“Este hombre ha llamado a que ‘los ciudadanos que todavía creemos en la humanidad estamos obligados a hacer valer nuestra opinión’ sin que el miedo paralice”.

 

Solo he estado a solas con él en una ocasión, pero he seguido con interés su trayectoria humana. Estudió en los Jesuitas, donde tuvo por compañero de colegio al quinto “magnífico” Carlos Lapetra. Se licenció en la Facultad de Filosofía y Letras valenciana, presentando una tesis sobre La idea de Dios en Platón. Se ordenó sacerdote jesuita en 1968, cuando los tanques soviéticos machacaban el asfalto de Praga y en las calles de París se levantaban los adoquines para encontrar la arena de las playas. Prefirió subirse a las montañas del Tirol para hacerse doctor en Teología versando sobre los filósofos Friedrich Gogarten y Fichte. Bajó de las alturas para entretenerse con las personas que necesitaban Justicia y Paz, entre ellos los migrantes españoles que trabajaban en Alemania para enviar parte de su salario a sus familias. Algo que muchos parecen haber olvidado.

En 1971 fue director del Centro Pignatelli, un espacio cultural y de pensamiento, y también de fe, que se preocupó de abrir puertas a todo el abanico social: en 1975 fueron detenidos en sus instalaciones el comité central del Partido del Trabajo en Aragón. Se ha manchado en varias ocasiones en su descenso al mundo. En 1982 había participado en la fundación del periódico El Día, un loable intento de demostrar que había otras ideas más allá del monopolio del Heraldo de Aragón. Otros prefieren estar sonriendo a diestro y siniestro en una vitrina social que les protege del polvo. En 1984 fundó el Seminario de Investigación por la Paz, cuarenta años de estudio y debate, en los que ha llamado la atención su colaboración en la formación de profesores y cadetes en la Academia General Militar. En la paz, en su diagnóstico, pronóstico y terapia, hay que acudir a las raíces.

Este hombre ha levantado su voz en el Heraldo de Aragón (09-02-2025) para clamar contra el intento de liquidar “los instrumentos jurídicos, sociales y culturales que transformaron la hominidad recibida en humanidad compartida”, entre otros la Carta de Naciones Unidas y la Declaración Universal de Derechos Humanos. Este hombre no adscrito a ideología alguna, salvo la de su fe jesuita, ha tenido el valor de mencionar la “avaricia del capitalismo”, el absurdo y cruel intento de deportación del pueblo palestino, la contaminación del egoísmo como motor de la política y de la vida. Resulta difícil creer que hayamos llegado a un tiempo en el que haga falta tener “valor” para publicar en un periódico algo tan sencillo como evidente. Y, sin embargo, cada día que pasa son más escasas las firmas que, como la de Alemany, invitan a reflexionar y que llamen a actuar contra el desmoronamiento de la justicia social.

Este hombre ha llamado a que “los ciudadanos que todavía creemos en la humanidad estamos obligados a hacer valer nuestra opinión” sin que el miedo paralice. De alguna forma llama a todos y todas a romper las vitrinas protectoras y a hablar claro y de forma contundente, con especial referencia a quienes trabajan en los medios de comunicación. Miedo al qué dirán los demás o al qué dirán nuestros jefes de redacción. Un miedo que hoy se va constatando, pero que crecerá imparable con el paso del tiempo, tal como demuestra la historia que nos precede. Jesús María Alemany ha dicho “obligados”, yo soy más prudente y tibio, os lo pido por favor. No podemos permitir que la carne humana se reduzca a carne sin más. Y que los carniceros la vendan al precio de un mercado cada día más cínico y más desprovisto de alma.