“…el poder, como la naturaleza, odia el vacío y por ahí se cuelan quienes ofrecen soluciones fáciles, antidemocráticas por supuesto. Nunca explican cómo conseguirán resolver los problemas que nos angustian y es por una sola razón: no existen esas fórmulas mágicas, te las ofrecen y, cuando se quedan con el poder ya no lo sueltan, usándolo para sus propios fines, para acomodar y enriquecer más a sus verdaderos dueños… […] nuestras pequeñas luchas cotidianas ayudan a combatir este escenario que cada vez está arrancando más vidas y destrozando más esperanzas”.
Que gran decepción nos llevamos los jóvenes y niños de mi generación cuando descubrimos que los vaqueros, nuestros admirados aventureros, eran los malos y los indios, tan pérfidos y salvajes siempre, los buenos. Creo que eso coincidía, casi siempre, con la toma de conciencia del mundo en que vivíamos, con el crecimiento de nuestro espíritu crítico.
Ver las cosas de esa manera nos clarifica mucho nuestra posición, desde un plano teórico por supuesto. Más complicado resulta, por ejemplo, para quienes han vestido un uniforme, convencidos de que eran de los buenos y, años más tarde, y tras matar a muchos malos y perder a muchos compañeros se dan cuenta de la maniquea falacia.
Sí, como dice un afamado político nacional, hoy está de moda ser de los malos. Sin disimular, pisando el acelerador. El pobre lo es porque es un vago y no merece tener ningún servicio, ni hay que tener ninguna empatía con él, parafraseando a uno de los tecnoligarcas más famosos.
Una parte de la juventud ve normal pisotear al débil, controlar a las mujeres a la antigua usanza, negar los derechos sociales en base a una supuesta meritocracia. Comprar, como se dice ahora, el “relato” supremacista que es por definición racista, antisolidario e intolerante, les parece muy bien. Que, en geopolítica, los poderosos se aprovechen de su fuerza e impongan su criterio, les parece lo normal. Ya no creen en la democracia, tanto la han desprestigiado los ocupantes de las instituciones. Es bastante normal que se muestren reacios a creer en el Estado y sus estructuras. Ya no se busca la revolución, luchar contra el sistema. Considerar que no hay nada que hacer y que cada uno tiene que mirar por sí mismo es la tónica normal. Hoy en día el matón es admirado: se gana su puesto y machaca los pusilánimes; es la ley de la jungla.
La ideología ultraliberal (me niego a llamarla libertaria) abandona el liberalismo tradicional, que era tolerante y padre de la división de poderes, es decir la democracia parlamentaria, y se convierte en un fascismo que abandona en su programa algo que sí preconizaban en los años treinta la “Justicia Social”, dentro de los movimientos antirrevolucionarios que recorrieron Europa en el período entreguerras. Los uniformes iban parejos a una agenda supuestamente obrerista, así el “Estado Orgánico” fascista, el “socialismo nacional” del nazismo o la “revolución pendiente” de los falangistas; era normal, para embaucar a la clase obrera había que mostrar una cara amable, una superación de la lucha de clases, con un Estado paternalista y protector que, si bien te exigía un comportamiento absolutamente sumiso y estandarizado, te prometía, por contra, un bienestar mínimo una especie de “Estado del bienestar” modelo ultraderechista. Hoy dicho programa se abandona. Curiosamente el principio director de estos movimientos es el mismo: acabar con las aspiraciones de las clases trabajadoras, pero ahora ya sin subterfugios, directamente sin promesas, solo potenciando el enfrentamiento de las clases bajas entre ellas para que no miren hacia arriba y se den cuenta de donde procede ese reparto tan injusto de la riqueza. Ser malo está de moda, pisotear es legítimo y si tú estás pisoteado es por culpa de los “zurdos” de los “woke”, que le dan lo que a ti te correspondería a los inmigrantes, a las mujeres y los independentistas.
Si matan a muchas personas, los líderes de esos movimientos a nivel internacional, por supuesto que a ti no te interesa, están lejos y no son rubios y occidentales así que ¿qué más da?
Estamos poniéndonos mundialmente en una situación casi bíblica, pero del antiguo testamento. Quizás consigamos que, esa entelequia que llamamos Dios, nos castigue por nuestra bajeza moral. La humanidad como proyecto fracasado quizás, finalmente, se vea autodestruida en el apocalipsis atómico, provocado por nuestra falta de amor, de solidaridad, de empatía de justicia, en este mundo cada vez más anestesiado ante el sufrimiento de nuestros semejantes.
Muchos facinerosos que han sacado la carrera judicial, se han dedicado a los negocios o se han metido en política, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta ahora, han conseguido destruir la confianza en las estructuras nacionales y supranacionales. El resultado lo estamos viendo una sociedad consumista que se mira el ombligo y desprecia cualquier acción común.
Pero el poder, como la naturaleza, odia el vacío y por ahí se cuelan quienes ofrecen soluciones fáciles, antidemocráticas por supuesto. Nunca explican cómo conseguirán resolver los problemas que nos angustian y es por una sola razón: no existen esas fórmulas mágicas, te las ofrecen y, cuando se quedan con el poder ya no lo sueltan, usándolo para sus propios fines, para acomodar y enriquecer más a sus verdaderos dueños.
Esperemos que la lucha por la recuperación de los valores democráticos (que han de ser mucho más participativos, si no quieren verse vacíos de contenido) consiga tener lo suficiente fuerza frente a estos potentes movimientos reaccionarios, más nos vale, la alternativa es el autoritarismo y la guerra.
No deberíamos olvidarlo, nuestras pequeñas luchas cotidianas ayudan a combatir este escenario que cada vez está arrancando más vidas y destrozando más esperanzas.
Contracomunicación, acciones populares, educación, nada de lo que esté en nuestra mano hacer es poco y puede ser el germen de un renacimiento de los mejores valores de la humanidad.
Luchemos por ello. Consigamos que los vaqueros también sean buenos y que vivan en paz con los indios dando ejemplo de lo que puede ser la humanidad si todos podemos empeño en ello.



