“Crecer sigue siendo el propósito político en la actualidad, aunque en esta ocasión será en calidad urbanística, no en extensión. Y no cabe ninguna duda de que el Real Zaragoza crecerá también. Demasiado tarde, pero lo hará. No solo en aforo, sino en expectativas y capacidad económica. El problema es que la Nueva Romareda ya podía estar en marcha desde hace más de diez años si los celos políticos no hubieran arruinado un proyecto similar propuesto por la CHA. Y lo que no olvido es que la construcción del nuevo campo se decidió para que Zaragoza fuera una de las sedes del Mundial de fútbol de 2030, no para darle un empujón al zaragocismo”.

Mi padre disfrutó durante décadas en La Romareda, vio jugar a los más grandes de la historia del club y presenció partidos memorables. Sin embargo, cuando me hablaba del Real Zaragoza sus recuerdos más felices procedían del pequeño y vetusto campo de Torrero. Allí transcurrió buena parte de su juventud, una etapa en la que las sensaciones se magnifican y las experiencias se sobredimensionan. Sí, Lapetra, Marcelino, Reija, Seminario o Violeta fueron muy buenos, pero él se entusiasmaba mucho más al hablarme de Juanito Ruiz, Alustiza, Belló o Chaves; al repetirme anécdotas que ya me había contado; al asegurar que a Rosendo Hernández, su ídolo, nadie lo superó en clase; o al afirmar que el 4-0 copero al Athletic de Bilbao, en 1952, había sido la explosión de júbilo más rotunda que él jamás vivió con el fútbol.
Por muy desfasado y deteriorado que estuviera, Torrero representaba para él un escenario básico e imborrable de su juventud; para mí lo fue La Romareda, claro, como para los miles de aficionados de mi generación que dejamos allí la infancia y la juventud.
Mi recuerdo más lejano del campo municipal es la estampa de un esforzado Ocampos, corriendo hacia una portería para intentar llegar a un balón y marcar gol. En su primera temporada como zaragocista, el paraguayo parecía ya un futbolista al borde de la retirada. Pero nos encantaba su derroche físico y su carácter. Por razones largas de explicar, entonces yo veía el fútbol desde el palco y desde allí disfruté incluso el comienzo de los Zaraguayos. Muy cerca se sentaba un señor mayor, con boina, barriga generosa y una faria en la boca que le duraba todo el partido. Cuando quería protestar contra el árbitro o contra el equipo, no podía, solo emitía gruñidos, porque rara vez se sacaba el puro de la boca.
Suena incongruente, pero cuando me hice algo mayor pasé a Infantiles. Mi amigo José Antonio y yo durábamos allí muy poco, porque hacíamos lo que muchos: saltar una valla y pasar al Fondo Sur, con la esperanza de encontrar el abrazo de Nino Arrúa si marcaba un gol. En ocasiones, saltábamos algunas vallas más y recorríamos la tribuna Este en busca de huecos y lejos de los empleados, que así con gorra nos parecían guardias de asalto. Desde el lateral de esa tribuna, pegado al Fondo Norte, vimos el partido de despedida de Violeta y buena parte de la temporada 1977-78. En esa campaña, el bullicio de la mejor época desapareció. La Romareda me había parecido hasta entonces un hervidero, pero las gradas estaban casi siempre desangeladas. Excepto para el partido del ascenso. Aunque de ese 23 de abril ahora solo distingo banderas de Aragón si trato de rememorarlo. Nuestro ídolo ya no era Arrúa, sino Pichi Alonso.
Por fin crecí y dejé de ser un nómada en La Romareda. Descubrí que se podía ver el fútbol al lado de rostros frecuentes, que se iban a convertir en familiares. Estaban los que gritaban e insultaban a Víctor Muñoz, hasta que el jugador zaragozano se debió hartar y se marchó al Barcelona con tal de no escucharlos. Luego vivimos con pasión la época de Leo Beenhakker, que era la de Señor, Barbas o Valdano; y con fervor la de Luis Costa, con una Copa, con Pardeza, Rubén Sosa y Cedrún.
Y de repente, todo se acabó, me convertí en periodista deportivo. Es algo que no cuentan en las facultades: solo los elegidos en las redacciones van al fútbol. Yo tardé un tiempo en convertirme en uno de ellos, pero La Romareda ya no fue igual para mí. Había que estar en la tribuna de prensa, reflexivo y circunspecto, como si fueras miembro de un jurado. Y veía el campo de manera más grave y analítica: «Está que se cae». En 1990, todos, incluidos los políticos, veíamos que La Romareda se había quedado muy vieja.
Crecer fue el propósito del Ayuntamiento en 1957 cuando se inauguró La Romareda: que la ciudad y el zaragocismo crecieran. En esa época, el urbanismo necesitaba un notable estímulo para expandirse por la zona suroeste. La segunda consecuencia fue levantar al Real Zaragoza, que solo un año antes, en 1956, acababa de subir a Primera. En sus veinticinco años de historia, solo había podido disfrutar de cinco en la máxima categoría. Luis Gómez Laguna, alcalde, y Cesáreo Alierta, presidente del club y futuro alcalde, tuvieron muy claro que la ciudad requería, también para crecer, un equipo más potente con un estadio que aumentara en un sesenta por ciento la capacidad del recinto de Torrero. El equipo de los Magníficos, que se comenzó a gestar unos dos años después, hacia 1959, fue consecuencia directa de la construcción del nuevo campo.
Crecer sigue siendo el propósito político en la actualidad, aunque en esta ocasión será en calidad urbanística, no en extensión. Y no cabe ninguna duda de que el Real Zaragoza crecerá también. Demasiado tarde, pero lo hará. No solo en aforo, sino en expectativas y capacidad económica. El problema es que la Nueva Romareda ya podía estar en marcha desde hace más de diez años si los celos políticos no hubieran arruinado un proyecto similar propuesto por la CHA. Y lo que no olvido es que la construcción del nuevo campo se decidió para que Zaragoza fuera una de las sedes del Mundial de fútbol de 2030, no para darle un empujón al zaragocismo.
La Romareda la sentías como propia. Pertenecía a la ciudad, al equipo y a los aficionados. La nueva Romareda no sabemos cómo la viviremos y en qué manos, ajenas o propias, quedará. Pero sin un Real Zaragoza fuerte, en Primera y con aspiraciones, ¿para qué sirve un escenario de ensueño si no hay sueños que disfrutar?
Publicado en El Periódico de Aragón el 25 de mayo de 2025


