“Una buena analítica exige una anatomía de los fracasos, enjuiciando también la idoneidad de los agentes que los protagonizaron, comprender a quienes las padecieron y a quienes disfrutaron de sus ventajas. La buena política y la investigación rigurosa son ajenas al narcisismo, que consume mucho tiempo, tan escaso, y se olvida de dudar de lo sabido y entender lo desconocido”.

 

Nuestra memoria, reflejo del yo más sincero, es selectiva. En entrevistas y plataformas exhibimos nuestra mejor versión, y aunque críticas y fracasos pugnan entre líneas, nuestra autoestima las sitúa fuera de juego. Nada de reconocer aquello que no energice nuestra imagen, ergo, nuestro ser.

Este sesgo se replica por instituciones, fundaciones y empresas cuando presentan sus memorias y rinden cuentas. Se subrayan los logros, con las directivas como protagonistas, y se difuminan las informaciones que apuntarían a limitaciones y errores, siempre exonerables por derivar de causas ajenas insuperables.

En otro tiempo este tipo de eventos e informes tenían un sentido funcional y social, dirigidos a las gentes más involucradas como socios y afiliados, mientras que al exterior se presentaba, como mucho, una breve nota de prensa. Hoy en día, en cambio, la comunicación ostentórea de los resultados, siempre positivos, es norma, por gabinetes de prensa en su versión clásica, y en la más modernista, por influentes en redes. Los elevados réditos de este capital reputacional, el intangible en que más invierten las empresas españolas para mejorar su productividad, mucho más que lo dedicado a innovación y a capital humano, dan lugar a que los profesionales de la publicidad y los contactos escalen en los staff públicos y privados. En las biografías de gabinetes y consejos de administración, en el ejercicio de la libre designación se ha priorizado a quienes “crean marca”, sea electoral, territorial, o mercadotécnica, y a aquellos cuya agenda contiene vínculos bonding & bridging que reducen los elevados costes de transacción política, mientras que son pocos los elegidos por hacer reflexionar, leer y estudiar, observar y sentir al prócer asesorado.

En el caso del medio rural, la celebración de las políticas aplicadas se hace dentro de una modalidad específica, la de unas jornadas sobre sus retos e impactos. Se convoca en una localidad recóndita, una especie de “Villar del Río”, cambiando a los americanos por la tecnocracia del MITECO y de la consejería correspondiente. Dada la profusión de este tipo de eventos, muchos ciudadanos del interior de España han podido ser testigos de su berlanguiana secuencia.

Sin entrar a comentar su atrezo pretencioso, últimamente más televisivo que académico, ni tampoco explicar la perplejidad por las impuntualidades de quienes presiden, nunca excusadas, que la incrementan cuando a pesar de sus soflamas sobre lo que se debate, abandonarán, paradojas del poder, apenas se escuchen a sí mismas, y, también, sin entrar a descifrar a los colegas académicos ensimismados en sus piruetas teóricas, ni en mi persona, tan plomo cuando me toca, quería incidir en este desequilibrante narcisismo hoy normalizado en el que se omiten fallos y magnifican aciertos, los resultados se cuentan como trofeos y al cuantificar los impactos se trucan los datos.

En su programación se ha ido consolidando un apartado específico, paradigmático de estas tendencias. De sección sobrevenida como concesión al auditorio local, porque su temática más práctica y vinculada al lugar ayudaría a reconocer los logros de la estrategia, ha crecido en importancia y, en muchos territorios y ministerios, constituye una especie de spin-off y nuevo formato expositivo, a veces completamente autónomo, desde el que abordar el papel de las políticas sobre el medio rural: los casos de éxito.

Sin poner en duda la atención que merecen esas iniciativas, muy heterogéneas en su naturaleza más mercantil o social, coincidentes todas en una gran inteligencia y esfuerzo de sus promotoras, comprometidas con sus comunidades, capaces de generar vínculos con otros agentes, su imprescindible presencia debería completarse con la de otros proyectos que no llegaron a ningún lugar reconocido.

La demografía empresarial aporta evidencia de que la mortalidad, entendida como el final de un negocio, es un fenómeno frecuente, a veces consecuencia de malas decisiones de sus promotores, pero otras muchas, a pesar de un inmejorable proyecto y una excelente gestión, de interferencias de otros agentes y ciclos que actuaron en contra. En todo caso, cualquier situación crítica forma parte de una biografía larga y zigzagueante, en la que ese fracaso cicatriza y posibilita un hito posterior. La suma de causas y su combinación compone una química singular difícil de sintetizar en términos radicales de triunfo y derrota. Pero, nuestros modelos teóricos en la universidad no tienen por qué compadecerse con la realidad. Más allá de esa complejidad, estaría el tabú de reconocer los fracasos, estigmatizante para unos políticos que hacen de su pretendida omnipotencia, es decir, de la infantilización de la ciudadanía, su principal razón de ser.

Al hilo de esta crítica en que se confunde evaluar con halagar, debatir con exhibir, se propone otra forma de hacer política e investigar. Una buena analítica exige una anatomía de los fracasos, enjuiciando también la idoneidad de los agentes que los protagonizaron, comprender a quienes las padecieron y a quienes disfrutaron de sus ventajas. La buena política y la investigación rigurosa son ajenas al narcisismo, que consume mucho tiempo, tan escaso, y se olvida de dudar de lo sabido y entender lo desconocido.

Gea desde el Solanar

En la provincia de Teruel, como en cualquier otro territorio, las políticas de cohesión presentan resultados dispares, unos más que aceptables, algunos exitosos, y otras que fueron, y siguen siendo un fiasco grave, así como bastantes en una situación intermedia, dependiendo de períodos, contextos y, especialmente, los sesgos de quienes evalúan. Algunas consideradas como grandes hitos por las tribunas políticas y mediáticas, además de por la ciudadanía más próxima, para órganos tan rigurosos como el Tribunal de Cuentas de Aragón, su valoración es extremadamente crítica, en términos legales y económicos.

El inventario pendiente es ingente. Las políticas de atracción de nuevos residentes han tenido problemas siempre, como aquel generoso anciano de Monteagudo del Castillo a finales de los ochenta y la cosmopolita experiencia de Aguaviva, estudiada antes y más en la universidad norteamericana que en la española. Hemos tenido comarcas llenas de planes y subvenciones ante la reconversión de su sector principal, pero los resultados negativos están huérfanos de evaluación política y también académica. Hay localidades que en las vísperas electorales se llenan de promesas inversoras que movilizan no solo a sus autoridades y electorado, sino también los páramos donde iban a estar ubicados. Convendría preguntarse por qué y cómo suceden estos fracasos, y cómo evitarlos.

Al hilo de esta crítica en que se confunde evaluar con halagar, debatir con exhibir, se propone otra forma de hacer política e investigar. Una buena analítica exige una anatomía de los fracasos, enjuiciando también la idoneidad de los agentes que los protagonizaron, comprender a quienes las padecieron y a quienes disfrutaron de sus ventajas. La buena política y la investigación rigurosa son ajenas al narcisismo, que consume mucho tiempo, tan escaso, y se olvida de dudar de lo sabido y entender lo desconocido.

Frente al éxito, tan celebrado y reconocido, se sugiere añadir una analítica forense de los fracasos incurridos. Las autopsias informan sobre qué hacer y qué no hacer a quienes dan fe de vida en los pueblos de Teruel, a los que saben que el fruto seco, nunca valorado, es la semilla del futuro.