La cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir.
Milan Kundera
“Se ha tenido una visión hacia el sector cultural olvidándose de los ciudadanos que son los destinatarios de las políticas culturales. Todo esto ha generado una especie de distancia social en relación con la cultura, que de alguna manera es lo que está detrás de la idea que ha calado en la sociedad de los subvencionados: “Los que viven del cuento”.
Cuando alguien habla de los derechos universales de las personas suele acordarse de la vivienda digna, de la educación, de la sanidad, pero muy pocos son los que incluyen en esa lista de derechos universales el derecho a la cultura.
La cultura normalmente no se piensa como un derecho sino que las más de las veces, se considera un objeto de lujo prescindible; ir a ver una película o una obra de teatro, a visitar un museo las más de las veces cuesta dinero que muchas familias no se pueden permitir, no lo consideran un gasto prioritario, la cultura no es parte de la bolsa de la compra diaria, eso si es que tienen un cine, un museo o un teatro equipado cerca, ya que muchas localidades, sobre todo en el entorno rural, han perdido todo el tejido cultural que proporcionaba cultura a sus ciudadanos. La actividad cultural que debería unirnos y debería ser herramienta para formar ciudadanos libres con pensamiento crítico ha terminado entendida como un producto de consumo mercantilizado que algunos pretenden sea mas un recurso que un derecho, la cultura es un bien no accesible a todos por una cuestión económica. Para muchos algo inútil sin utilidad. Más nos valdría leer La utilidad de lo inútil del pensador italiano Naccio Ordine. Para conocer la valiosa utilidad de lo inútil.
Quizás esta sea la razón de lo mucho que se habla de las industrias culturales y lo poco que se reclama la necesidad de garantizar los derechos culturales, es muy contradictorio ver como la economía se antepone al derecho, como la utilidad se enfrenta al goce. Esto sucede paradójicamente y más cuando las políticas culturales se convierten en arma arrojadiza en manos de políticos reaccionarios, que una vez en la administración y gestión pública, pretenden ganar la hegemonía cultura desmontando el estado del bienestar y acabando con todo lo avanzado en materia de gestión cultural durante estos últimos años, poco pero sustancial y necesario para la sostenibilidad del sector cultural. Para evitar estos retrocesos se hace urgente, necesario e imprescindible una Ley de Derechos Culturales que garantice la accesibilidad universal a la cultura y obligue por ley a las administraciones públicas a dotar de medios económicos y materiales a la actividad cultural, cambiando de esta forma el paradigma cultural para hablar más de políticas y menos de industrias culturales. Volver a dar notoriedad a la cultura que genera identidad en los ciudadanos y favorece el entendimiento y el aprendizaje construyendo espíritus críticos y sienta las bases de una sociedad democrática.
Uno de los grandes retos que tiene hoy el desarrollo y difusión de la actividad cultural es la escasa relevancia y notoriedad social que tiene la práctica cultural, su falta de notoriedad en la sociedad se convierte en un problema a la hora de significarla y considerarla eje articular de la convivencia democrática y parte fundamental del debate público.
Existe una brecha entre el mundo de la cultura y quien no está en el mundo de la cultura. Hay una sensación de que las cosas de la cultura solo tienen que ver con la gente del mundo que trabaja en el sector de la cultura, nada más lejos de lo que debería ser, actualmente no existe ciudadanía que sienta que cuando hay recortes en cultura esto les afecta directamente, la mayor parte de la ciudadanía es ajena a las políticas culturales. Esto es resultado de las propias políticas culturales practicadas por las administraciones públicas hasta la fecha. Hay una responsabilidad que tiene que ver con haber tenido un enfoque únicamente sectorial, que no es el único que tiene que haber en las políticas culturales, evidentemente. Hay que centrarse más en políticas de formación y participación de públicos, políticas de gestión compartida, debemos usar la cultura como un recurso para implementar otras políticas. Se ha tenido una visión hacia el sector cultural olvidándose de los ciudadanos que son los destinatarios de las políticas culturales. Todo esto ha generado una especie de distancia social en relación con la cultura, que de alguna manera es lo que está detrás de la idea que ha calado en la sociedad de los subvencionados: “Los que viven del cuento”.
Pensar que este dinero no va para mí, que no tiene que ver conmigo ha creado una enorme desafección entre las gentes de la cultura y la ciudadanía. La falta de relevancia social es uno de los grandes retos que tienen que afrontar las políticas culturales en la actualidad, porque digamos claramente detrás de esa falta de relevancia social está la falta de legitimación de las políticas culturales actuales. La idea de que la cultura es algo prescindible se extiende en la sociedad y genera desasosiego y frustración entre creadores, artistas y trabajadores del sector cultural.
También está en juego la propia sostenibilidad del sector, porque si no hay gente que se siente interpelada por la cultura, que le guste y disfrute de la actividad cultural, que tenga curiosidad, que la ame, pues tampoco habrá públicos, entonces será imposible la sostenibilidad del sector. La brecha entre cultura y ciudadanía es algo transversal a los distintos colores políticos, porque es algo que viene desde hace décadas y ocurre en muchos países. Es uno de los verdaderos caballos de batalla del sector cultural.
Creo que es una sensación del papel que se le ha dado a la cultura como algo solo sectorial. Al utilizar solamente una visión económica solo le interesa a los involucrados en la actividad económica. Aunque muchos artistas puedan tener posicionamientos progresistas de izquierdas, la izquierda, en un sentido amplio, no ha tratado todo lo bien que hubiera debido a la cultura. En ese sentido creo que es un problema de fondo, de cómo se entiende la cultura en la sociedad y qué se entiende que es una política pública en el ámbito de la cultura, que normalmente no se considera igual de seria que otras políticas públicas como es la sanidad, como es la educación, como es el trabajo, la política cultural parece prescindible y tan apenas aparece en los programas electorales de los partidos políticos. Es un tema residual en los discursos políticos actuales.
Decíamos que uno de los grandes problemas que tiene la cultura es la falta de notoriedad y relevancia social. Hay una brecha entre el mundo de la cultura y quien no está en el sector de la cultura. ¿Cómo convences a alguien de que la cultura es de gran importancia? Sabemos que si no es con políticas concretas que demuestren que es importante, nunca tendrá notoriedad, pero ¿cómo haces políticas concretas que demuestren qué es importante si no piensas que lo es? Tenemos que adquirir un compromiso político para abordar una ley que garantice los derechos culturales, que básicamente tiene que ver con romper esa brecha, con poner en el centro la igualdad, la diversidad cultural y el acceso universal junto a la participación. Quizás lo primero sea lograr un pacto por la cultura que siente las bases de las políticas culturales futuras.
Lo central en el cambio de paradigma es entender que el principal destinatario de la política cultural es la ciudadanía y que lo que se quiere ahora es garantizar unos derechos relacionados con el acceso a la cultura, y eso tiene como consecuencia la transversalidad, porque la cultura no solo es un sector, no solo tiene que ver con determinadas disciplinas artísticas, sino que tenemos que proponer una concepción más integral que tiene que ver con un desarrollo de las personas, de las comunidades, de la identidad nacional y del acceso a la felicidad.
Parece que de no ejercer el derecho a la cultura se nos ha olvidado que es un derecho. Tenemos la sensación actualmente de que el derecho a la cultura se ha privatizado. Estamos viendo cómo la educación en distintos lugares ha tenido una senda de privatización, como la sanidad se está intentando privatizar. Nuestro empeño como agitadores culturales consiste en hacer pedagogía de cuáles son los derechos y qué significa que hablemos de derechos culturales y no de derecho de acceso, por ejemplo. La cultura puede contribuir a hacer sociedades más igualitarias, o todo lo contrario, a fortalecer la desigualdad, porque hay sectores que acumulan muchos recursos culturales y por lo tanto hay mucha desigualdad. Es fundamental entender que esa desigualdad se traslada tanto en el acceso, como en la producción, y que hay que facilitar el acceso a determinados bienes, a determinados servicios, a determinados espacios. Es central, y por eso para mí la educación tiene un papel muy importante, en redistribuir un poco el código o el lenguaje que te permite entender y acceder a esas obras. Lo cultural se transmite normalmente por la educación recibida, por eso creo que es fundamental incorporar prácticas artísticas en las escuelas. Hacer política pública no supone trasladar tus valores morales o tus gustos subjetivos, sino que se trata de garantizar un derecho, y por lo tanto cualquier tipo de censura ideológica o moral yo creo que tiene que ser denunciada. Necesitamos de alguna manera ampliar la mirada y ver si hay que hacer con una ley o es más importante hacer otras cosas, quizás generar consensos para alcanzar un pacto entre todos los sectores. Hay cosas que a lo mejor tienen que ver con otro tipo de modificaciones, en cómo hacemos las convocatorias de subvenciones, en qué tipo de ayudas podrían existir, cómo se hacen, en desarrollar programas de capacitación y formación, etc.
Fundamental en todo este asunto es la creación, fomento y cuidado de los públicos y los llamados no públicos (los que no acuden nunca a ninguna actividad cultural) es tarea fundamental. La mejor manera de llenar teatros, de que el cine sea una industria sólida, es que se desarrollen políticas que fomenten el deseo, la curiosidad y el amor por la cultura, las políticas culturales deben hacer una inversión en la industria para la mediación y una gran inversión en la educación y en la alfabetización cultural, debemos incorporar el lenguaje audiovisual, la música y las artes escénicas y plásticas a los diseños curriculares de las edades más tempranas. Educación y cultura son vasos comunicantes. La educación es el comienzo de la cultura y esta la continuación de la educación. La educación es fundamentalmente la transmisión y adquisición de cultura, valores, conocimientos y normas sociales que permiten al individuo integrarse en su entorno y transmitir y desarrollar una identidad cultural, siendo esta la base de la sociedad democrática. Fomento y cuidado con mediación.
Necesitamos una redistribución consensuada del acceso a la cultura para que las industrias culturales sean más sólidas y a la vez sean reflejo de lo que está pasando en otros ámbitos de la sociedad. La creación cultural es reflejo de la realidad. Es necesario pensar en cómo garantizar que las personas puedan tener acceso a la cultura. Garantizando ese acceso más fuerte será el sector cultural en la economía general. Quizás de esta forma podamos desarrollar unas industrias culturales solidas, a la vez que garantizamos los irrenunciables derechos culturales.




