“La arquitectura popular es uno de los recursos patrimoniales que conforman el paisaje, paisaje que no es sino un reflejo de la cultura territorial que a lo largo de siglos lo ha modelado, ¿no son merecedores un digno trato?”.
Ley 3/1999, de 10 de marzo, de Patrimonio Cultural Aragonés. Artículo 72. Constituyen el patrimonio etnográfico de Aragón:
- a) Los lugares, los inmuebles y las instalaciones utilizados consuetudinariamente en Aragón, cuyas características arquitectónicas sean representativas de las formas tradicionales. b) Los bienes muebles que constituyen una manifestación de las tradiciones culturales aragonesas o de actividades socioeconómicas tradicionales. c) Las actividades y conocimientos que constituyan formas relevantes y expresión de la cultura y modos de vida tradicionales y propios del pueblo aragonés.
El detonante de la elaboración este texto han sido las imágenes que circulan sobre la actual situación de deterioro y ruina de Casa A Ruba de Fanlo, ejemplo magnífico de arquitectura civil del Sobrarbe declarada Bien de Interés Cultural.
La arquitectura tradicional constituye una de las representaciones de la relación de una sociedad, cultura o comunidad sobre el medio natural que la sostiene, es decir, sobre un territorio al que confiere una particular identidad cultural y social.
Y así, el patrimonio vernáculo construido es testimonio de la cultura popular, donde los materiales y sistemas constructivos son el resultado de la adaptación al medio, del uso de los recursos existentes en el entorno y de los conocimientos adquiridos que han evolucionado con el tiempo, originando unas técnicas constructivas que se han transmitido entre generaciones. En definitiva, una arquitectura anónima.
A partir de mediados del siglo XIX surgen en Europa corrientes culturales que, preocupadas por los efectos de la industrialización, alumbran un deseo por acercarse al mundo rural. Este complejo movimiento artístico y literario ha tenido diferentes denominaciones, costumbrismo, realismo lírico o realismo mágico. Ahí es donde cabe circunscribir el fenómeno del romanticismo y de los viajeros que dejaron constancia de una España que desaparecía, o de las “Arts and Crafts” en Gran Bretaña que abogaron por la reactivación de la artesanía. De estas tendencias son hijas las escuelas de Artes y Oficios que tanta importancia han tenido desde inicios del siglo XX.
Como he indicado, la pérdida de lo popular, de lo tradicional, de los conocimientos no escritos, constituyó un tema recurrente en los escritores y artistas del romanticismo y del costumbrismo. Y más de cien años después, asistimos a la firma del certificado de defunción de la mayoría de los elementos de esta cultura, tanto de los materiales como de los inmateriales, desde la literatura oral pasando por los oficios a la arquitectura, simplemente porque los modos de vida y la sociedad que los sustentaba han cambiado de manera absoluta. No es añoranza, pero unas manifestaciones culturales y sociales que han conformado la historia e identidad de nuestro país, bien merecen, cuando menos, ser estudiadas, protegidas y difundidas.
Los riesgos a los que se ven expuestas estas construcciones son varios y diversos, estando relacionados entre sí. La globalización de la sociedad actual genera una producción estandarizada alejada de la especificidad y diversidad local propia de la arquitectura tradicional. La uniformidad de los materiales, técnicas y modos de producción industrializados dificulta, encarece o, simplemente, imposibilita la obtención de los materiales y de las técnicas tradicionalmente empleados.
A su vez, la progresiva desaparición de las formas de vida y prácticas tradicionales produce una pérdida de funciones y de conocimientos relativos a los oficios tradicionales relacionados con las construcciones. Además, la falta de valoración y sensibilización produce una devaluación de lo rural y una carencia de valor patrimonial de la arquitectura tradicional, que explican los expolios, las acciones vandálicas y la especulación urbanística a los que se ve sometida.
Junto con estos riesgos, la arquitectura tradicional se enfrenta también a una carencia de estudios, medidas, normativa, difusión y unos criterios de intervención inadecuados.
En Aragón, la Ley 3/1999, de 10 de marzo, de Patrimonio Cultural Aragonés, incluye a la arquitectura popular como bien etnográfico, y así regula en su artículo 72.a) Los lugares, los inmuebles y las instalaciones utilizados consuetudinariamente en Aragón, cuyas características arquitectónicas sean representativas de las formas tradicionales. No hay otra mención en toda la ley, salvo dentro de los Bienes de Interés Cultural, cuyo artículo 12.f) define los lugares de interés etnográfico como “aquel paraje natural antropizado; conjunto de construcciones vinculadas a formas de vida, cultura y actividades tradicionales del pueblo aragonés, aunque no posean particulares valores estéticos ni históricos propios”. ¡Qué pobre y vaga definición!
A modo de ilustración, Asturias protege “ferrerías antiguas, molinos, mazos y batanes; ermitas, capillas, cruceros, cruces y señales; refugios de ganado y pastores; lagares antiguos de sidra y vino; lavaderos y fuentes de factura tradicional, o espacios de juegos tradicionales”. Canarias incluye “los espacios o elementos vinculados a tradiciones populares, creencias, ritos y leyendas; las construcciones y conjuntos que manifiesten las técnicas constructivas, formas y tipos tradicionales resultado del hábitat popular, como poblados de casas o cuevas y haciendas; los bienes ligados a las actividades productivas preindustriales tradicionales y populares, a las actividades primarias, extractivas, hidráulicas, a la recolección y a las actividades artesanales tradicionales, así como a los conocimientos técnicos, saberes, herramientas, prácticas profesionales y tradiciones ligadas a los oficios artesanales, especialmente, la loza (alfarería) tradicional y la seda”.
Asistimos a la pérdida de tantos, demasiados bienes que la sabiduría popular supo magistralmente construir con los materiales que el entorno proporcionaba; de un lado encontramos muros, casetas, parideras, mases, pajares, bordas, casas… ya caídos, de otro, los supervivientes a los que se arrancan tejas, piedras, vanos y dinteles provocando su ruina, de manera que su desaparición continúa de modo inexorable.
Lamentablemente se han perdido los oficios y las técnicas para construirlas y repararlas, cañizos, muros de tapial, adobe o piedra seca, morteros de cal y arena, los hornos de cal, la sabiduría para seleccionar las piedras, las maderas, la fabricación de yesos, adobas, tejas, ladrillos… pero también el olvido de los lugares donde encontrar estos materiales. Muy pocas personas conservan estos saberes.
La arquitectura popular es uno de los recursos patrimoniales que conforman el paisaje, paisaje que no es sino un reflejo de la cultura territorial que a lo largo de siglos lo ha modelado, ¿no son merecedores un digno trato?


