“Había que hablar de él, de José Antonio Labordeta, del padre, del marido, del abuelo, del yerno, del amigo, del hombre que construyó una forma casi extraña y absorbente de amar y ser amado. Y no era fácil. O al menos volvía a ser doloroso, pero la vida te hace siempre encontrarte con la fragilidad de la belleza y las personas que solo buscan una dulce complicidad en mañanas de riesgo.”

 

Los días no son calcados. Cada uno tiene su discurso, sus luces y sombras y cada uno guarda sus recuerdos, así como las palabras que son como hojas batidas por los árboles.

Ayer fue un día, un 10 de marzo de 2025, que cabalgaba entre las entrañas de las cosas que son y serán bonitas. El día empezó con un golpe de despertador a las siete y cuarto de la mañana y no era el mejor momento para abrir lo ojos, porque los recuerdos eran montones de ceniza sobre los ojos que no querían abrirse, pero era preciso abrirlos para anunciar al pensamiento que el presente vive y no solo el presente, sino la realidad de las personas que siguen marcando una especie de arroyo lleno de vida. Había que hablar de él, de José Antonio Labordeta, del padre, del marido, del abuelo, del yerno, del amigo, del hombre que construyó una forma casi extraña y absorbente de amar y ser amado. Y no era fácil. O al menos volvía a ser doloroso, pero la vida te hace siempre encontrarte con la fragilidad de la belleza y las personas que solo buscan una dulce complicidad en mañanas de riesgo.

El sol a veces no quiere esconderse y la ciudad, Zaragoza, era ayer y es hoy un lugar que pasa por las fachadas y no mira al Ebro ni a las calles conocidas y entre un ir y venir te descubre que hay colores que son de naturaleza diversa y no dudan en cantar mirando a un mundo que, perplejo, nos ve crecer y añora esas miradas que hoy son de curiosidad y mañana serán, quizá, de pena, alegría, frustración, deseo.

Había que correr, el reloj así lo exigía, había que llegar a todos los labios que querían volver sobre tu recuerdo y a ratos era difícil saber qué hacer con las sensaciones y menos con las lágrimas que ingratas desvelaban que nada está del todo curado. Hasta que de repente hubo un himno, un canto para decirte que noventa años no son nada y que “que, si estás de viaje, querido Labordeta, apéate en el cole que lleva tu nombre”. El sol era ciego y los ojos dos cápsulas en el espacio brotando con una sonrisa humedecida y cargada de besos que dijeron de ti: “Sabiduría, poeta, cantautor, político, orgullo de Aragón”.

Si hubiéramos pensado mejor forma de desearte felicidades, nada hubiera sido tan sencillo ni tan hermoso. Gracias al Colegio Público José Antonio Labordeta por recordarnos que el olvido es un ovillo lleno de tantos matices que a veces se suspende sobre la risa de un niño que pregunta: ¿Y a Labordeta qué le divertía”?  Vivir es la respuesta.

Publicado en El Periódico de Aragón el 11 de marzo de 2025

 

 

DIPUTADO Y BEDUINO

Ángela Labordeta

 

“Casi antes de que acabase aquel primer día, Labordeta ya supo que escribiría las memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados, porque desde el principio dijo que se sentía como un beduino, extraño y errante, ya que fuera habían quedado sus amigos de la tele, de la canción, de la literatura, del cine y del teatro y de las esperanzas de remover el cielo y la tierra”.

 

Madrid está lluviosa. Madrid con lluvia no es más fea que Madrid sin lluvia, es simplemente más nostálgica y menos callejera, pero igual de hermosa y bajo su cielo se dibuja la estructura de una ciudad que es el paradigma de la confusión a veces, la estrella de la belleza y el exceso otras y un lugar donde los recuerdos se alternan entre teatros, bares y un Congreso de los Diputados al que José Antonio Labordeta llegó hace 25 años en un 5 de abril, en el que el diputado de CHA iba a entrar por primera vez en el congreso y lo hizo por la puerta de los leones hasta que alguien le dijo: “Labordeta, que no es por ahí, que esa puerta solo se abre en los días grandes”. Él pensaba que el comienzo de una legislatura era un día grande, pero ante la voz de ese amigo desconocido comprendió que no y siguió los pasos de este colega hasta una puerta lateral que le abrió los ojos, el corazón y los sentidos hacia un mundo para él totalmente desconocido y muy lejos de la política que él había conocido y que se hacía en las calles, en las revistas, en los conciertos, con la poesía, en las manis y en todos aquellos actos de compromiso y lucha por lograr una sociedad más justa y solidaria.

Casi antes de que acabase aquel primer día, Labordeta ya supo que escribiría las memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados, porque desde el principio dijo que se sentía como un beduino, extraño y errante, ya que fuera habían quedado sus amigos de la tele, de la canción, de la literatura, del cine y del teatro y de las esperanzas de remover el cielo y la tierra. Y sí, eso es verdad, pero no lo es menos que el diputado Labordeta sufrió y gozó, ganó nuevos amigos y por primera vez algún enemigo y elevó su voz como nunca antes había podido hacerlo en favor de los desfavorecidos, de las causas perdidas, de los aragoneses y hasta leyó un poema para decir no a la guerra de Iraq: “Mataos, decía aquel poema, pero dejad en paz a ese niño que duerme en una cuna (…) Los parieron sus madres para vivir con todos y entre todos aspirar a vivir, tan solo esto, y de ellos ha de crecer una raza de hombres con puñales de amor inverosímil, hacia otras aventuras más hermosas”.

Hoy, 25 años después, el mundo está raro, enfermo, codicioso de dolor y ajeno a la solidaridad. A veces me preguntan qué pensarías acerca de todo lo que está pasando y no digo nada, pero pienso que llorarías y escribirías más poesía que nunca y rasgarías más guitarras y de tus labios ancianos se descolgaría una pregunta: ¿cómo hemos llegado a esto sabiendo todo lo que sabemos?

 

Publicado en El Periódico de Aragón el 5 de abril de 2025