“Marché a la paz de la montaña al día siguiente de escuchar a la banda de la Cofradía de Nuestro Señor en la Oración del Huerto iniciar los compases del himno nacional en la zaragozana plaza del Portillo. Cristo orando antes de morir en la cruz, pensando en España. No es un dislate, ni un acto aislado, es el compromiso consensuado por las derechas españolas de volver a catequizar este país, con todo lo que ello arrastra: las cadenas y la cruz.”

 

La Semana Santa siempre ha traído una avalancha de pies descalzos y cadenas, de azahar y tambores, de mugre de la razón y de cristos sangrantes, de marcha militar y de vírgenes que lloran lágrimas de cristal, de saetas, estoques y restos de telaraña de la España de Siempre.

Siempre ha sido así y siempre lo hemos visto con cierta tranquilidad etnológica. Somos más sosegados que los Abogados Cristianos, que se indignan por nada o por muy poco. Pero, puede ser, que esta última haya ido un poco más allá de lo soportable. Marché a la paz de la montaña al día siguiente de escuchar a la banda de la Cofradía de Nuestro Señor en la Oración del Huerto iniciar los compases del himno nacional en la zaragozana plaza del Portillo. Cristo orando antes de morir en la cruz, pensando en España. No es un dislate, ni un acto aislado, es el compromiso consensuado por las derechas españolas de volver a catequizar este país, con todo lo que ello arrastra: las cadenas y la cruz.

Hasta la paz de mi casa llegaban las noticias más escalofriantes. Niños jugando a desfilar con capirotes y niñas ataviadas de manolas. Ni sus padres, ni el colegio concertado ─esos que oran y laboran contra el adoctrinamiento de la escuela pública─, permitieron a uno de esos niños vestirse con la mantilla negra, tal como él anhelaba. Caballeros legionarios, abierto el pecho, transformados en majorettes con fusiles HK G36 en vez del simpático bastón de las señoritas. Vestida de negro vertiginoso, la presidenta madrileña, se enamoraba del cuadro de legionarios sujetando, brazo en alto, al Cristo de Mena. Movía los labios para entonar en la primavera malagueña lo del novio de la muerte. Pude sentir que 7291 sombras le arañaban la espalda y gemían en el conducto que va del oído al aposento más íntimo. Ella, que conoce cómo superar momentos embarazosos, pareció no inmutarse. Sabe convivir con la ignominia. Su vestido era una síntesis de su alma. El presidente de Murcia volvió a subir en una cuadriga tirada por cuatro veloces caballos, interpretando a Teodosio I, emperador romano nacido en Hispania, el garante de la ortodoxia cristiana. El pueblo de Lorca gritaba ¡presidente, presidente!, quizá sin conocer que emperador es mucho más que presidente. Para colmo y fin, el Domingo de Resurrección, Morante de la Puebla ─que tras anunciar su retirada de los ruedos, resucitaba en la sevillana Maestranza─ y una legión de toreros se fotografiaban en un lujoso salón con los eméritos restos del que fue Rey de España.

 

Esta España Nuestra ─por más sudada, más nuestra que vuestra─, no es de alegre pandereta, sino de matraca y corona de espinas. Es de callo en el alma, es de fariseos en conserva, es de bilis consagrada a la muerte y a falsos padrenuestros.

Por más extraño que pueda parecer, los mejores loores a la Semana Santa los hemos hecho los republicanos y los socialistas. La mejor pasión cinematográfica la compuso mi admirado Pier Paolo Pasolini: El Evangelio según San Mateo (1964). Mi madre se santiguaba cada vez que la veía. Para no enturbiar tal momento, no le aclaraba que su director era comunista y marica. Antonio Machado escribió en Campos de Castilla (1917): “no puedo cantar, ni quiero, a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar”. Y un catalán la extendió luego con su guitarra.

Si Machado bendecía al pueblo que sube las escaleras para desenclavar a Jesús de Nazaret, Azcón, nuestro presidente de gobierno, y, Natalia, nuestra beatífica alcaldesa, bajaban las escaleras con la cruz a cuestas para mantenerlo clavado, y bien clavado, y que no camine por encima de la mar. Les falta el fervor de la señora Ayuso y la grandeza benhuriana del murciano. Les falta imaginación y les sobra caspa. Se atoran en las esquinas con el Cristo, como se atoran en sus escandalosos pactos con las extremísimas huestes del señor Nolasco. Dan hasta pena. O escalofrío.

Esta Semana Santa la he visto más racializada e hispánica que nunca, cuajada de mantillas de chantilly y de fusiles de la Legión, más invadida por los patriotas de la política, por los lameculos que rezan por el triunfo de los criminales sionistas y del vejestorio que ha transformado su rijosa libido en una delirante nube de misiles, cocaína y F-15. A lo mejor, sólo me ha parecido a mí. Puede que me esté polarizando. Viene lo que viene, el aluvión de las pinturas más oscuras de Goya. Nada podremos si no cantamos en voz alta y rocosa el “a galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar”, con que nos alentaba Paco Ibáñez a finales de los sesenta, siguiendo el poema de Alberti en Capital de la gloria (1938). Son un pesado lastre para Aragón y para España. Remontemos en globo todos los lúgubres vaticinios y soltemos lastre. De verdad, amamos nuestra tierra mucho más que esas momias y nos merecemos el cielo protector.