“El ensañamiento con los civiles, a través de bombardeos masivos, frecuentes desplazamientos forzados y el bloqueo de la entrada de alimentos, ha sumido a la gazatíes en una situación límite”.
Cuando el mundo está en llamas, tenemos la obligación ética de denunciar a los pirómanos y no permanecer impávidos como si nada estuviera pasando.
La catástrofe que está sufriendo la población de la franja de Gaza es ahora mismo, junto a la permanente agresión rusa contra Ucrania, el incendio cuyas llamas más resplandecen. La cruel matanza perpetrada por Hamás en octubre de 2023, principalmente contra civiles que además participaban en un festival a favor de la paz, fue entendida, con razón, por el gobierno de Israel como una declaración de guerra. Su primer ministro, acosado por una serie de procesos judiciales y cuestionado por una parte importante de la población, que se oponía a algunas de sus reformas, que amenazaban el funcionamiento de instituciones como el tribunal supremo, se agarró a esa declaración como a una tabla de salvación personal.
La liberación de los rehenes, tan injustamente secuestrados y retenidos, siempre ha tenido un papel secundario en sus acciones de guerra. Pero hasta en las guerras hay reglas y normas que hay que respetar. El ensañamiento con los civiles, a través de bombardeos masivos, frecuentes desplazamientos forzados y el bloqueo de la entrada de alimentos, ha sumido a la gazatíes en una situación límite. Por pura humanidad todo esto debe terminar inmediatamente y los europeos tenemos la obligación moral de instar a nuestros gobiernos a utilizar todos los medios a su alcance para presionar al gobierno de Israel.
En estas circunstancias, callar sería ser cómplice de la masacre.
Publicado en Heraldo de Aragón el 8 de junio de 2025.


