“Hoy el aragonesismo tiene ante sí una tarea ingente: convencer a nuestra sociedad de que le somos útiles para los desafíos globales. Llevamos viviendo desde hace ya unos años un centralismo rampante desde opciones de gobierno supuestamente federalistas que a nadie en Aragón conmueve. El contexto político que se ha ido creando en los últimos años hace natural preguntarse si son necesarias opciones aragonesistas. ¿Para qué el aragonesismo si todos dicen que son aragonesistas? Hoy el debate ya no está en el modelo de relación con el Estado. Hoy el debate es existencial”.
Muchas veces me lo he preguntado. En tiempos de problemas globales, de cataratas mundiales de estupidez, maldad e inhumanidad ¿para que servimos los aragonesistas? Somos pocos, se supone que nadie nos ve. Hasta entre los “nuestros” somos negados. Nos bamboleamos entre ser una candorosa región llena de tipismos, una pequeña reseña en el devenir de la Europa medieval, o una autonomía que colma las aspiraciones de quien quiere una supuesta eficacia en la gestión de los servicios públicos más próximos al ciudadano. ¿Esto es todo, amigos? ¿No hay más? ¿No podemos aportar nada?
En nuestra realidad política la situación se desenvuelve como sigue. Para la izquierda “real” somos un grano en el culo. No somos cosmopolitas, no somos guais, creamos fronteras artificiales. La clase obrera (sea hoy lo que sea eso), afirman que es igual en Caspe, Santa Fe, Pekin, Nagoya, El Cairo o La Plata. Al obrero nada le distingue, sostienen, su “alienación” (para los lectores más jóvenes, si los hay: el palabro no viene de Alien la peli) es igual por doquier, su tradición cultural patrimonial, su sentido de pertenencia a una comunidad, no importa un carajo. Somos molestos. Les quitamos votos para su unidad. Es en el único caso para el que les parecemos de izquierdas: nos necesitan, les podemos quitar votos que, por supuesto, son suyos.
Para la derecha democrática, somos la pequeña piedrecita en el zapato que le puede dar el gobierno al PSOE, por eso es mejor, de vez en cuando, darnos de gratis, ya de paso, le dan al supuesto hermano mayor. ¿Son demócratas estos chicos? Se cuestionan. Hombre, llevan cincuenta años demostrándolo, responden algunos, los más de centro. Sí, pero flirtean con opciones separatistas, rompespañas, señalan los más beligerantes. Parecen lobitos con piel de ternasco, barruntan. Ya tuvieron que emplear toda la artillería entre 2003 y 2007 porque crecían demasiado. Pero ahora están acabados, o se los come Sánchez, o se los come Yolanda, desean.
El caso de la derecha autoritaria y neogebeliana es otro rollo. Somos parte de la razón de su existencia. Desafortunadamente para ellos no somos inmigrantes. Si no sería un completo. Representamos todo lo que odian: democracia, respeto, consenso, ciudadanía, libertad, singularidad, éxito en la gestión de lo público, honradez, igualdad, amor por la tierra.
¿Y qué pasa con el nanomundo del aragonesismo político?, ¿entre el corro de micras de radio de los aragonesistas autonomistas, federalistas, independentistas, confederalistas, ruralistas, mediopensionistas…? Hoy nada. Se han destrozado a garrotazos por migajas, durante tanto tiempo, que hoy ya no hay nada. No queda casi ni terreno para más desmembración absurda. Bueno realmente queda algo: ceguera, ausencia de análisis y de liderazgo intelectual, y estertores de microdebates estériles.
¿Y a nuestra sociedad qué le parecemos? Es una pregunta molesta. ¿Lo sabemos? ¿Tenemos interés por saber de verdad qué esperan de nosotros las y los aragoneses del año 2025? Ven a Trump, al cambio climático. Ven las amenazas bélicas. Ven a una Europa que busca su sitio. Ven, con desesperación, la ausencia de vivienda, el desprestigio constante de la sanidad y la educación. Están asustados con la IA y las mentiras de las redes sociales. Observan el politiqueo cortoplacista con nuestros vecinos del este. Ven que ante este tsunami es muy difícil levantar tu banderica para reivindicar tu existencia, menos tener voz para aportar algo. Ven que los problemas no son locales, son globales. Pero también ven que si somos una de las comunidades autónomas supuestamente ricas es porque las decisiones que hemos podido tomar aquí han servido para que nuestro futuro sea mejor. Y desde luego ven que para tener voz es preciso, primero, querer tenerla.
Hoy el aragonesismo tiene ante sí una tarea ingente: convencer a nuestra sociedad de que le somos útiles para los desafíos globales. Llevamos viviendo desde hace ya unos años un centralismo rampante desde opciones de gobierno supuestamente federalistas que a nadie en Aragón conmueve. El contexto político que se ha ido creando en los últimos años hace natural preguntarse si son necesarias opciones aragonesistas. ¿Para qué el aragonesismo si todos dicen que son aragonesistas? Hoy el debate ya no está en el modelo de relación con el Estado. Hoy el debate es existencial.
Si al menos tuviésemos las preguntas adecuadas, podríamos encontrar las respuestas pertinentes, pero para eso es necesario tener la valentía de mirarnos al espejo, para, después, preguntar a quien supuestamente decimos servir qué espera de nosotros.


