“No creo yo que las devociones, todas ellas admirables y respetables, sean negociado de la cultura. Con demasiada ligereza se habla de cultura cristiana, o de cultura islámica, pero, como afirmaba nuestro añorado Félix Romeo, cultura es la poesía, la narrativa, la pintura, la escultura… pero, algunas otras manifestaciones, no quiero poner ejemplos para no ofender, son “costumbres”, y nunca podrán ser manifestaciones culturales desde los criterios de la Unesco”.

 

Pero cómo no me iba a alegrar la vida el hecho de que se le concediera a Fernando Esteso la Medalla al Mérito Cultural. Un galardón que se otorga, según el Boletín Oficial de Aragón, para distinguir a los autores de aquellas obras o actuaciones que incrementen de modo relevante el patrimonio cultural, el acervo colectivo de conocimientos o las posibilidades de acceder a ellos, dentro del territorio aragonés. Esteso fue intérprete de letras imposibles de olvidar como “La Ramona es pechugona, tié dos cántaros por pechos” (sic), o esa otra de “Que yo quiero ver, que yo quiero ver cómo son las mozas sin faja ni corsé”.

Lo que verdaderamente me molesta es que en esta tierra se abuse tanto de las distinciones a título póstumo, como si fuera necesario aguardar a que el premiado la palme o sea fusilado -que se lo digan a Ramón Acín y a Concha Monrás-.

Los aragoneses tendremos muchas virtudes, pero somos cicateros a la hora de otorgar reconocimientos. Mira que entregar una cartulina enmarcada no cuesta dinero y le alegra la vida al galardonado, a la vez que hace más grande a la Comunidad.

Aprovecho la ocasión para recordar, una vez más, la propuesta que lleva realizando desde años José Luis Melero, de colocar placas en aquellos edificios de nuestras ciudades y pueblos donde vivieron, crearon, o se reunieron las aragonesas y aragoneses ilustres. Es una gozada pasear por Madrid y descubrir en sus fachadas que allí habitaron Ramón María de Valle-Inclán, Gabriela Mistral, Juan Ramón Jiménez, o Manuel de Falla. Ninguna pista en nuestra capital, Zaragoza, para indicar las casas en las que moraron Francisco de Goya, Pilar Bayona, Santiago Ramón y Cajal, o los lugares en los que Miguel Labordeta convocaba a la vanguardia. Me pregunto cuánto podría costar una cerámica, preferiblemente de Muel, que pusiera en valor la memoria de nuestros vecinos más célebres. Que nos hiciera detener el paso a locales y a foranos y que activara nuestra memoria anestesiada.

Escribo estas líneas cuando leo que el Ayuntamiento de Zaragoza abandona su pretensión de solicitar a la Unesco que la plaza del Pilar sea declarada Patrimonio de la Humanidad. No me extraña, porque, si bien la Lonja, la Seo y el Foro Romano son merecedores de tal reconocimiento, la verdad es que el hormigón y la falta de gusto que los une o que los separa no casa nada con el concepto de bien cultural. Lejos de amilanarse, el concejo interpreta que, si no aceptan lo de “material”, habrá que atacar por la vía de lo “etéreo”. Creen que tendrá más éxito ante la Organización de las Naciones Unidas solicitar que la devoción a la Virgen del Pilar sea declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Me restriego los ojos cien veces y sigo sin verlo. No creo yo que las devociones, todas ellas admirables y respetables, sean negociado de la cultura. Con demasiada ligereza se habla de cultura cristiana, o de cultura islámica, pero, como afirmaba nuestro añorado Félix Romeo, cultura es la poesía, la narrativa, la pintura, la escultura… pero, algunas otras manifestaciones, no quiero poner ejemplos para no ofender, son “costumbres”, y nunca podrán ser manifestaciones culturales desde los criterios de la Unesco.

Vaya, que, dentro de este panorama de una Zaragoza que florece y que, a la vez, se marchita, lo de Fernando Esteso casi me parece una proeza de alto nivel.