“… me enerva mucho cómo una industria consultora cada vez más numerosa, privada y pública, disimula tan mal la flacidez de muchos altos cargos, con palabras sin textura a precio de alta costura”.
De siempre, los razonamientos propios que me energizan y creo inéditos, en cuanto profundizo, en cambio, los descubro añejos, desarrollados en múltiples versiones y con mejores argumentos. El largo título del libro de Mariana Mazzucato y Rosie Collington, “El gran engaño. Cómo la industria de la consultoría debilita a las empresas, infantiliza a los gobiernos y pervierte a la economía” sintetiza una de mis tantas candideces. Lo edita Taurus en España.
Yo creía que sólo a mí me estomagaba la pedantería y el derroche de los estudios de impacto presentados con toda pompa y circunstancia por las entidades paganas (de esos cálculos trucados). Porque la gente más cercana, cuando asistimos a esos actos, bien aplaude, bien calla, puede que con una cortesía fingida, pero jamás se enojan. He pensado que mi rebordenquez es fruto de frustraciones más que de razones, de envidia por su discrecionalidad que nunca tendré.
Pero, sin que esas neurosis dejen de ser probables, he ido conociendo otros textos también en la misma línea. Frankfurt trató de sistematizar todos estos asuntos en “Sobre la charlatanería” (a mí me gusta más la traducción literal, “caca de la vaca”, On bullshit) Los blablablás que no saben de lo que hablan, satisfechos de sus neologismos y largas subordinadas, concluía el filósofo, son peores que los mentirosos, al menos estos son conscientes de la verdad. Anne Carson, premio princesa de Asturias en 2020, en su ensayo “Economía de lo que no se pierde. Leyendo a Simónides con Paul Celan”, explicaba cómo ese poeta griego hace casi 2500 años se valía de que “la apariencia siempre vence a la verdad”.
De modo que tengo que asumir que siempre fue así, que cualquier tiempo pasado no fue mejor, y no soy nada excepcional, lo cual sigue sin consolarme. Porque me enerva mucho cómo una industria consultora cada vez más numerosa, privada y pública, disimula tan mal la flacidez de muchos altos cargos, con palabras sin textura a precio de alta costura. En otros tiempos eran lienzos en escorzo, epopeyas inverosímiles y capillas sepulcrales con heráldicas y santos como se revestían los espantos. Hoy es más prosaico, son los informes de impacto.


