“Hay una locomotora mediática, hoy acelerada por las redes sociales, que arrolla a la opinión pública, impidiendo ver al personal más allá de su burbuja ideológica. En la mayoría crea la desazón y un desapego político, ya casi nadie cree en la democracia como sistema pues ésta no le arregla sus pequeñas miserias cotidianas, con ninguna opción política”.
“Y, desde luego, hagamos cuentas, volver a tener un gobierno progresista está en las manos de quienes deben hacer por una unión que hoy se ve más lejana que nunca”.

 

Nos castigamos diciendo lo mal que lo hemos hecho. En nuestra lógica si los obreros y la gente del pueblo vota contra sus intereses y contra el bien común es porque alguna culpa tendremos las fuerzas progresistas.

Quizás, lo que pasa, es que los de enfrente lo están haciendo muy bien. Quizás es que, a la vez que crean sensación falsa de inseguridad, consiguen votos, vender alarmas y cerraduras inteligentes.

Mientras nuestras ministras hablan de buenos y saludables hábitos, los llamados “populistas” lo hacen de la libertad para tomar cañas. Nada nuevo, acordémonos del “viva el vino” y del “a mi me van a decir cuántas copas puedo tomar “ y no, no lo decía cualquier cuñado en la barra del bar, hablamos de opiniones de presidentes del Gobierno y de comunidad autónoma, en actos oficiales.

Porque el “populismo” es eso, decirle a la gente lo que quiere oír.

Ya nadie se fía de que ningún político le ayude a llegar a final de mes. Ver cifras, por positivas que puedan ser, no te dice nada, es solo macroeconomía.

Hay una locomotora mediática, hoy acelerada por las redes sociales, que arrolla a la opinión pública, impidiendo ver al personal más allá de su burbuja ideológica. En la mayoría crea la desazón y un desapego político, ya casi nadie cree en la democracia como sistema pues ésta no le arregla sus pequeñas miserias cotidianas, con ninguna opción política.

Podríamos pensar que, si los políticos de derechas se cargan el sistema se estarían pegando un tiro en el pie con el fomento de esta actitud, pero eso no les importa; en cualquier régimen la derecha, el dinero, es el que de verdad manda, así que ¿para qué molestarse en ocupar instituciones que de no existir les dejarían aún más el campo libre? Pero es que, además y por “derecho natural” lo tienen. Toda una ola de populismo invade el mundo occidental.

Los millonarios se hacen pasar por tus mejores amigos y te convencen de que, si no vives bien, no es porque ellos te exploten con salarios de miseria, es porque los inmigrantes se quedan con las ayudas que te corresponderían a ti y a tu familia.
Son especialistas en eso.

Los judíos tenían la culpa de todo en los años 30 (como ha cambiado el panorama desde entonces…).

Los comunistas, durante la Guerra fría.

Los inmigrantes en los 2000. Pero ¿quién ayuda a esa gente que viene de fuera a islamizarnos? Pues los rojos, los malos patriotas, las feministas desbocadas, los ecologistas pesados y mentirosos, los gays con sus pintas estrafalarias que campan por sus respetos y ofenden a los bienpensantes. ¿Qué alternativa hay? Volver a las buenas y viejas costumbres, parar los pies a los “woke” locales; dejar en paz a los taurinos, a los cazadores y ensalzar a las gentes de buena cuna, a los auténticos patriotas, a los que sienten los colores, a los acríticos, a los que no quieren pensar demasiado y no les gustan las “cosas raras”, a los tradicionalistas, a los que lloran ante la bandera, los desfiles y las costumbres patrias, a las gentes en definitiva de “buen vivir”.

Lo tenemos mal para luchar contra esa ola, que siempre ha estado ahí aunque más oculta, es más difícil que nunca, porque los jóvenes, que luchan por una alternativa, siempre por algo distinto, algo que está en su naturaleza, hoy reivindican la incorrección política, eso que los anglosajones, con esa capacidad sintética que tienen, han dado en llamar lo “woke”.

Es cierto, estamos en un 50/50, lo vemos en casi todas las elecciones, pero lo preocupante es que antes eran opciones residuales y hoy están marcando la agenda a una derecha que abandona el liberalismo para no perder votos, y eso supone un peligro cierto para todos los avances que hemos conseguido en las últimas décadas y, sobre todo, pone en peligro la convivencia pacífica, y los derechos que tanto han tardado en llegar para los antiguos perseguidos, por razones que ya parecían superadas, vuelven a peligrar. Una humanidad que asiste en directo a un genocidio y no se moviliza para que sus dirigentes fulminen a quienes lo están provocando es un fracaso y merece que le caigan encima todas las consecuencias de esta atrocidad moral.

Me temo que no estoy muy optimista pero creo que una sociedad tan egoísta, que se aleja así del bien común, ante sus propios vecinos y que nada le importa lo que pase, ya no más allá de sus fronteras, sino más allá del felpudo de su rellano, es una sociedad, insisto, fallida.

Veremos si aún podemos repararla.

Y, desde luego, hagamos cuentas, volver a tener un gobierno progresista está en las manos de quienes deben hacer por una unión que hoy se ve más lejana que nunca.

Al tiempo.