“No caben en estas líneas, los nombres de todas las personas valerosas, humildes y luchadoras, hombres y mujeres que el fascismo se llevó por delante como el maestro Inocencio Tolosana, el pintor Gaspar Larroche, el carretero Gregorio Gracia Lanuza… Tampoco tantas otras historias de anhelos y esperanzas truncadas, de multas imposibles de pagar impuestas por los tribunales de responsabilidades políticas a las familias de los que ya habían sido asesinados. Barbarie incesante en una jornada y tiempo de vileza bendecido por la Iglesia”.
Nunca será suficiente el recuerdo y evocación de lo ocurrido en Huesca el domingo 23 de agosto de 1936, hace noventa años. Ese día, noventa y cinco personas fueron asesinadas en la tapia oeste del cementerio situado en la carretera de Zaragoza. Falangistas, miembros de Acción Ciudadana y militares, el fascismo local amparado por el clero, cumplieron a rajatabla las instrucciones dictadas por el «director» del golpe de Estado, el indigno general Emilio Mola:
Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros. Tenemos que causar una gran impresión, todo aquel que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado.
Los camiones cargados con presos empezaron a salir de la cárcel provincial a media mañana y solo a última hora de la tarde, cesó el cortejo de muerte. Los enterradores no daban abasto en medio de aquella orgía de sangre.
La orden de fusilamiento la dictó el coronel comandante militar de la plaza, el sanguinario Luis Soláns Lavedán, nacido en Albalate de Cinca. Soláns venía de Melilla donde había protagonizado el asalto a las instituciones de la República y ejercido una brutal represión sobre la población civil, en particular la comunidad judía. El valeroso militarote no vaciló y mandó al paredón a decenas de anarcosindicalistas, militantes de Izquierda Republicana y gentes sin adscripción que habían sido detenidos tras la sublevación militar del 18 de julio. No hubo piedad, hombres y mujeres fueron pasados por las armas, algunos incluso asesinados a cuchillo por un conocido derechista de oficio matarife que ahorró de este modo unas cuantas balas al arsenal de los sedicentes defensores de la ciudad.
Un muro acribillado a balazos
El escritor y miliciano de la Columna Ascaso José María Aroca, describe en su libro Las Tribus (1972) la impresión que recibió al llegar al entorno de la población a finales de agosto para conformar el largo cerco que sufrió la ciudad,
Cuando llegamos al cementerio de Huesca, descubrimos que uno de sus muros estaba literalmente acribillado a balazos. Al pie de la pared, la tierra, amasada con sangre, tenía un color parduzco. La cal aparecía salpicada, aquí y allá, de cabellos y de sesos humanos. En aquella tapia, los sublevados habían estado fusilando a los izquierdistas de la capital. Dentro del cementerio, unas inacabables fosas comunes daban testimonio de lo implacable de la represión fascista. A unos doscientos metros del camposanto, semioculto en un cañaveral, encontramos el cadáver de un obrero que al sentirse alcanzado por las balas había echado a correr para desangrarse bajo las estrellas. Tenía las manos atadas con una cuerda.
Cuerdas o alambres servían para sujetar por las muñecas, de dos en dos, a los reos que descargaban de los camiones a culatazos y patadas.
El empleado de banca Emilio Coiduras Ascaso logró zafarse de las ataduras y corrió por el cementerio tratando de salvar la vida. «Emilia, Emilia –gritaba impotente nombrando a su mujer–, por favor, perdóname…». Fue abatido entre las tumbas por los implacables perseguidores como si se tratara de una pieza de caza. A Emilio Coiduras quizá no lo habían apaleado en la prisión lo suficiente y por eso intentó la fuga imposible. No pudo ni siquiera pensar en tal posibilidad el médico militar jubilado y convencido azañista Alfonso Gaspar y Soler [reparado por los tribunales en Huesca en aplicación de la Ley de Memoria Democrática], valenciano de 50 años, afincado en Huesca desde 1918. Como a muchos izquierdistas le habían aconsejado que se fuera de la ciudad, pero como tantos, respondió que «no había hecho nada y nada podía temer», razonamiento de todo punto equivocado y fatal frente a la barbarie destructiva de las gentes de orden, dispuestas a la aniquilación de los rojos en nombre de la patria secuestrada.
Gaspar y Soler había combatido con el capitán Francisco Franco en África, en la batalla de El Biutz, lugar próximo a Ceuta, donde el futuro caudillo resultó gravemente herido y salvado, precisamente, por el cirujano Gaspar. Cuando lo detuvieron, su esposa, Rosalía Auría, quiso convencerlo para pedir clemencia al antiguo compañero, pero éste la disuadió, Franco había demostrado con solvencia su falta absoluta de compasión y no le hubiera salvado.
Apaleado brutalmente, con cada golpe le recordaban los mítines en los que intervino, las consultas que dispensaba sin gastos a la gente humilde, su prestigio social, la militancia política, las dañinas amistades izquierdistas. Incluso después de muerto fue pateado al pie de la tapia donde cayó. Su consulta y su casa, como la de otros muchos detenidos, fueron saqueadas y muebles, libros, material médico, joyas y objetos de todo tipo, repartidos como botín de guerra por los señoritos de la Falange local.
Pero la militancia política no siempre constituía un argumento para detener y matar. El juez de la Audiencia Juan Llidó Pitarch [reparado por los tribunales en Huesca en aplicación de la Ley de Memoria Democrática], de 39 años, carecía de significación partidista y eso no le valió de nada, como tampoco la aplicación diligente de la justicia a decenas de anarquistas que habían protagonizado algaradas y acciones revolucionarias en momentos de conflictos sociales y laborales durante el tiempo de la República. Llidó, castellonense, había sido destinado a Huesca en 1933, estableciéndose en la ciudad con su esposa y dos hijos. Nunca manifestó simpatía por las derechas, lo que a ojos del gobernador militar general Gregorio de Benito, que lo mandó detener el 22 de julio, constituyó una justificación incontestable para proceder contra el mismo:
Hace mucho más daño a nuestra causa –responde el general a una misiva del juez en prisión– y a la patriótica empresa de salvación a España que estamos llevando a cabo, la actitud pasiva y algo hostil de los que como usted no han secundado el movimiento salvador y se dedican a la fácil crítica negativa y nociva de café, que el que gallardamente se lanza a defender con las armas y corriendo el consiguiente riesgo, la causa contraria.
Se llenó de presos la cárcel, el instituto y el cuartel
Las denuncias y delaciones servían para llenar la cárcel de presos políticos, pero también se quedó pequeño el instituto, hoy museo provincial, incluso el cuartel de la estación albergó civiles en las primeras semanas de terror caliente y encarcelamientos a mansalva.
Al carnicero Miguel Jalle Vivas, anarquista, lo denunciaron por envidia, probablemente para quitar del mercado a un competidor. También el comerciante barcelonés afincado en Huesca José Blanch Pujadó había prosperado más allá de donde parecía razonable para otros empresarios de la localidad, por lo que fue denunciado y detenido el 5 de agosto. Otro vendedor de la misma calle Ramiro el Monje, denunciará a la frutera Eugenia Funes Tornés, que ingresa en prisión el 21 de agosto acusada de no se sabe qué.
A los políticos locales que no se habían puesto a salvo, concejales, miembros de la Diputación e incluso de la Cámara de Comercio se les persiguió con saña desde el primer momento. Adrián Bonet Ulled, comerciante y concejal republicano con el alcalde Mariano Carderera también pagó con su vida la dedicación a su ciudad. El abogado y masón Antonio del Pueyo Navarro, que había presidido la Diputación Provincial, recibió la noticia del golpe de Estado militar en Panticosa, donde se encontraba de vacaciones con su esposa y su hija. Unos días más tarde el comandante del puesto de la Guardia Civil, con el que tenía buena relación, le dijo que había recibido una orden de detención contra él, pero que si quería podía pasar la frontera con Francia, lo dejaba marchar. Del Pueyo, que «no había hecho nada», regresó a Huesca con su familia el 4 de agosto, inmediatamente quedó detenido. Lorenzo Bescós Santalucía, hombre de negocios, promotor de la Editorial Popular que puso en circulación el diario republicano El Pueblo, tan perseguidos por el régimen sus accionistas y trabajadores, resultó elegido concejal por Izquierda Republicana, fue detenido a mediados de agosto y torturado con demencial ferocidad.
El farmacéutico Jesús Gascón de Gotor, celebró la llegada de la República como «presidente de la Cámara de Comercio Republicana» y no se lo perdonaron. Su hermano Anselmo, con el que se encontraba muy unido, sufrió esta muerte inicua como una devastación personal y plasmó su dolor y su rabia en unas notas que la familia ha guardado como un testamento fraterno y una exigencia de justicia. Llevan por título «Lo que debo al Régimen o a sus esbirros. 23 de agosto de 1936, asesinato de mi hermano»:
El día veintitrés de agosto de 1936 había pasado yo a Huesca [Anselmo residía en Zaragoza] como miembro de la Cruz Roja y para retirar unos heridos que se encontraban en el hospital de aquella población, por orden de la autoridad militar.
La aviación republicana bombardeó la ciudad en el momento en que yo llegaba acompañado de otros miembros de la Cruz Roja con la ambulancia de la misma. Algunas bombas cayeron en el hospital provincial y hubo heridos, aunque no conocimos que hubiera habido muertos [en realidad, el balance del bombardeo arrojó la cifra de dos muertos y siete heridos].
Mi hermano Jesús, con otras personas destacadas en Huesca como afectos a la República, estaban detenidos provisionalmente, sin habérseles tomado una declaración, en la cárcel de Huesca, y yo aproveché el viaje a la ciudad para conocer el estado en que se hallaba mi hermano y ver a su esposa y familia para intentar sacarlo de la cárcel, ya que ninguna acusación concreta pesaba sobre él; ni concreta, ni cierta. Momentos después de abandonar nosotros Huesca con aquellos heridos [Anselmo no da cuenta de si pudo realizar ambas visitas] en cuya busca se nos había ordenado fuéramos, se organizó una manifestación pública de protesta por el bombardeo, y algunos oscenses de instintos sanguinarios pidieron al gobernador militar de la plaza, que lo era Luis Soláns Lavedán, entonces coronel y luego capitán general de la VIII Región, que se efectuaran represalias en los detenidos [el coronel Soláns había tomado posesión de la plaza de Huesca tres días antes, el 20 de agosto].
Soláns, sanguinario como aquellos, encontró lógica la petición, añadiendo que iban a caer no solo los de alpargata, sino todos los que había en la cárcel como políticos. Inmediatamente, sin permitirles hacer testamento, confesarse los creyentes y despedirse de la familia, fueron sacados a viva fuerza en camiones y fusiladas en las tapias de la cárcel unas ciento tres personas [en realidad, como se ha dicho, las ejecuciones tuvieron lugar en la tapia oeste del cementerio y el número de víctimas de aquella jornada ascendió a noventa y cinco], entre ellas, mi hermano Jesús.
Mataron a mujeres como Concha Monrás, viuda de Ramón Acín desde el 6 de agosto, las hermanas Barrabés Asún, Victoria y Rafaela, de 20 y 21 años, respectivamente, apresadas al no encontrar en casa a sus hermanos, a los que perseguía la policía del nuevo régimen que se abría camino sobre cadáveres; la activista María Sacramento Bernués Estallo, de 43 años, que ya había sido arrestada con anterioridad y en cuyo expediente carcelario se anota «no muestra ningún arrepentimiento»; Francisca Mallén Pardo, detenida el 18 de agosto por ser novia del carpintero anarquista José Espuis Buisán, también fusilado el mismo día, con el que se iba a casar pocas semanas después de este 23 de agosto de 1936, la jornada más trágica y larga de la historia de Huesca.
No caben en estas líneas, los nombres de todas las personas valerosas, humildes y luchadoras, hombres y mujeres que el fascismo se llevó por delante como el maestro Inocencio Tolosana, el pintor Gaspar Larroche, el carretero Gregorio Gracia Lanuza… Tampoco tantas otras historias de anhelos y esperanzas truncadas, de multas imposibles de pagar impuestas por los tribunales de responsabilidades políticas a las familias de los que ya habían sido asesinados. Barbarie incesante en una jornada y tiempo de vileza bendecido por la Iglesia.
El 23 de agosto de 2026 se cumplirán diez años de la inauguración de un memorial en la tapia oeste del cementerio de Huesca que recuerda a todas las víctimas identificadas hasta esa fecha como consecuencia de la represión en la ciudad. Violencia organizada que descerrajó los últimos tiros de gracia en enero de 1945, seis años después de la victoria.
La propuesta artística del homenaje se debe al diseñador Oscar Lamora, quien justifica la cata realizada en el muro en el que se alojaban las balas que habían traspasado a las víctimas cuando enfrentaban inermes a los pelotones de ejecución:
Aquel horror que por excesivo no puede ser descrito documentalmente puede llegar a quedar inscrito en el arte. Esta es la conclusión a la que llegarían gran parte de los memorialistas, desde Jean Améry a Primo Levi pasando por Semprún, en su titánico esfuerzo por intentar detallar la pérdida y el sufrimiento humano en los campos de concentración alemanes.
Aquel horror que por excesivo se torna indescriptible puede, a través del arte, quedar inscrito en el interior de un muro. A saber, el mismo muro testigo y fondo de tal horror.
La propuesta memorialista que con el presente proyecto se presenta pretende recuperar del interior de ese muro el núcleo central del drama, que de forma primordial no es otro que el de las vidas arrebatadas en cada uno de aquellos funestos amaneceres. El muro y lo que este testimonia; realzar su carga simbólica, dignificar, preservar, no-derribar, abrir, señalar el lugar. Un corte a modo de cata arqueológica que haga emerger simbólicamente los nombres de todas aquellas personas asesinadas, despojadas, y en gran medida, omitidas y olvidadas por la historia oficial. Un sentido homenaje a las víctimas, no solo eso, un sincero reconocimiento a todas las personas que durante décadas no desistieron en buscar, recuperar, identificar… al fin y al cabo, un intento por volver a reconocer lo ausente.
Lo ausente es dolor, pero no es olvido. La memoria es raíz que crece cuando aflora la verdad, se hace justicia, y se repara a las víctimas.
IMAGENES:

Portada del Diario de Huesca de 23 de agosto de 1936.

Emilio Coiduras y su esposa Emilia La Blanca. Huesca, 1934. Fotografía colección Ernesto Baquer Coiduras.

Junta directiva del Huesca F.C. en el campeonato de Aragón 1924-1925. Julio Nogueras Mateo (1), maestro fusilado el 8 de agosto y Alfonso Gaspar y Soler (7), médico, fusilado el 23 de agosto. Foto colección Gaspar Auría.

Carné de identidad como juez de instrucción expedido a favor de Juan Llidó Pitarch por la Audiencia Territorial de Zaragoza, diciembre de 1933. Foto colección Llidó Blasco.

Jesús Gascón de Gotor Giménez, c. 1932.


Memorial en la tapia oeste del cementerio de Huesca que recuerda a todas las víctimas de la represión en la ciudad.




