sus vecinos se sienten, así, orgullosos de ellas y saben dónde viven.

Qué más da que nuestro presidente Azcón confunda en la entrega de los Premios Nacionales de Cultura de 2021 a Irene Vallejo con Irene Montero (“vaya, en qué estaría yo pensando… un lapsus lo tiene cualquiera”).

Qué más da que un “paco” (lugar a la umbría, del latín “opacum”) se escriba en algunos mapas “Francisco” (eso de “paco” será un vulgarismo…). O que asumamos, sin más, que hemos perdido un monte (Monte Perdido) porque hemos traducido el nombre que le dan los franceses que no lo ven desde su lado del Pirineo, mientras el nuestro, Treserols, lo echamos en el olvido. ¿Dónde está la Comisión de Toponimia del Gobierno de Aragón? Seguramente en el mismo “pozal” de la basura que toda la política lingüística. Ahora lo más guay es que las cosas se llamen en inglés. Dense un paseo por cualquiera de las calles céntricas de una gran ciudad, observen la cartelería, y lo comprobarán.

Qué más da que se caiga Casa A Ruba en Fanlo, que el Ayuntamiento de Huesca deje derribar el Seminario (total un edificio viejo del siglo XVI) o el de Zaragoza el Colegio Jesús y María o el convento de Jerusalén, ejemplos de la arquitectura del siglo XX. Total, si hemos (plural mayestático) tirado o dejado caer ya casi todo…

¿Tendrá algo que ver con esto lo que dice el último Informe PISA sobre el descenso de 2 puntos entre 2008 y 2022 de la comprensión lectora en Aragón? A esto deben añadirse algunos informes de profesores de la Universidad de Zaragoza del Área de Lengua Española que ponen de manifiesto las carencias de los universitarios (generalizar siempre es arriesgado) para “averiguar la idea de un párrafo o un mapa conceptual” (Alicia Silvestre, El Periódico de Aragón, 1/10/2024). Lo importante para los jóvenes, explican, no es la corrección sino la inmediatez, que el mensaje llegue cuanto antes. Así se crean los bulos, las medias verdades…

¿Dónde está el currículo educativo y el conocimiento del medio? Parece que últimamente nos identificamos más con el cachirulo (en su versión Sección Femenina-Falange) que con las barras de Aragón, historia pura de nuestro territorio.

Y con esto nos vamos quedando en nada (Labordeta dixit). Esa nación con nombre de río que canta La Ronda de Boltaña va camino de ser “eso que está entre Madrid, Cataluña y Euskadi”, la Tierra media. La nada. Al tiempo.