“Quienes con más énfasis proclaman su absoluta transparencia, suelen guardar una agenda oculta. Una agenda que, poco a poco, va siendo más visible y más descarada porque, bombardeados por estímulos sin fin y por información indiscriminada, hemos perdido capacidad de reacción, de sorpresa y de indignación”.

 

La misión tripulada Artemis II ha concluido con éxito su misión de sobrevuelo lunar. Los ocupantes de la nave Orión han regresado sanos y salvos a nuestro maltratado planeta pero, más aún que la estampa de los astronautas tras su retorno, lo que prevalece en nuestras retinas son las imágenes tomadas de la, hasta ahora, cara oculta de la luna.

Con esa luna que siempre ha estado ahí, presidiendo discretamente nuestras vidas, guardamos una intensa relación. Es inevitable asociar su imagen creciente o menguante con lo mudable de la condición humana y lo alterable de nuestros ánimos. El satélite que ha inspirado a poetas y compositores, que ha condicionado calendarios desde la Antigüedad, cuyas fases han guiado prácticas agrícolas… tiene su razón de ser en lo luminoso.

Como a la luna, a todos los mortales nos gusta dar una imagen. Todos queremos mostrar nuestro lado amable, y más en estos tiempos en que todo se filtra y se graba por doquier: queramos o no, de modo más o menos patente, nos sometemos a exposición continua, con las redes como escaparate universal pero también en la interacción directa.

Aparentemente nos mostramos cada vez más (incluso desnudamos sentimientos y emociones de un modo que nunca hubiéramos imaginado), pero, como la luna, todos tenemos una cara oculta, un lado oscuro, un perfil que nos gusta menos. También, para qué negarlo, pequeñas (o grandes) miserias que esconder, sucesos de nuestra historia personal que preferimos dejar en lo más recóndito, placeres culpables que disfrutar en secreto…

Hay facetas ocultas que no se esconden por gusto, sino por imposición social, por el peso de las tradiciones y por modelos de dominación secular… En esos casos, destapar lo clandestino es sinónimo de liberación, de demolición de tabúes, de desbloqueo y de neutralización de lo opresivo. Salir del armario, en los muchos sentidos que se puedan aplicar al término, es saludable. Y no menos saludables son la transparencia y la información sin tapujos.

Pero en todo hay trampa. Quienes con más énfasis proclaman su absoluta transparencia, suelen guardar una agenda oculta. Una agenda que, poco a poco, va siendo más visible y más descarada porque, bombardeados por estímulos sin fin y por información indiscriminada, hemos perdido capacidad de reacción, de sorpresa y de indignación.

Y así, nos encontramos con una formación política liberal-conservadora (en tiempos llegó a autodefinirse como “de centro reformista”) que, borrando antiguas y confusas líneas rojas con la ultraderecha, se contagia de esta. Ya no consiente ser “derechita cobarde” y, transmutada en “derecha sin complejos”, se entrega, donde no gobierna, a la voz gruesa, a la bronca continua, a la descalificación “porque sí” y a la oposición descarnada sin concesión posible al más mínimo matiz. Un partido a priori “de Estado” que exhibe su patriotismo eludiendo el respaldo a los representantes de dicho Estado, y extremando sus negativas a todas las acciones de estos frente a las amenazas globales y al desafuero insoportable y cruel de líderes mundiales orgullosos de su “malismo”.

De este modo, percibimos una impostura que ya no se disimula… tras unas elecciones autonómicas en cuya campaña no se habló, salvo honrosas excepciones, de Aragón, y en la que se pasó de largo por los problemas y las preocupaciones de los aragoneses y las aragonesas. Contemplamos un gobierno autonómico al que se le llena la boca hablando de centros de datos, mientras maltrata la educación pública para favorecer con conciertos millonarios a la privada; un gobierno amparado en la política de eventos y aniversarios pomposos, reservando migajas (y gracias) para la cultura.

Observamos un Ayuntamiento (el de Zaragoza) que hace prevalecer luces y flores mientras desmantela casas de juventud, escatima movilidad en transporte público y deja de lado a las periferias geográficas y socioeconómicas, a los barrios rurales y no rurales y a las clases más desfavorecidas y vulnerables. Una representación municipal que, bajo su pose rocera no consigue (ni siquiera lo intenta) esconder su elitismo.

La pirotecnia ensordece y deslumbra: deja en la sombra realidades poco amables e intenciones poco explícitas que, pese a todo, cada vez son más visibles. La cara luminosa y la cara oscura de los que mandan o de los que aspiran a hacerlo… ya no están tan delimitadas. Es tarea de la ciudadanía reconocer y denunciar el postureo y las maniobras de confusión: tenemos que señalar la luna… y dejar que solo los necios se fijen en el dedo.