“El Moncayo es mucho más que un recurso natural; es un símbolo que conecta nuestra geografía, historia y cultura. Permitir su pérdida bajo la excusa de la transición energética es un error irreparable. No se valora lo que se tiene hasta que se pierde, pero para entonces será demasiado tarde”.
Hacia el oeste el Moncayo, como un dios que ya no ampara, dice la canción “Aragón” de José Antonio Labordeta uno de sus himnos más conocidos junto al “Canto a la Libertad” y el “Somos”.
La codicia eólica y la especulación pueden hacer realidad los versos que siguen en la siguiente estrofa de la misma canción, “Desde tiempos a esta parte, vamos camino de nada….”. Y es que el Moncayo auténtico símbolo y patrimonio natural de la provincia de Zaragoza está amenazado por el maná de las eléctricas.
Y es que las grandes factorías megaeléctricas que quieren a costa de destrozar el paisaje, hasta el más sagrado para los aragoneses —y por ende, los zaragozanos— sacar tajada del cierzo aunque sea esquilmando recursos naturales y afectando al paisaje, a la fauna natural, en especial las aves y a los habitantes, y al turismo y al vínculo emocional de un entorno que tendría que tener la mayor de las protecciones medioambientales.
Los parques eólicos Los Borjas I, Los Borjas II, Castor, Veruela I y Veruela II no deben avanzar. Es fundamental para nuestro futuro que prioricemos un modelo más sostenible que respete el medio ambiente, el patrimonio cultural y las comunidades locales.
El Moncayo, Aragón, se merecen una transición energética justa, que no sacrifique su identidad ni su futuro en el altar de unos cuantiosos beneficios solo para los de siempre.
Y es que estamos ante la ampliación de nuevos parques eólicos en un entorno ya saturado en los términos municipales de Ambel, Bulbuente y Alcalá de Moncayo, que son toda una amenaza directa al patrimonio natural, histórico y también sentimental de Aragón.
Se pretenden colocar hasta 182 aerogeneradores de 200 metros de altura de 11 proyectos nuevos que se sumarán a los 420 ya instalados en las comarcas de Tarazona y el Moncayo y el Campo de Borja, a los que se sumarán 18 proyectos de parques fotovoltaicos que están en tramitación en ambas comarcas. A tan solo seis kilómetros del Parque Natural del Moncayo, a menos de dos del Monasterio de Veruela —próximo a incluirse en la red de Paradores del Estado, después de más de dos décadas de espera— y apenas a un kilómetro del casco urbano de Alcalá de Moncayo.
El Monasterio de Veruela es todo un emblema reconocido y reconocible del patrimonio histórico y cultural aragonés. Se perderá, si avanza este proyecto, buena parte de su esencia. Las imponentes torres de los aerogeneradores desnaturalizarán el paisaje, transformando la armonía y belleza de este enclave en un espacio vinculado a lo meramente industrial.
No se trata solo de una cuestión estética; que también, sino del importante impacto visual y acústico, incompatible con las normas aragonesas de contaminación acústica, que establecen límites específicos en lugares de alta sensibilidad, como el Monasterio.
Y con Veruela, el encanto de Alcalá de Moncayo y Añón su capacidad para atraer turismo de naturaleza y cultural también está en peligro. Sus casas rurales, albergues y negocios familiares dependen de un paisaje, de un entorno, que será irreversiblemente dañado por el parque eólico. Y sus vecinos y vecinas sufrirán el impacto acústico del giro de las aspas, perceptible a mucha distancia de los molinos.
El propio Moncayo, el dios que ya no ampara, con su biodiversidad y su conexión forestal con los bosques de carrasca de Añón, corre un riesgo alarmante en caso de incendio.
Sin olvidar que en Aragón, los aerogeneradores ya existentes han causado la muerte de cientos de aves protegidas y en peligro de extinción. Solo en la comarca de Borja, se registraron 600 muertes en 2023. A nivel estatal, SEO/BirdLife cifra en 57.026 las aves fallecidas por colisiones entre 2008 y 2018, aunque estas cifras probablemente sean mucho mayores. La ausencia de controles independientes y la opacidad de las empresas promotoras agravan esta tragedia ecológica.
Bufa el viento sobre territorio arrasado: la instalación de las imponentes torres dejará huellas imborrables en un entorno que ya está saturado, y debería ser declarado como zona de especial protección ampliando la protección y revisando los límites que fija el Plan de Ordenación de los Recursos Naturales del Moncayo, ya que la instalación de las imponentes torres dejarán un impacto cuyos destrozos serán irreversibles afectando al Parque Natural y todo su entorno.
Es evidente que el modelo energético actual en Aragón no respeta ni el entorno ni la biodiversidad, favoreciendo a grandes multinacionales mientras que son el territorio y sus gentes quienes asumen las consecuencias negativas del impacto. Y, mientras tanto en el Pignatelli, este gobierno que es quien iba a tomar las medidas necesarias, según prometió en campaña, se pone con el viento favor que sopla para quienes no ven en Aragón más que una fuente inagotable de recursos para sus propios bolsillos.
El Moncayo es mucho más que un recurso natural; es un símbolo que conecta nuestra geografía, historia y cultura. Permitir su pérdida bajo la excusa de la transición energética es un error irreparable. No se valora lo que se tiene hasta que se pierde, pero para entonces será demasiado tarde.
Si no queremos ir camino de nada, salvemos el Moncayo.


