“En la película están los estudios lingüísticos de Wilmes y su relación con aquellos altoaragoneses de 1930, pero también la lucha de un valle por sobrevivir y mantener su identidad, su patrimonio cultural y sus tradiciones y costumbres, las causas de la despoblación y las razones por las que casi todos acabaron marchándose de allí”.

 

Del lingüista alemán Fritz Krüger se editaron entre los años 1995 y 1997, gracias a la colaboración de la Diputación General de Aragón y la Diputación de Huesca con Garsineu Edicions, los cuatro tomos de su obra Los Altos Pirineos. El volumen primero estaba dedicado a las comarcas, la casa y la hacienda; el segundo, a la cultura pastoril; el tercero, a las labores del campo, incluyendo el transporte, los modos de comunicación y la economía agraria; y el cuarto, a las manufacturas caseras, indumentaria e industrias.

Aquel libro, que iba ilustrado con un total de 397 fotografías, fue muy importante en su momento para conocer cómo fue la vida en algunos valles del Alto Aragón y nos descubrió a muchos la figura de Fritz Krüger, hasta entonces muy poco conocida en Aragón más allá de un pequeño grupo de especialistas. Krüger, que había nacido en 1889, fue catedrático de Filología Románica en Hamburgo hasta 1945, y al final de la II Guerra Mundial emigró a Argentina, donde ya residiría hasta su muerte en 1974.

Krüger había viajado ya por Aragón en 1927 y había visitado el valle de Vió en un recorrido que hizo a pie desde Graus hasta Ansó, tal y como contó Óscar Latas Alegre. Pocos años más tarde, y como necesitaba más datos para sus trabajos, envió de nuevo a dos discípulos suyos al Alto Aragón para seguir recabando información con la que ir preparando sus tesis doctorales. Uno de ellos fue Rudolf Wilmes, a quien mandó al valle de Vió, Broto y Boltaña en 1930.

Conocimos a Wilmes (1894-1955) gracias a la edición que José Luis Acín preparó en 1996 para Prames de su libro El valle de Vió. Estudio etnográfico-lingüístico de un valle altoaragonés. Era un libro fascinante e irradiaba un halo de romanticismo que nos atrapaba sin remedio: un joven alemán había llegado hasta Vió (como por otra parte había hecho ya su maestro) para estudiar el aragonés que allí se hablaba y recoger sus costumbres y tradiciones. Lo que no hacíamos nosotros lo hacían hispanistas alemanes. Viajar a Vió desde la próspera y rica Alemania era entonces toda una aventura, pues no hace falta recordar que en esos años los pueblos del valle eran casi inaccesibles, sin carreteras que los comunicaran, sin luz, sin agua corriente…

Años después, en 2018, fue Óscar Latas quien publicó en el número 30 de la revista Alazet el trabajo que Wilmes había redactado en 1950 con algunos de los topónimos que recogió en Sobrarbe (en Nerín, Buerba, Yeba, Boltaña…) durante aquel viaje de 1930. Wilmes seguía naturalmente la escuela de Krüger, partidaria del método científico de «palabras y cosas», es decir que atendía tanto a los aspectos etnológicos como a los lingüísticos, lo que hizo que el otro gran filólogo alemán del momento, Gerhard Rohlfs (que también había visitado el Alto Aragón y de quien la Institución Fernando el Católico publicaría en 1985 su Diccionario dialectal del Pirineo Aragonés, con prólogo de Tomás Buesa Oliver), considerara a Krüger y a sus seguidores más folcloristas que filólogos.

Efectivamente, en la primavera de 1930 Wilmes llegó en ferrocarril a Barbastro. De allí viajó en autobús hasta Boltaña y Broto, y luego, ya a pie, se dirigió al valle de Vió, donde permanecería casi diez semanas recogiendo palabras y conviviendo con los naturales del país. Así lo recordaba él años más tarde: «Son inolvidables las noches junto al fuego en compañía de esta gente sencilla y honesta. Aun cansados se muestran siempre dispuestos a contestar con amabilidad al dialectólogo forastero tan preguntón y a veces bastante cargoso».

Con los materiales que obtuvo, Wilmes leyó su tesis doctoral en la Universidad de Hamburgo en 1933. Óscar Latas, a quien tanto deben los estudios sobre el aragonés, recordó que un capítulo de esa tesis se publicó en alemán, como artículo, en 1937; y diez años más tarde lo tradujo la revista Archivo de Filología Aragonesa (sin pedir permiso al autor, como le confesó Manuel Alvar a Alwin Kuhn) con el título de «El mobiliario de la casa rústica altoaragonesa del valle de Vió».

Nada nos hacía pensar que volveríamos a encontrarnos con Rudolf Wilmes y menos en una sala de cine zaragozana. Fernando Vera, a quien conocí en el rodaje de Vivir girando, el documental que dirigió sobre la vida del músico aragonés Domingo Belled, quien fuera durante muchos años el pianista del Ragtime, acaba de estrenar Con la tierra en los pies, un extraordinario largometraje sobre la estancia de Wilmes en el valle de Vió, que mezcla una parte documental y etnológica con un argumento de ficción basado en hechos reales que nos conmueve de principio a fin.

En la película están los estudios lingüísticos de Wilmes y su relación con aquellos altoaragoneses de 1930, pero también la lucha de un valle por sobrevivir y mantener su identidad, su patrimonio cultural y sus tradiciones y costumbres, las causas de la despoblación y las razones por las que casi todos acabaron marchándose de allí; y escuchamos las voces emocionadas de altoaragoneses como José María Satué, Óscar Latas, María Pilar Benítez, Elena Puértolas, Manuel Campo Vidal, Severino Pallaruelo, Sandra Araguás…, que nos hablan muchas veces de sus propias vivencias, de la dureza de sus vidas (aquellas escuelas hogar de los años setenta en las que muchos niños, desde los seis años, pasaban meses internos sin ver a sus familias), de cómo tuvieron que abandonar la montaña para bajar al llano, de lo difícil que fue, especialmente para los mayores, dejar todo aquello que había sido su vida.

Ni Wilmes ni el valle de Vió podrían haber encontrado mejor valedor que este magnífico documental que nos turba y conmociona.

Publicado en Heraldo de Aragón el 16 de mayo de 2026.