Ilustraciones de la exposición Monlora de José Luis Cano
“Este artículo quiere dejar muchos mensajes que han de convertirse en retos. Recoge los desánimos sociales por los muchos bosques quemados en España, pero quiere convertirlos en esperanzas, aunque costará. Pero no les demos prisa a montes bajos y bosques, todo va cambiando a su ritmo; la biodiversidad reaparecerá”.
No me importa decir cuando empezó todo, o se aceleró. Cómo fue el impulso vital de mi interés por los bosques. Solo conocía los de mi pueblo, alejados del núcleo urbano y refugiados en la Sierra de Alcubierre. Identificados algunos por las imponentes sabinas; otros por los relictos arces de Montpellier que ocupan, mezclados con los quejigos, la cara norte de algunos pequeños enclaves de la sierra monegrina. Y aquellos bojales relictos. Todos ellos testigos de las variaciones climáticas. Por aquel entonces recuerdo que coincidía con el inicio de mi trayectoria docente, siempre ávida de saber. Rebuscando en una librería, me lanzó destellos una edición barata de El bosque animado de Wenceslao Fernández Flórez. Y lo compré por unas pocas pesetas. Era el año 1979, por entonces los pinos y arbustos asociados ya avanzaban desde la sierra hacia mi pueblo. La llegada del butano desterró la necesidad de la madera para cocinar, las vigas de hormigón suplieron a las sabinas en la viguería, las primeras calefacciones emplearon el gasoil, los rebaños de ovejas y cabras empezaron a escasear. Debo reconocer que me sorprendió observar cómo el manto boscoso, humilde y limitado en especies, recuperaba el espacio que alguna vez sería suyo. Eso sí, ante la indiferencia de bastante gente que tanto le debía. El amor hacía el bosque se conjugaba en indefinido.

Bucear en el pasado para intentar comprender el presente.
Querría hablar de los incendios –cuánto se ha quemado y cómo han surgido– que han maltratado este año los montes del oeste de la península Ibérica, en Portugal y en España. Pero, no sé la razón, los detonantes incendiarios y sus consecuencias me han empujado a buscar en la protohistoria del monte, en asegurarme si en la cultura universal había rastros de amor o desamor hacia ellos: montes bajos –extraordinariamente ricos en biodiversidad y fijación y enriquecimiento de los suelos– y tupidos bosques. Es de imaginar que hace unos siglos las superficies forestales eran una fuente de recursos de primer orden. El maderamen que sostiene el tejado de mi casa alterna sabinas del monte con pinos con un agujero en un extremo, evidencia de que fueron traídos en navatas (almadías), por los ríos pirenaicos hasta Zaragoza y más allá.
En aquellos tiempos que parecen tan remotos, año 60 y 70 del siglo pasado, se iba al monte a cazar “alimañas”, cuyo sacrificio era compensado económicamente. Muy persistente debía ser esa tradición pues en mi juventud conocía al gran cazador de zorros de mi pueblo. No recuerdo dónde leí que el bosque representaba el peligro de lo desconocido, lo subrayé en rojo, de eso sí tengo constancia porque en mi pueblo no pasaba. Supongo que ese temor se sostenía en que seres malignos lo habitaban; quizás simplemente se debía a que el sotobosque de un denso bosque primitivo plantea problemas para salir de él. O la historia se inventó para que la infancia no fuese exploradora. ¡Vete a saber! Lo digo porque de pequeños nos contaban el relato de Pulgarcito, de Charles Perrault (1628-1703). Ese pequeño niño, el menor de siete hermanos, que con ellos fue abandonado en un bosque. Su astucia le permitió salir al claro y huir de esos ogros malignos que, dicen, habitaban los bosques en aquellos años.
Por entonces, también se leía La bella durmiente del bosque de Perrault. En esta ocasión, el lugar tenebroso sirve para esconder en una cabaña a la princesa del lugar. A la cual el hada Maléfica había sentenciado a morir después de pincharse con una rueca. Al final, se dice que un príncipe la salva de maleficio. Pero parece que el relato es una adaptación de una composición anterior de Giambattista Basile en el siglo XVII titulada Sol, Luna y Talía. En esta, mucho más abrupta, la princesa también se pincha, con una astilla en lugar de la rueca. Lo que viene después, que no voy a detallar por su contenido sexual y asesino, incluso canibalesco, es que al final la princesa y el noble violador se casan y viven contentos con sus hijos. Y colorín colorado.
Un cuento romántico con final feliz, que también fue retocado por los hermanos Grimm. Me pregunto si el miedo a los bosques de los siglos posteriores no fue incentivado por el cuento de Hansel y Gretel de los hermanos Grimm (s. XVIII), que dominaron mucho tiempo en la educación de los niños. Debo confesar que sus historias inventadas no me atraen especialmente, con esos padres que abandonan a sus hijos en un bosque impenetrable, dicen que para salvarlos de no sé qué o por penurias económicas. ¿Tendría más ánima caritativa aquel bosque que los padres citados? Por cierto, la sabiduría de los dos hermanos les permitió salir de los bosques y completar un final feliz, como en Pulgarcito. Pero todos tuvieron tanto gancho que Walt Disney se los apropió y los llevo a lo que llamábamos dibujos animados.
Sé que el bosque peligroso lo es para muchas leyendas escandinavas, y allí los tienen en cualquier horizonte. Procuraban leña y alimentos, no habían perdido la esencia casi universal de despensa natural. Junto a habitantes imaginados como trasgos, el bosque escandinavo facilitó la épica conquistadora de los vikingos. Hasta existía la giganta Skadi, o una diosa Lythalia, de la que he podido saber que tenía forma más bien humanoide femenina, con su piel cubierta por plantas desconocidas y fétidas fungosidades que se reproducen en su epidermis de células muertas. Mejor me quedo con las huldras, las criaturas celestiales del bosque. Para cambiar de foco leo El libro secreto de los gnomos (1976) de los neerlandeses Will Huygen y Rien Poortvliet. Una parte de 21 tomos fue convertida en una serie de dibujos animados fue muy seguida por la chiquillería mundial. En España se produjeron y estrenaron (1985-1987) dos series de dibujos que también gustaron mucho. Además sus mensajes serían muy necesarios hoy. David el Gnomo corría mil aventuras, siempre solucionadas desde la ecología, la amistad y la justicia.
En cierto modo nos sacudíamos el pesado lastre del bosque peligroso. Tanto es así que los naturalistas de entonces, entre los cuales ya me contaba, pensábamos que con estas series y los programas de Félix Rodríguez de la Fuente lograríamos el unánime amor por los bosques y la naturaleza; no ha sido así. A pesar de que el francés Jean Giono nos había entusiasmado con su obra El hombre que plantaba árboles. Editado en España por Altea, una de las editoriales que llegaban a muchas bibliotecas escolares. Se hizo un cortometraje de animación (1987) donde se mostraba a trazos al pastor que logró convertir una tierra desolada en las estribaciones de los Alpes en una especie de jardín del Edén; a mis alumnos de secundaria les gustó.

También con ellos nos adentramos en la Amazonía. Alguien nos contó que el secreto de aquellos bosques se encuentra en lo que llaman polvo de hadas. Son algo así como olores que salen de los árboles. En la atmósfera húmeda se oxidan para precipitar un polvo finísimo que es muy eficiente para formar lluvia. Pero falta encontrar la humedad. Por el movimiento de rotación de la Tierra, los vientos alisios procedentes del entorno oceánico ecuatorial, norte y sur, transportan el aire húmedo de este a oeste; entran en el corazón de América del sur, el chorro vertical se pone en marcha. Los aires/flujos acuáticos voladores chocan contra los altos Andes. Así nacen los ríos amazónicos, las almas de la biodiversidad que el Presidente de Brasil señor Bolsonaro no valoró nada. Al margen de este señor, que autorizó muchas talas, la Amazonía sostiene un bosque muy animado, tanto extensión como en cantidad de especies y ejemplares de cada una de ellas; y de leyendas de los indígenas indios. Pero con la contaminación acechando; por ejemplo en Belém la última sede de la cumbre del clima.
La diferente caracterización del bosque como ámbito
Aunque volvamos un poco hacia atrás en el tiempo, hemos de rescatar otras joyas de la literatura de los bosques. No podemos dejar de leer las crónicas de Alexander von Humboldt sobre sus viajes por América para entender el papel de los bosques. Para ser conscientes de que anticipaba el cambio climático en el año 1800, al observar el ascenso de ciertos estratos vegetales en el volcán Chimborazo, la que por entonces se creía la montaña más alta de América.

Sabemos que los montes y bosques ejemplifican el milagro de la vida. Las plantas que los componen convierten la materia inorgánica en materia orgánica sirviéndose del carbono presente en el aire, de la clorofila y del agua y sales minerales (N, K,…) que le llegan desde el suelo por los vasos liberianos. Cuando restos de las plantas caen al suelo empiezan a actuar los descomponedores, que separan la materia inorgánica mineralizada que va a enriquecer (lo que llamamos humus) los suelos y desde ahí vuelven disueltas en el agua a las plantas para cerrar el ciclo. Desconozco si este mágico proceso que es la vida atrajo a los druidas celtas, a las hadas y las ánimas. En casi toda África existen bosques sagrados, qué decir de lo que representan en China y Japón; Babayaga, la hechicera de los cuentos rusos habita en el corazón del bosque.
Dejemos constancia de que los bosques no son solamente lugares. Significan lo mismo pesares que quereres. No se puede generalizar pues han convivido grandes afectos con notables desprecios. En alguna ocasión he transitado por los bosques a través de la literatura. Recojo solamente pequeñas reseñas de dos artículos propios publicados hace poco tiempo. Tratan sobre dos libros que marcaron época intelectual y poca gente conoce. En 1854, Henry D. Thoreau publicaba Walden. La vida en los bosques, en donde exaltaba el valor de la naturaleza y la necesidad de salvarla de la explotación. Quería demostrar que la vida en ella está sometida a la libertad impuesta por la convivencia del escenario, ajena a los avatares de la sociedad que cuando el autor vivió se industrializaba. Recordaba en su libro que la naturaleza marca sus reglas, sus castigos y recompensas para que cada cual trace su camino. Nos proponía adentrarnos en los bosques si queremos vivir deliberadamente.
En sus bosques de cerca de Boston, Thoreau unía conocimiento y poesía, ciencia e imaginación, lo particular y lo global; mezclaba lo objetivo con lo maravilloso, allí encontró armonía en la diversidad como le ocurrió a Humboldt en las selvas amazónicas. Además, el americano nos dejó en su vida frases memorables que traían pensamientos profundos, de plena actualidad para el debate social actual. Ahí va uno en forma de propuesta global:
“la vida ciudadana son millones de seres viviendo juntos en soledad, quizás porque no encuentran un planeta saludable donde instalar su casa”.
O cuando afirmaba que buscaba la totalidad del bosque, lleno de conexiones, correlaciones y detalles, apreciables en un conocimiento basado en la experiencia de los sentidos. Al estilo de lo que proponía el filósofo empirista John Locke (1632-1704) que defendía el conocimiento como parte de la experiencia, y viceversa. Lo cual lleva a formular que la experimentación en territorios próximos puede inducirnos a establecer argumentos generales. Una pregunta nos surge enseguida: ¿Cabe concluir que los incendios de 6ª generación de este horrible verano en la península Ibérica, en toda Europa, se puede extrapolar a los sufridos por Chile en febrero de 2024 o los continuados en cualquier época del año en California? Lo dejamos aquí porque la relación de los montes bajos y bosques quemados daría la vuelta al mundo.
Allá por 1873 se publicaba Wood’stown. Alphonse Daudet habla en este cuento fantástico de una ciudad hecha por los hombres en un espacio natural sorprendentemente bello a la orilla del río Rojo. Los hombres lo explanaron y construyeron su ciudad y su puerto con madera robada al bosque cercano, que tenía un poder regenerador inaudito que amenazaba su ciudad, que solo pudieron detener provocando incendios, como pasa hoy mismo. La ciudad de madera, Wood’stown, lucía un insolente esplendor. Un comienzo de verano, en represalia, el bosque-ciudad reverdeció y recuperó el espacio perdido, llevándose por delante todas las edificaciones. Ni rastro quedó de la ciudad, ni de techos, ni de muros. ¿Se trataba de un bosque desanimado que, harto de las tropelías humanas, se había animado a buscar su venganza?

Decir bosques es nombrar a Rachel Carson, famosa internacionalmente por su Primavera silenciosa, y autora de Los bosques perdidos (2020). En este libro denunciaba los padecimientos y la muerte de la biodiversidad en los bosques estadounidenses. Lo achacaba al uso indiscriminado de pesticidas. Hay que recordar que su obra emocionó una conciencia ecológica sin precedentes. Es más, se dice que contribuyó a la creación de la EPA (Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos), un ejemplo para todo el mundo. Amenazada de extinción por la política de destrucción del medioambiente que ha emprendido la administración del señor Trump. Pues bien, en Los bosques perdidos, una recopilación de textos inéditos, se muestra el pensamiento ecologista:
“Una vez que se logra despertar ciertas emociones -un sentimiento de la belleza, el entusiasmo por lo nuevo y por lo desconocido, un sentimiento de empatía, piedad, admiración o belleza-, entonces anhelamos conocer el objeto de esa respuesta emocional. Una vez hallado, su significado es duradero”.
Los artículos seleccionados hablan de “bosques inéditos” como lo que hay bajo el mar, la lucha por la vida salvaje, el camino de los halcones, las dificultades de escribir con sentido sobre la naturaleza, la fábula para el día de mañana, etc., o la contaminación sobre nuestro medioambiente, que en realidad es algo así como un inmenso bosque compuesto por miles de heterogéneos bosques. Muchos de los cuales han sufrido una antropización desmesurada.
Volviendo a la cultura global sobre los bosques, bastante ajena a lo que mostraba Carson, no falta gente que los ve como jardines espirituales, un lugar para el reencuentro con la naturaleza, en realidad con sus árboles y los colores en estos; diferentes según la estación que concretan sus hojas presentes o en el suelo. Pero cuidado con creer que nos muestran estas paletas para agradarnos; se limitan a completar su ciclo vital. Árboles y más plantas que conviven en competencia, con hojas caducas o perennes, altos o pequeños forman en bosque viviente, que también da cobijo a arbustos y hierbas, con multitud de especies animales y hongos. Dentro de no se sabe cuándo se quemarán mucho o poco, la naturaleza tiene sus ritmos. En medio de todo me llega una buena noticia, aunque nos quede lejos:
“el área de la selva amazónica perdida por incendios en Brasil este año cayó un 65 por ciento en comparación con el año pasado”.
Aunque las 143.000 hectáreas quemadas allí en agosto dan pavor aquí, supone una reducción drástica respecto al mismo mes del año pasado, cuando una sequía histórica provocó un número récord de incendios. Pero los motivos de alegría no duran mucho. La ciencia asegura que el humo de los incendios contiene una mezcla de contaminantes peligrosos, como partículas finas (PM2,5), monóxido de carbono, ozono troposférico y compuestos tóxicos derivados de la combustión de biomasa. Estas sustancias penetran fácilmente en los pulmones y el torrente sanguíneo, provocando enfermedades respiratorias y cardiovasculares, agravando el asma y aumentando el riesgo de cáncer.

Algo de fragas son los bosques calcinados este año sobre todo en el oeste peninsular. Podríamos decir que cada bosque es un ser complejo hecho de la interacción de muchos seres que responden a su manera a la climatología secular y a la puntual meteorología. Cuando entramos en un bosque con intención de ser parte de él, el alma boscosa envuelve la nuestra. Si tenemos paciencia nos muestra la esencia común a todas las vidas: la interdependencia física, mental y emocional. Pero tengamos siempre presente que los humanos no dejamos de ser en el bosque algo de lo que este puede prescindir.
A lo largo del tiempo los humanos se han empeñado en aprovecharse de los bosques, ahora se llama gestionarlos. Se habla del olvido generalizado del bien hacer de los bosques, que son un gran sumidero del dióxido de carbono del aire. Se critica, con razón, la incorrecta gestión de los incendios de este año, las autoridades políticas de cada comunidad autónoma son las responsables de muchos males. Sabemos que habrá incendios todos los años; quemarse es condición natural de un bosque. Así renueva la vida antigua; a partir de ahí hay progresión o regresión de especies. El suelo y las lluvias tienen mucho que decir. Más todavía en aquellos lugares en los que llueve mucho en primavera –muchas semillas esperaban ese momento para germinar y convertirse en plantas llamativas– y la biomasa de esos bosques creció como casi nunca. Pero este año unas olas de calor en junio y después les hizo evapotranspirar toda el agua que acumularon. Si caía un rayo, surgía una chispa o la mala intención incendiaria brotaba se producía la catástrofe. Reducida a cifras suponen 400 000 has quemadas, una buena parte de titularidad privada lo cual plantea sospechas de intención incendiaria para darles nuevos usos. Tardarán, si llegan, a ser lo que eran. Sufrió la biodiversidad (los compañeros ocultos de los árboles y el suelo); la no quemada es porque huyó, sin saber bien hacia dónde. El desamor por el bosque, por la naturaleza en general, lo canta como pocos Joan Manuel Serrat en su poema Pare (1983). Merece la pena escucharla con la mente abierta.
Catastrófico para la salud de las personas y animales ha sido el vendaval incendiario de este mes de agosto en la península Ibérica. Las cenizas y los humos llegaban a lugares situados a más de mil kilómetros. Tanto es así que según denuncia ISGlobal de Barcelona la mortalidad asociada a las partículas finas procedentes de incendios forestales, en particular las PM2,5 relacionadas, suponen un mayor riesgo de mortalidad que las de otras fuentes. Los montes bajos y bosques quemados, con su ánima interna muy desanimada, son la estampa de un territorio en negro que llora la gente de los pueblos afectados; el resto de los españoles y portugueses lo olvidaremos pronto.
No solo aquí se quema el monte bajo y los bosques, no solo ahora. Rindamos homenaje al desánimo del gran naturalista inglés Gerald Durrell (1925-1995), lo podríamos calificar del rescatador de animales. Pues bien, en uno de sus libros, nos recuerda tiempos pasados en la España de la primera mitad del siglo XX. En uno cuenta una animada misión en Madagascar, que se trocó en desánimo. Lamentaba la deforestación, impulsada por la pobreza, que avanzaba continuamente por la necesidad de tierras para cultivar, reduciendo cada vez más los hábitats de las especies propias de aquel territorio.
Acabamos esta relación de desánimos con aquella descripción de Mark Twain en Los inocentes, que serviría para definir antiguos incendios:
“Transcurrida media hora, se extendía ante nuestra vista un verdadero océano de fuego. El incendio subía a la cima de las montañas más próximas y veíamos trepar aceleradamente las llamas por sus laderas, desaparecer por la vertiente opuesta para reaparecer más lejos, por la falda de la montaña inmediata, que iluminaba con su siniestro resplandor para volver a desaparecer en rápido descenso”.
Porque en los incendios de este año, llamados de sexta generación nos pillaron desprevenidos, en especial a las autoridades que deberían prevenir. Queda el consuelo de que dimitieron una vez se apagaron los fuegos (sic). Desánimo generalizado en los afectados.

Pero también se pueden ver los bosques como complejos y animados. Cabe citar aquí los programas que componen “El Bosque encantado” que a lo largo de estos años ha programado la Televisión de Aragón. En cada uno de ellos, bosques escondidos y bastante desconocidos que tienen algo de la fraga de Cecebre, su conductor Mariano Navascués y el resto del equipo han conectado a diversas personas con una capacidad perceptiva y afectiva que deberíamos llamarlas las ánimas –en este caso corpóreas– de los bosques de Aragón. Muchos de ellos desconocidos, pero guardan la esencia del suelo, que es albergar montes y bosques, completar el ciclo de la vida con su conversión de materia orgánica en inorgánica y viceversa, pues el aprovechamiento agroganadero o forestal es siempre impuesto.
El bosque animado de Wenceslao
A él dediqué uno de mis Ecorrelatos inacabados que publicó el año pasado la editorial IV Centenario. Se trataba de homenajear no sólo al autor, sino a la fraga que, repitiendo en parte el prólogo de su libro, es
“un tapiz de vida apretado contra las arrugas de la tierra. Fraga, en lengua gallega, significa bosque inculto, por estar entregado a sí mismo, en el que se mezclan variadas especies de árboles y otros seres vivos. Si nos acercamos a ella con el alma atenta, nos enteramos de muchas cosas. No hay que hacer sino mirar y escuchar con ternura. Entonces se comprende que existe otra alma allí, infinitas almas que son las que componen y animan el bosque entero”.
Mi homenaje iba precedido de una cita del poeta estadounidense Robert L. Frost que decía:
“en la naturaleza no busques premios ni castigos, solo encontrarás consecuencia”.
El novelista gallego divide su libro en estancias tal que si fueran relatos grabados sobre fondo boscoso, en los que tan importante es el tiempo como el espacio, en el que sus personajes ejecutan estrategias. Ubica su fraga en San Salvador de Cecebre, una parroquia de Galicia cercana a A Coruña. En el idioma castellano se asimila fraga a breñal, un lugar abundante en maleza y peñas. En gallego quiere decir un monte bajo inculto, entregado a sí mismo, en el que se mezclan varias especies de árboles y arbustos. Allá los árboles tienen sus luchas. Los grandes son mirados con envidia por los pequeños, que intentan crecer rápido para tomar su ración de luz solar. Además, lo subraya el texto, los árboles carecen de vanidad; su profunda significación emociona a los espíritus sensibles. Pero siempre están atentos a los senderos del bosque, por donde pueden aparecer los leñadores, que los sacrifican para utilizar su madera. O acaso esos otros operarios que plantan postes para sostener sus tendidos metálicos. El temor se propaga entre las hojas de cada árbol o arbusto, que llevan la noticia hasta el más recóndito lugar.

Nos previene el autor de que no es bueno acercarse a los bosques solamente porque su aire está más limpio y se respira mejor; menos aún solo para pasear con personas amadas entre la sombra verde; ni siquiera con la loable intención de compartir una comida sobre la hierba o la hojarasca, cerca del manantial donde refrescar las bebidas; menos todavía a calcular los dineros que valdrá todo aquello. Habrá que recordar a toda esta gente que cualquier ecosistema se sostiene en su debilidad o fortaleza como conjunto, en la interacción de sus componentes; hasta que es antropizado y no sirven las evoluciones propias. Cuando el hombre entra en la fraga de Cecebre, el ánima global, que también la tiene y ejerce cierta jefatura avisa al resto. “El hombre es el hacha para el árbol, la escopeta o la trampa para aves y conejos, también para el zorro. Se trata del poderoso enemigo de todos los días. Las ánimas de la fraga extienden el aviso”, como queriendo informar de sus prematuros desánimos si entra Fuco, el niño depredador. Incluso las criaturas de la fraga utilizan la contraseña mágica: ¡Qué el hombre te ignore! ¡Cuando se habla de gestionar el monte y los bosques es para ponerse a temblar! Ya lo denunciaba Antonio Machado en su poema cuando aludía a que
“el hombre de estos campos, que incendia sus pinares y su despojo aguarda como botín de guerra, antaño hubo raído los negros encinares, talado los robustos robledos de la sierra. Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares… y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra”.
Seguramente le faltó a A. Machado citar que, con el final del día, la Luna se enseñorea de los bosques, de la fraga. Si es llena muestra un palacio fantástico, lleno de mágica fastuosidad. Los árboles se transforman en columnas que parecen sostener el cielo. Desaparecieron los senderos, la tierra parece estática. Al alba, W. Fernández Flórez contó que en la fraga todo espera a que el ánima de un recién muerto la visite. Coincide en el tiempo con los sonidos de las campanas de la torre que marcan la despedida de los familiares y amigos. Estos pasaron junto al féretro para darle encargos a cumplir en el mundo de las tinieblas. Sonidos que de árbol en árbol, de piedra en piedra; tal que si fueran heraldos.

La fraga sigue viva, o más recorrida por ánimas de muertos. Cuando se transita por caminos o sendas del bosque que no están hechos para irse, sino que incitan a quedarse sin pensar en marcharse jamás. Un lugar mágico que esparce biodiversidad y colores en todas las estaciones. Un lugar que parece hecho para Fendetestas y para el ánima de la Pilara, la niña bondad que una mala dueña explotaba y con sus regañonas provocó su muerte. Seguro que por allí sigue.
Aquella fraga en la que, en el más recóndito lugar, la madre Naturaleza siempre está atareada en la elaboración de pigmentos verdes cuando va a llegar la primavera. Esperemos que también las ánimas de los bosques quemados este verano se ocupen en la misma tarea, cobijar las semillas no quemadas y que el suelo maltratado reverdezca en la siguiente primavera, si no se las llevó una tormenta caída a destiempo.
Tanto me sentía atraído por El bosque animado que viajé hasta Cecebre. Desde la estación de tren, no sé si es la que sale en la película de José Luis Cuerda El bosque animado, me adentré como pude unos metros. La fraga ya no debe ser lo que era pues no llegó a envolverme en su ánimo. Quizás fue porque yo conocía que la película se rodó en Carballeira da casa do Grado (Sobrado). Daba igual. Seguía viendo al sensible bandido Fendetestas, que robaba lo que podía. En nada se parecía a los ogros del bosque de Caperucita, Pulgarcito o Hansel y Gretel.
Siempre presente Fendetestas, el sensible “bandido” ladrón de caminos de la fraga, que cobraba un peaje a todo aquel que transitaba por su bosque, y se contaban bastantes; su pena es que muchos eran tan pobres o más que él. Siempre recordaré la secuencia en la película de J.L. Cuerda, que nos presenta el diálogo entre él (Alfredo Landa) y una de las ánimas (Miguel Rellán) que representaba un personaje ya muerto que en vida prometió peregrinar a un santuario y no lo había cumplido, lo cual obligaba a su ánima a hacerlo. Su ánima y el bandido hablando del poder y el viaje de las ánimas del bosque; aquellas que se dirigían en peregrinaje a renovar su unión con una iglesia, pero eran capaces de dar la vuelta al mundo. Habrán sido otras parecidas las que han llevado hasta muchos bosques del mundo, al menos de Europa, los efectos de los graves incendios forestales de la península Ibérica. La cultura boscosa se habrá desanimado en gran medida, casi seguro; si es que existe una compartida. No cuento más pues mi relato no acabaría en unas pocas líneas, y no es razón detallar todo.

Tanto me inspiró que en otro de mis Ecorrelatos inacabados, sin fecha de caducidad mencioné a la fraga de Cecebre. Planteé una reunión de varias ánimas incorpóreas de personajes célebres de la literatura que hablaban del futuro de la protección de estos enclaves. Allí llegaron, convocados por el ánima de Antonio Machado. Su misión era encomiable: manifestarse ante las Cortes de España para pedir la libertad de unos ecologistas y científicos que habían osado denunciar la inacción gubernativa ante la ecología aplicada. Al claro del bosque señalado por Machado para organizar todos los detalles de la protestas acudieron las ánimas de Juan Ramón Jiménez, que mantuvo una idea de la naturaleza envidiable en La colina de los chopos; la de Rosalía de Castro porque siempre pregonaba su concepción de la naturaleza como una realidad animada y plena de palabras que ilusionan. Entrañable su fabulación sobre la madre naturaleza o aquella que describió en En las orillas del Sar (1884), cuyo mensaje reprodujo Machado. De lejos vino el ánima de Leon Tolstoi, alargado porque conocía que su relato del espíritu de un viejo roble había tenido continuidad en Machado y su aquel olmo viejo que no vivía en un bosque y un rayo casi lo aniquila, pero consiguió renovarse con hojas. Al final, se consiguió organizar la protesta sobre la mala gestión de los bosques delante del Parlamento español, pero sus señorías, las que se enteraron, lo olvidaron enseguida. Además, solo se escuchaban voces. Los peticionarios manifestantes eran incorpóreos, excepto un profesor de universidad y científico de nombre Jorge y apellido raro.
“Los montes bajos y bosques de la península Ibérica también deben retoñar. Solamente hay que escucharlos con sentimiento protector. No convirtamos los bosques desanimados en desencantados, porque si algo tienen los montes bajos y bosques son múltiples maravillas, y bastantes están hechizados, no ellos, sino en la percepción que muchos sentimos ante su compleja variabilidad. Los bosques, los montes, son el resultado de todos los fenómenos que ocurren en ellos. En realidad todos seres o circunstancias tienen bastante simbiosis”.

Ultílogo: los bosques desanimados
Con esta palabra/idea tan escondida en nuestro vocabulario se despide W. Fernández Flórez en su libro. Sería algo así como el último mensaje tras aquello que dolía:
“Y transcurrieron los días. Y los años. Y vino la muerte y pasó su esponja por toda la extensión de la fraga y desaparecieron estos seres y sus historias”.
Este artículo quiere dejar muchos mensajes que han de convertirse en retos. Recoge los desánimos sociales por los muchos bosques quemados en España, pero quiere convertirlos en esperanzas, aunque costará. Pero no les demos prisa a montes bajos y bosques, todo va cambiando a su ritmo; la biodiversidad reaparecerá.
Los bosques del mundo forman lo que llamaríamos “la cofradía anticlimática” por sus plegarias continuas a los dioses protectores, ¡qué bien los tendrán! Ahora mismo tienen miedo pues parece ser que durante 2024 se han perdido 8,1 millones de hectáreas de bosque en todo el mundo, según “Forest Declaration Assessment Partners”.
Los episodios lúgubres del monte ardiente de este verano no pueden convertirnos en enemigos del bosque. La España rural se vació de habitantes e ilusiones; en España se sumió en la nube del desamparo administrativo. Al verlos huir y abandonar sus campos, el bosque se lanzó a la conquista, como sucedió con el bosque ciudad de A. Daudet antes mencionado. No reparó en los pocos pobladores que quedaron, contentos con la variada vegetación que les mostraba su amistad y llegaba hasta las puertas de su casa. No temían a los bosques, siempre habían sido parte de su despensa. Pero hubo un momento en que la ira del fuego los envolvió, cundieron los desánimos al ver su tierra y algunas viviendas calcinadas por huracanes de fuego y aire. La desesperanza al ver todo negro se convierte en un riesgo de futuro.
Parece que habla de las casi 400 000 has quemadas este año en el noroeste de España, de dónde habrán desaparecido, más bien habrán huido, las ánimas que transitan por ellos. Quién sabe si no se habrán juntado todas en la fraga de Cecebre para desde allí viajar a muchos bosques en los cuales “detrás todo retoñaba y revivía, y se erguían otros árboles, y se encorvaban otros hombres, y en las cuevas bullían camadas recientes; y la trama del tapiz vegetal no se aflojó nunca”. Este entrecomillado del ultílogo nos sirve para retomar esperanzas, a pesar de las personas muertas y del miedo pasado. Para animarnos en el desánimo perceptivo, porque las ánimas de los bosques siempre acudirán a mostrarnos que la vida sigue, aunque cueste percibirla pues renueva sus visitas, con sus tristezas y sus alegrías, por más que los montes y bosques se quemen de nuevo; que se quemarán. Porque siempre tienen un eco que va y vuelve desde “el infinito al infinito”.

Los montes bajos y bosques de la península Ibérica también deben retoñar. Solamente hay que escucharlos con sentimiento protector. No convirtamos los bosques desanimados en desencantados, porque si algo tienen los montes bajos y bosques son múltiples maravillas, y bastantes están hechizados, no ellos, sino en la percepción que muchos sentimos ante su compleja variabilidad. Los bosques, los montes, son el resultado de todos los fenómenos que ocurren en ellos. En realidad todos seres o circunstancias tienen bastante simbiosis.
En demasiadas ocasiones percibimos los bosques como una interminable secuencia de planos cortos, no exenta de sombras. Después vendrá, o no, un salto de montaje. En nuestro empeño regulador, o de gestión, hemos ajardinado, siquiera mentalmente, los bosques y montes. Aunque los admiremos y queramos son ellos, y nunca serán nuestros. Añoramos a las ovejas bomberas, que ramonean y limpian los bosques; también desaparecieron. A pesar de todos los razonamientos y metáforas aquí desgranados, los montes y bosques no serán animados ni inanimados. No nos importa desdecirnos. Serán ellos mismos, acaso vistos con preocupación o complacencia, y algo de emoción, por los espíritus inmateriales que en su interacción los modulan.
Una buena noticia para acabar. Brasil, anfitrión de la COP29, quiso comenzar con estilo el evento climático celebrado en noviembre. Para ello propone el lanzamiento de su creación: el Fondo Bosques Tropicales Para Siempre (TFFF, por sus siglas en inglés). La nota conceptual del TFFF prevé 25 000 millones de dólares en capital inicial de los gobiernos, que se utilizarían para movilizar 100 000 millones de dólares del sector privado; para reconstruir bosques animados.


