“Personas que respiraron el aire, pisaron el suelo y contemplaron los montes, ríos y llanos que ahora y aquí respiramos, pisamos y contemplamos… hicieron méritos más que suficientes para ser más reconocidas. Hablamos de hitos, de referentes, de pioneros, de hombres y mujeres cuyos nombres, en muchas ocasiones, nos son ajenos o, en el mejor de los casos, los conocemos parcialmente, despojados de sus dimensiones más universales.
Nombres que pasan desapercibidos para las decenas de miles de aragoneses que cada nuevo curso emprenden su itinerario educativo, completándolo sin apenas nociones al respecto. Un currículo aragonés que no merece ese apelativo, con escasez de contenidos de este tipo, sin asignaturas específicas y, aún menos, dignamente atendidas, dependiendo de la buena voluntad que, dentro del estrechísimo margen disponible, puedan ejercitar los docentes… ¿Cómo nos vamos a querer? Es para hacérnoslo mirar.”.
Se dice que en el conocimiento de lo propio está la base de la autoestima, que conocernos mejor nos ayuda a progresar y a avanzar sobre bases más firmes. Suele señalarse que, en esas cuestiones, los aragoneses tendemos a ser poco complacientes con nosotros mismos, que no valoramos lo propio y lo cercano. Que no nos queremos lo suficiente… y así nos va.
Dudo que ese juicio sea infalible y vislumbro matices en torno a él porque, por otra parte, contrasta con presunciones (a veces poco argumentadas) y con alabanzas de “lo nuestro” frente a “lo del vecino”. Contrasta también con una creciente defensa, por ejemplo, del consumo de productos aragoneses (aspecto en el que se ha mejorado, y mucho). Pero prevalece pese a todo una sensación de falta de confianza, de no creer en nuestras posibilidades. Una especie de “auto-ninguneo” que no responde a un fatalismo ancestral ni a un instinto colectivo que los aragoneses y aragonesas tengamos marcado en el ADN.
Responde, en mi opinión, a que nos faltan referentes no porque no existan sino porque no se nos han mostrado. No se nos han enseñado, pero haberlos, haylos. Y no hace falta remontarnos a mitos y leyendas, ni a historias de conquistas, batallas, guerreros o reyes medievales. No es necesario recrearse en campañas en lejanas tierras, ni en hazañas, grandezas y miserias de casas reales con las que podrían construirse, según dicen, un sinfín de tramas de series o de argumentos de novelas.
Podríamos quedarnos, para empezar, con la noción de que dos de los personajes más influyentes en la política y en la diplomacia europeas de la segunda mitad del siglo XIV habían nacido en Illueca y en Munébrega y se llamaron Pedro Martínez de Luna y Johan Ferrández de Heredia. Y nos ayudaría mucho saber también que el primero ejerció hasta el final la defensa de unos derechos que consideraba inapelables, y que el segundo ayudó a rescatar del olvido clásicos grecolatinos vertiéndolos a una lengua romance llamada aragonés, como puente para otras traducciones.
Merecería la pena que se nos diese cuenta de hitos irrelevantes en apariencia, pero que esconden una clave interesante, como que la empresa más antigua de España es aragonesa (la Casa de Ganaderos de Zaragoza, con actividad ininterrumpida desde hace más de ocho siglos), que el primer chocolate de Europa se hizo en el Monasterio de Piedra, que la empresaria Pilar Lana revolucionó la industria de la ropa interior femenina y dignificó las condiciones de trabajo de sus empleadas, o que la fregona nació aquí a mediados del siglo XX de la mano del aragonés Manuel Jalón.
No debería ocultársenos que el Justicia y la forma de monarquía pactada fueron el espejo en que se miraron los precursores de la unificación italiana a mediados del siglo XIX o, antes que ellos, los padres de la primera constitución democrática del mundo (la de los Estados Unidos de América), o saber que Lanuza y las libertades aragonesas son mencionadas en las Cortes de Cádiz, en los orígenes del liberalismo peninsular.
Tampoco estaría de más relatar que la primera bicicleta que se fabricó en España la hizo un herrero de Huesca a partir de los apuntes de un joven albañil de Monzón que conoció el invento en París. Y que ese joven, que atendía al nombre de Joaquín Costa, había de ser más tarde el paradigma del intelectual esforzado y honesto que dispersó su sabiduría por infinidad de materias (y tanto la dispersó que la posteridad, injusta con su legado, ha reducido este a unas cuantas frases lapidarias).
Ya puestos, también estaría bien dar noticia de hombres y mujeres que pusieron lo mejor de sí mismos para ayudar a progresar a esta sociedad. Que se nos contase que, aun siendo Miguel Servet reconocido por un hallazgo fisiológico (la circulación pulmonar de la sangre), fue además reivindicado como uno de los paladines de la libertad de conciencia por los ilustrados del siglo XVIII, con Voltaire a la cabeza. Y que en cierto modo también sufrieron castigo por su independencia de espíritu Miguel de Molinos (de Muniesa, precursor del libre pensamiento) y el belmontino Baltasar Gracián. Merecería la pena que se nos dijese que este último influyó en filósofos como Nietzsche, Schopenhauer y los existencialistas (o que “colocó” como best seller su Oráculo manual y arte de prudencia en las librerías estadounidenses a finales del siglo XX).
Tenemos derecho a saber que la primera mujer de la que se tiene noticia en publicar un método de enseñanza científica en España era una joven zaragozana llamada Andresa Casamayor (lo hizo con un acrónimo para ocultar su condición femenina), y que una paisana y contemporánea suya fue precursora del discurso de igualdad entre mujeres y hombres: Josefa Amar y Borbón, injustamente postergada, tendría muy poco que envidiar a otras pioneras (como Olympe de Gouges o Madame de Staël) que durante la Revolución Francesa impulsaron planteamientos y temáticas feministas y cuyos nombres aparecen en todos los manuales.
Y, más allá de insistir, por más que se sepa, que Goya representa un antes y un después en la historia universal de la pintura, que Segundo de Chomón fue uno de los magos de un nuevo arte destinado a plasmar la imagen en movimiento (y en el que escribiría sus mejores páginas un tal Buñuel), o que Ramón y Cajal es el padre de la neurociencia moderna y uno de los adalides de la democratización de la sociedad desde el progreso en las ciencias, sería bueno saber que similares afanes a los de don Santiago mostró el zufariense Odón de Buen, considerado padre de la oceanografía.
Tenemos derecho a que se nos cuente que un precursor de la enseñanza pública y gratuita se llamó José de Calasanz y era de Peralta de la Sal, que uno de los pioneros en la defensa de la abolición de la esclavitud era un turolense de Santa Eulalia llamado Isidoro de Antillón, que el maestro oscense Paco Ponzán fue un héroe de la resistencia durante la ocupación nazi de Francia, y que la primera mujer alcaldesa durante la Segunda República lo fue de Gallur, se llamaba María Domínguez, y constituye un ejemplo de superación personal, de desafío a lo establecido y de lucha por un mundo mejor. Conviene saber que María Moliner, la autora del mejor diccionario de uso del español, hizo sus pinitos en un proyecto destinado a dignificar la filología aragonesa y, también, que más tarde sería castigada por la dictadura franquista por su implicación con la política bibliotecaria y las misiones pedagógicas de la Segunda República.
No estaría de más conocer que el zaragozano Avempace fue alabado por Averroes y Maimónides (judío y musulmán) y que influyó en pensadores de la tradición cristiana como Tomás de Aquino y Alberto Magno. Que un religioso llamado Pedro Cubero, de El Frasno, fue el primero en dar la vuelta al mundo en dirección Este. Que el lenguaje de signos debe mucho a Juan Pablo Bonet, de Torres de Berrellén, autor del primer tratado moderno de fonética y logopedia para enseñanza de personas sordas. Que el pediatra Jerónimo Soriano impulsó en Teruel el primer hospital infantil del que se tiene noticia en el mundo. Que Pompeya y Herculano, fueron descubiertas por el ingeniero aragonés Roque Joaquín de Alcubierre. Que hubo un tiempo en el que el payaso más famoso del planeta era de Jaca (Marcelino Orbés).
Y la lista podría seguir con los impresores, y con Pedro Manuel de Urrea, Gaspar Sanz, los hermanos Argensola, Félix de Azara, Braulio Foz, Ramón Acín, Miguel Fleta, Miguel Catalán, Ramón J. Sender, Amparo Poch, Elvira de Hidalgo, Pablo Gargallo, Pablo Serrano, Pilar Bayona o Antonio Saura, entre muchos y muchas más. Personas que respiraron el aire, pisaron el suelo y contemplaron los montes, ríos y llanos que ahora y aquí respiramos, pisamos y contemplamos… hicieron méritos más que suficientes para ser más reconocidas. Hablamos de hitos, de referentes, de pioneros, de hombres y mujeres cuyos nombres, en muchas ocasiones, nos son ajenos o, en el mejor de los casos, los conocemos parcialmente, despojados de sus dimensiones más universales.
Nombres que pasan desapercibidos para las decenas de miles de aragoneses que cada nuevo curso emprenden su itinerario educativo, completándolo sin apenas nociones al respecto. Un currículo aragonés que no merece ese apelativo, con escasez de contenidos de este tipo, sin asignaturas específicas y, aún menos, dignamente atendidas, dependiendo de la buena voluntad que, dentro del estrechísimo margen disponible, puedan ejercitar los docentes… ¿Cómo nos vamos a querer? Es para hacérnoslo mirar.


