“La política cultural de Zaragoza está agotada. No por falta de recursos (aunque siempre se puede invertir más), sino por falta de respeto. Hacia la ciudadanía, hacia los profesionales de la cultura, hacia el legado común. Lo que predomina es la improvisación, el oportunismo, y la ausencia de un modelo de ciudad que entienda la cultura no como gasto, sino como inversión. No como adorno, sino como estructura”.

Del gr. ὀξύμωρον oxýmōron.

  1. Ret. Combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como en un silencio atronador.

Un oxímoron. Eso es lo que cada vez parece más la combinación de política cultural y Ayuntamiento de Zaragoza en estos seis últimos años. La única diferencia con la definición de la RAE es que lo que ha terminado originando es un sinsentido.

Un oxímoron tan sonoro como doloroso. No es una exageración: basta con mirar la deriva cultural de la ciudad en estos años para entender que no hay proyecto, ni visión, ni respeto. Solo bandazos, desidia, y una política cultural hueca, vacía de contenido y llena de marketing.

Lo que debería ser un motor de identidad, cohesión y creatividad se ha convertido en una colección de eventos prefabricados, patrocinados y perfectamente instagrameables, pero sin alma ni memoria. Una cultura enlatada, donde lo local estorba, lo tradicional se caricaturiza -salvo bendita y alabada-, lo patrimonial se ignora… y lo vecinal directamente se desprecia. Zaragoza no cultiva cultura: la simula.

No hay líneas claras, ni objetivos sostenidos, ni coherencia en la programación cultural en Zaragoza. Hay intuiciones, flores, muchas flores, y brillos sueltos. A veces, incluso aciertos aislados, pero sin ninguna vocación de continuidad. Lo que predomina es la ocurrencia, el fast food cultural y el evento a granel. Y todo ello, al margen del ecosistema cultural real de la ciudad.

No hay diálogo estructurado con creadores, ni apoyo al tejido artístico local. Las propuestas de base reciben poco más que indiferencia, cuando no directamente desprecio burocrático. O simplemente, se les cortan las subvenciones o se cierran los espacios. Parafraseando al escudo de la ciudad, seguir haciendo cultura en Zaragoza es «muy heroico» y «siempre heroico». Resulta irónico —o tal vez trágico— que una ciudad con tanto talento —emergente y consolidado— maltrate tanto a sus creadores. Zaragoza está llena de artistas, colectivos, gestores y proyectos culturales que siguen adelante pese a las instituciones, no gracias a ellas. Porque el talento local no se apoya: se ignora. Las convocatorias llegan tarde, los presupuestos son escasos, los criterios opacos y los procesos administrativos, kafkianos.

Mientras tanto, se sigue inflando el globo de lo efímero, lo espectacular, lo que brilla durante tres días y desaparece sin dejar huella, ni en la ciudad, ni en lo social ni en lo económico. Bueno quizás esto último tenga sus matices…

Zaragoza ha elegido venderse a los macroeventos. Vive Latino, por ejemplo, no es solo un festival: es el emblema de una política cultural entregada al capital externo. La ciudad pone la infraestructura, la proyección y la imagen institucional. Mientras tanto, el ciudadano, como siempre, paga dos veces: con sus impuestos y con su entrada y las empresas privadas se llevan el beneficio. Porque aquí nada es gratuito.

Se ha confundido cultura con espectáculo, participación con consumo, y ciudadanía con clientela. El resultado: una política cultural más preocupada por el ROI que por el impacto social. Se apuesta por el “festivalazo”, el nombre llamativo, la franquicia. Pero ¿y después? ¿Qué queda cuando se desmontan las vallas?

Nada. Ni infraestructura consolidada, ni beneficios para el entorno artístico local, ni retorno para la comunidad. Solo titulares, selfies institucionales, y una ciudad que ha hipotecado su identidad a cambio de una cuenta de Instagram.

En este modelo cultural plano y fotogénico, el protagonismo absoluto de la plaza del Pilar no es casual: es simbólico. Todo pasa ahí. Todo empieza y acaba ahí. Como si el resto de la ciudad no existiera. Como si Zaragoza se redujera a una postal.

Mientras se reparten luces, escenarios y carpas en el kilómetro cero, los barrios asisten al vacío. La cultura de barrio —la que se hace con esfuerzo, desde abajo, en casas de juventud, centros cívicos, locales autogestionados o asociaciones vecinales— no solo está olvidada: está sistemáticamente ignorada. No hay recursos, no hay visibilidad, no hay escucha.

Los barrios no son territorio cultural para el Ayuntamiento. Salvo que se trate de decorar un poquico en Navidad con las sobras de las luces del centro de otros años o hacer un pasacalles folclórico, rara vez reciben inversión estructural en cultura. Y eso, en una ciudad que presumía de participación, es un síntoma claro: aquí ya no se construye cultura, se administra desde arriba en una especie de «caridad cultural». No se entiende el hecho y el derecho cultural.

A eso se suma el cierre paulatino de espacios culturales y el cambio de usos sin diálogo ni justificación. El desmantelamiento es progresivo, pero constante. No interesa que la gente cree, que la creatividad genera espíritu crítico y eso los viene mal. Y por eso no hay voluntad de revertirlo: solo de taparlo con anuncios nuevos en grandes pantallas como la de Etopia para mayor gloria de las marcas patrocinadoras.

Zaragoza arrastra además una profunda desconexión con su cultura tradicional. La jota, convertida en folklore de postal, funciona como tapón para todo lo demás. La pluralidad y riqueza de la cultura aragonesa —la lengua, los ritos, las músicas y bailes menos conocidos— ha sido sistemáticamente olvidada. Para quienes deciden, solo existe la jota. Y no como expresión viva, sino como espectáculo puntual, domesticado, perfectamente decorativo. Para ellos las tradiciones se reducen a la Semana Santa, el Rosario de Cristal o la Ofrenda de flores (¿nadie les ha dicho que es una copia de 1958 de la de la virgen de los Desamparados de Valencia?).

Se ha perdido la oportunidad de pensar en esas otras tradiciones como un recurso cultural contemporáneo, como una vía para construir identidad sin caer en la caricatura. Pero eso requeriría respeto, investigación, apoyo a colectivos y una mirada de largo plazo. Justo lo que no parece haber.

Si hablamos de patrimonio, el panorama no mejora. Zaragoza parece haber renunciado a cuidar su memoria física. Edificios históricos sin restaurar, yacimientos en estado lamentable, archivos mal dotados de personal o museos cerrados. ¿Qué pasa con Fuenclara? ¿Y con la imprenta Blasco o el taller de los Albareda? ¿Y el puente de Piedra? ¿Nos lo conseguiremos cargar a base de instalaciones prescindibles? ¿Qué hay de las murllas junto a Echegaray? ¿Y la Magdalena o San Pablo? ¿Los dejaremos caer hasta gentrificarlos como Dios y los fondos de inversión mandan?

No hay un plan estratégico, ni una inversión clara, ni una narrativa cultural que conecte pasado y presente. El patrimonio no interesa porque no se puede mover, ni patrocinar, ni meter en una story. Pero es, precisamente, lo que ancla a una ciudad con su historia. Desatenderlo no es solo negligencia: es una forma de desconexión. Una ciudad que ignora su memoria difícilmente puede proyectar su futuro.

Y como guinda de esta política cultural sin norte, ahí está Goya. O mejor dicho, el Bicentenario de Goya, convertido en paraguas omnipresente bajo el cual cabe absolutamente todo… menos Goya.

Porque no se trata de conocerlo, ni de entender su legado, ni de acercarlo de verdad a la ciudadanía. Se trata de meter su nombre en cualquier cartel, cualquier evento, cualquier excusa institucional, como si con repetir “Goya” bastara para hacer cultura. Como si ponerle su cara a una tapa o a unas fiestas justificara todo.

Es tal el exceso de programación goyesca que amenaza con saturar hasta al más devoto. Goya en forma de photocall, de experiencia inmersiva, de edición limitada. Goya en las farolas, en los escaparates, en los mupis. Pero, ¿y su obra? ¿Y su pensamiento crítico, su modernidad, su compromiso? ¿Y su relación con Aragón más allá del cliché?

El riesgo es claro: que acabemos aborreciéndolo. Que el abuso simbólico convierta al mayor genio cultural de esta tierra en un personaje de feria. Que el nombre de Goya sea otro envoltorio vacío más, como “cultura”, como “ciudad viva”, como “participación”.

Y eso, precisamente eso, sería el mayor insulto posible a su memoria.

La política cultural de Zaragoza está agotada. No por falta de recursos (aunque siempre se puede invertir más), sino por falta de respeto. Hacia la ciudadanía, hacia los profesionales de la cultura, hacia el legado común. Lo que predomina es la improvisación, el oportunismo, y la ausencia de un modelo de ciudad que entienda la cultura no como gasto, sino como inversión. No como adorno, sino como estructura.

Mientras tanto, Zaragoza se desliza hacia una lógica de consumo cultural sin raíces. Una ciudad que no crea, solo exhibe. Que no cuida, solo explota. Que no escucha, solo gestiona. Una Zaragoza que ha hecho de la palabra “cultura” una etiqueta vacía para tapar una realidad alarmante: que no hay proyecto.

Y así, seguimos atrapados en el oxímoron. Zaragoza y cultura. Palabras que conviven en el papel institucional, pero que en la vida real siguen caminando por aceras distintas, sin mirarse a los ojos. Hasta que algo cambie, o hasta que no quede nada por desmontar.