“Nunca habíamos conocido una directiva tan opaca, casi clandestina. Nunca habíamos estado en manos tan ajenas, tan frías y distantes”.
Resulta muy revelador que el Real Zaragoza con más accionistas multinacionales de su historia, con más sociedades inversoras y expertos financieros en la sombra que nunca y con más corbatas, relojes y zapatos de lujo en su órbita que en una fiesta de Jeff Bezos se haya despeñado de forma tan infame a la 1ª RFEF. No solo han destrozado al equipo, sino que han humillado a toda una gran ciudad. Será que el músculo económico no sirve en el fútbol sin el músculo del corazón; será que toda esa gente importante, que vive en Miami, Londres, París, Madrid, Barcelona o Estambul, posee unas fosas nasales expertas en rastrear el olor de la panoja que desprende la nueva Romareda, pero no les sirve para percibir el sentido común, el primero que debería imperar en el fútbol. La cartera no vale para nada sin entusiasmo, esfuerzo, dedicación y arraigo.
Hubo un tiempo en que los presidentes del Real Zaragoza no salían en la revista Forbes, pero tenían al equipo en Primera. Vivían en la capital aragonesa y, ya si eso, se iban a Miami unas semanas de vacaciones. Durante el resto del año trabajaban y seguían el fútbol en Zaragoza. Seré anticuado o sentimentaloide, pero reconfortaba saber que en el siglo XX los presidentes del club eran aragoneses y zaragocistas. Estaban en su sitio para acudir a una asamblea ordinaria, reunirse con políticos locales, comer con colegas de otros clubes y negociar fichajes, viajar con el equipo, protestar contra los pésimos arbitrajes, echar la bronca a un jugador díscolo, inaugurar una peña o pedir cuentas al entrenador. Incluso soportaban desde el palco broncas e improperios con templanza y resignación. Cosas que no se pueden hacer por videoconferencia.
El Real Zaragoza actual no es nada de eso. En 2022 borró del organigrama el sentimiento -y prácticamente el arraigo- y ahora funciona como la típica estructura de una empresa que lo mismo podría vender coches que teléfonos móviles. Su presidente es Jorge Mas, un estadounidense que vive feliz en Miami y, ya si eso, se deja caer por Zaragoza una vez al año. No es aragonés ni tampoco zaragocista: en 2025 desveló que su equipo favorito en España es el Real Madrid. Es un tipo muy ocupado con su Inter de Miami, con su afán de llevar a Cuba la democracia (la democracia tal como la entienden en Estados Unidos) y con su actividad empresarial, que lo ha llevado a ser multimillonario. Que viva en Florida, en Oklahoma o en Alaska nos importaría un bledo si el Zaragoza estuviera en Primera División. Pero es que Jorge Mas, a quien le reconozco, al menos, su loable empeño en disminuir la deuda económica, ha llevado al equipo al mayor fracaso deportivo de la historia.
Es responsable por vivir alejado de la realidad zaragocista, que no se puede conocer a 7.500 kilómetros de distancia; por haber dejado el club en manos de ejecutivos incompetentes; por permitir que se acentúe la brutal inestabilidad deportiva del equipo; y por pensar más en los beneficios futuros del nuevo campo que en el día a día. Es responsable por haber delegado sus funciones en un director general que de emociones zaragocistas sabía bien poco y en un encargado de la parcela deportiva que trabaja, como un topo, para el principal accionista del Atlético de Madrid, José María Gil Marín.
Fernando López Lobete, un madrileño de 40 años, también vinculado amistosa y profesionalmente al Atlético, ha sido hasta su despido la cabeza visible del desastre y la gran cabeza de turco, el único sacrificado de la hecatombe que afecta a todos. Lo dejaron tan solo que en los últimos partidos en el Ibercaja Estadio era el único directivo en el palco para aguantar el cabreo del público. No ha habido un consejo de administración tan patético en la historia del club que este.
Mariano Aguilar, que de momento no se ha marchado, ha sido el ejecutor deportivo de la debacle zaragocista con unas decisiones que, a idea, no podrían haber salido peor. Este donostiarra de 55 años y, cómo no, rojiblanco, ha dado el visto bueno a fichajes deplorables, a bajas que han causado dolor, a una planificación deprimente y, entre otras decisiones, a la llegada de entrenadores-becarios, cuando los dramáticos momentos del equipo exigían veteranía y firmeza.
Lo más inquietante es que nunca ha estado claro en estos cuatro años quién manda de verdad en el Real Zaragoza. Como estos prohombres van y vienen, se mueven como gacelas en busca de nuevas sociedades, dividen sus acciones, compran y venden cuando les viene bien, un día el máximo accionista del club es el abogado barcelonés Pablo Jiménez de Parga, metido en el grupo Prisa y en el Atlético de Madrid, y otro día un tal Joseph Oughourlian, empresario francés de origen armenio y libanés, propietario del grupo Prisa y dueño de otros clubes de fútbol. Perdonen mi inconcreción y mi ignorancia, pero ninguno de ellos se ha presentado formalmente. Y no se les conoce una palabra de ánimo, de consuelo, de empatía o de perdón por lo ocurrido en estos años. Como propietarios, su implicación emocional en el proyecto ha sido nula.
El mundo interno del Real Zaragoza se mueve a un ritmo frenético y tal vez ahora mismo se esté vendiendo un importante paquete de acciones de la sociedad a un rapero de California. Hay que recordar que a la prensa aragonesa le costó un tiempo averiguar que Jorge Mas presidía el club, pero no era su principal accionista, y un poco más saber que estábamos, de manera vejatoria, en manos de un club madrileño.
Nunca habíamos conocido una directiva tan opaca, casi clandestina. Nunca habíamos estado en manos tan ajenas, tan frías y distantes. Hace años, cuando los ricachones del mundo comenzaron a comprar clubes de fútbol por todo el planeta, los aficionados más ingenuos creyeron que sus equipos serían invencibles, jugarían la Champions, ficharían a las mejores estrellas y todos nadarían en la abundancia. Pero lo que suele ocurrir, salvo raras excepciones, es que un multimillonario deje todo como un solar cuando no consigue enriquecerse de inmediato.
Ocurrió con Dmitri Piterman, aquel estrambótico estadounidense de origen ucraniano que quería ser entrenador: hundió al Palamós, al Racing de Santander y al Deportivo Alavés. El Racing, que ha vuelto a Primera tras catorce años en crisis, también tuvo que soportar al empresario indio Ahsan Ali Syed, un presunto millonario que desapareció dejando al histórico equipo al borde de la quiebra y hundido en un prolongado descenso a los infiernos.
Ejemplos de jeques árabes que se presentan como magos de Oriente hay unos cuantos en el fútbol europeo. El Málaga sufrió a un tal Al-Thani, que prometía las mil y una noches, pero terminó con una orden internacional por varios delitos financieros. Otros destrozan ilusiones, incrementan deudas, asquean a los aficionados, hunden a los equipos que compraron y les importa un pimiento todo aquello que no sea su beneficio personal. Espanyol y Valencia, entre otros, los sufrieron.
La cuestión es si al Real Zaragoza le ha tocado esta suerte de empresarios que abochornan o si esto tiene arreglo. Viendo que el presidente de Miami sigue y que aún permanecen consejeros del Atlético de Madrid (al menos, al cierre de esta publicación), el miedo a que esta gente destruya aún más un club histórico va a permanecer hasta que se vayan. De momento, lo que han destrozado es la ilusión de los aficionados: por primera vez sentimos que el Zaragoza es un ente irreconocible, sin identidad, sin apego a su tierra, sin alma y sin memoria.




