“Una parte de la generación que en estos momentos domina los centros de poder económicos, culturales, empresariales, se siente menos, pide perdón, su subconsciente (en algunos hasta su consciente) no le permite plantear sus relaciones con otras comunidades autónomas en términos objetivos. Tienen un miedo ancestral a parecer egoístas, insolidarios, a destacar. El excesivo orgullo por lo propio les incomoda. Es precisa la modestia de la irrelevancia. La audacia es algo que solo existe para los demás. Y eso se nota, canta, se huele”.

Fachada del edificio Pignatelli en el día de Aragón
“No queremos más que nadie, pero tampoco menos” o su variante: “no somos más que los demás, pero tampoco menos”. Con estas afirmaciones, en principio tan bien intencionadas y cargadas de deseos de igualdad, suelen comenzar todas las intervenciones de nuestros políticos cuando hablan sobre cualquier asunto de carácter económico, fiscal o de financiación que tenga que ver con Aragón. Y la afirmación, por su buenismo, se va extendiendo por todo nuestro cuerpo social como chapapote. ¡Que majicos somos los aragoneses!
Suena bien. Queda bien. A nadie le gusta oír, de forma cruda, que cree merecer más que los demás, o parecer que le importa una higa el resto o que se apañen. Y menos a las aragonesas y aragonesas.
Pero, ¿es pertinente plantear en estos términos las negociaciones de carácter económico con el Estado y el resto de comunidades autónomas?, ¿el relato aragonés debe ser el de la igualdad? Desde luego creo que no.
Nuestra situación de partida no es igual. Nuestras necesidades no son iguales. Ni mejores, ni peores, diferentes. Nosotros necesitamos más que una buena parte de las comunidades autónomas. No tenemos los mismos problemas de despoblación; tenemos un territorio sustancialmente mayor que muchas, o al menos, que las más ricas; nuestra población está más envejecida; custodiamos un territorio con valores ambientales, paisajísticos, que hay que cuidar y mantener, y, como colofón, arrastramos décadas de deuda histórica. Por tanto, ¿igualdad? De derechos, sí, pero en materia económica y de financiación la idea central no se debe plantear en términos de igualdad.
¿El error de planteamiento de dónde vienes entonces? ¿Por qué necesitamos no parecer insolidarios, arrogantes, supuestamente poco dispuestos a la “igualdad”? Si nos paramos unos minutos a escuchar a la generación de 50 años en adelante, descubriremos rápidamente que muchos de ellos sufren un complejo de inferioridad, con respecto al resto de España, patológico. Aragón para ellos necesita disculparse: no tenemos una economía potente, o un tejido empresarial a la altura de los demás, nuestra cultura no es comparable, nuestra investigación o es poca o es inexistente, nuestros equipos deportivos… ni hablemos de eso. Cuando destacamos, para este sector de la población, o es por casualidad o es porque otros han abandonado el terreno de juego.
Una parte de la generación que en estos momentos domina los centros de poder económicos, culturales, empresariales, se siente menos, pide perdón, su subconsciente (en algunos hasta su consciente) no le permite plantear sus relaciones con otras comunidades autónomas en términos objetivos. Tienen un miedo ancestral a parecer egoístas, insolidarios, a destacar. El excesivo orgullo por lo propio les incomoda. Es precisa la modestia de la irrelevancia. La audacia es algo que solo existe para los demás. Y eso se nota, canta, se huele.
Afortunadamente vienen otras generaciones que de “acomplejaos” tienen lo justo. Que miran al mundo desde una posición de respeto, conocimiento y seguridad, que ya han tenido las experiencias vitales suficientes como para tener claro que disculpas por existir ni una, y que las relaciones de Aragón con el resto no se tratan de una cuestión de igualdad sino de justicia.


