“Hay tantas historias como mujeres las cuentan y hay tanta verdad en sus historias como pesar en sus relatos y en las palabras que no se pronuncian por miedo al qué dirán, una de las constantes que desgraciadamente ha acompañado a las mujeres en este acomplejado mundo donde ellas no pueden ser ellos y desde luego no pueden hacer ni decir ni actuar como ellos lo han hecho a lo largo de siglos, despojándolas a ellas de un relato que ha sido silenciado, porque el relato universal era el que ellos extendían y extienden y al que como sociedad es más fácil aferrarse por el simple hecho de que es el único que conocemos, reconocemos y atendemos”.

 

Doblaron la curva del camino y eran muchas mujeres. Venían cantando por la carretera y el sonido de sus voces era feliz porque simplemente no había de qué preocuparse, estaban todas juntas y en ese instante no había nada que pudiera nublar su canto sobre la pradera al otro lado de los muros de la vieja ciudad. Una vez atravesaron la muralla cada una de ellas siguió un camino y cada una de ellas quiso que el canto conjunto la acompañara durante el resto del trayecto, que en algunos casos era el de toda una vida que, quizá, solo en ese instante de canto iban a compartir.

Hay tantas historias como mujeres las cuentan y hay tanta verdad en sus historias como pesar en sus relatos y en las palabras que no se pronuncian por miedo al qué dirán, una de las constantes que desgraciadamente ha acompañado a las mujeres en este acomplejado mundo donde ellas no pueden ser ellos y desde luego no pueden hacer ni decir ni actuar como ellos lo han hecho a lo largo de siglos, despojándolas a ellas de un relato que ha sido silenciado, porque el relato universal era el que ellos extendían y extienden y al que como sociedad es más fácil aferrarse por el simple hecho de que es el único que conocemos, reconocemos y atendemos. A todo el mundo le hastía el horror al que ha vivido sometida Dominique Pelicot y de todo el caso, sórdido y terrible, hay un testimonio del marido que da validez a ese relato al que como sociedad hemos sucumbido dejando a las mujeres solas e indefensas. “No tenía ni idea de que les hacía tanto daño”, dijo el hombre que violó a su mujer después de drogarla e invitó a decenas de hombres a su domicilio para que violasen a su esposa mientras estaba drogada. Que ese hombre se atreva a decir eso y lo haga como forma de pedir perdón a su mujer e hijos durante el juicio nos da una idea de la sociedad que hemos creado al hacer invisible el relato de las mujeres y al entender que el privilegio de ser hombre conlleva entre otros de sus muchos privilegios el poder tratar a la mujer como a un ser inferior, poder abusar de ella, poder drogarla y violarla, poder asesinarla por el hecho de no corresponder a su amor de hombre invencible, arrebatándole todo derecho de defensa, de autoestima y de crecimiento.

Doblaron la curva del camino y eran muchas mujeres, tantas que el sonido de sus voces conjuntas nadie ya lo puede acallar. Ojalá.

Publicado en El Periódico de Aragón el 26 de noviembre de2024.