“La lucha del hombre contra el poder
es la lucha de la memoria contra el olvido.”
Milan Kundera (El libro de la risa y el olvido)
Miguel de Unamuno miró Aragón con una mezcla de incomodidad y lucidez. En Andanzas y visiones españolas[1] le inquietaba que pudiera quererse “simbolizar a España en un baturro aragonés” o en un majo andaluz. La frase parece, de entrada, una censura al tópico costumbrista: el rechazo del aragonés convertido en estampa, en tipo popular, en figura de zarzuela. Pero contiene algo más hondo. Unamuno percibía que Aragón había sido transformado en una imagen útil para España: una región capaz de aportar carácter sin aportar conflicto, diferencia sin cuestionar el centro, color local sin memoria política.
Ahí empieza el problema. Aragón no fue simplemente olvidado. Fue reinterpretado. Su antigua condición de reino jurídico, pactista e institucional quedó desplazada por una identidad regional más manejable: la de un Aragón noble, recio, leal, testarudo, españolísimo. Una tierra con mucho carácter y poca política. Una comunidad con canciones, paisajes, jotas y temperamento, pero cada vez menos habituada a pensarse como sujeto histórico.
No conviene simplificar. Aragón nunca ha sido una realidad uniforme. En él han convivido españolismo, aragonesismo, fuerismo, republicanismo, carlismo, federalismo, regionalismo cultural, anticentralismo y adhesiones sinceras al Estado. Pero precisamente por eso importa observar qué relato acabó imponiéndose como sentido común. No el único, pero sí el más eficaz: aquel que convirtió a Aragón en una región especialmente apta para confirmar España.
Unamuno volvió sobre esa intuición cuando presentó a Aragón como corazón de un patriotismo español unitario y como antemural frente a Cataluña. La observación resulta incómoda porque ilumina una inversión histórica de enorme alcance. Aragón, que compartió con Cataluña, Valencia y Baleares una arquitectura política dentro de la Corona de Aragón, acabó ocupando en el imaginario español el lugar de frontera emocional contra lo catalán. El antiguo compañero de historia convertido en centinela del Estado.
Zaragoza desempeñó en ese proceso un papel singular. El Pilar, los Sitios, la Virgen asociada a la Hispanidad, la resistencia frente al invasor francés y la retórica de la ciudad heroica hicieron de ella una capital emocional de España. Aragón aportaba así una materia simbólica de enorme eficacia: fe, pueblo, sacrificio, resistencia, unidad. Pero esa elevación tuvo un coste. Cuanto más servía Zaragoza para narrar España, menos servía para interrogar la historia propia de Aragón. La ciudad heroica podía ser celebrada; la ciudad foral, pactista y políticamente vencida quedaba en segundo plano.
El Decreto de Nueva Planta de 1707 no fue una simple reforma administrativa. Su lenguaje habló de conquista, dominio y uniformidad. En Aragón supuso una ruptura política de primer orden: desaparición de instituciones propias, subordinación del derecho público aragonés y pérdida de un lenguaje institucional acumulado durante siglos. Pero la derrota más duradera no fue sólo jurídica. Fue cultural.
Esa sustitución tuvo un nombre: baturrismo. No la cultura popular aragonesa, no la jota viva, no el habla campesina, no las formas reales de sociabilidad rural, no la dignidad de las gentes del país. El problema no fue lo popular, sino su reducción escénica. El baturrismo convirtió al aragonés en personaje antes que en ciudadano; en temperamento antes que en historia; en emblema pintoresco antes que en sujeto político. El baturro podía ser noble, bravo, sincero, cabezudo, gracioso, devoto y español. Lo que no podía ser era heredero de una tradición política incómoda.
Ahí está la operación decisiva. Aragón no fue eliminado del mapa sentimental de España. Al contrario: fue celebrado. Se le permitió cantar, desfilar, emocionarse, aportar una idea de autenticidad rural y de energía popular. Pero esa presencia se hizo al precio de una reducción. La jota podía ocupar el escenario; los fueros, no tanto. La Virgen del Pilar podía convertirse en emblema nacional; el pactismo aragonés quedaba confinado a la erudición. El carácter aragonés podía ser exaltado; la historia política aragonesa, desactivada.
Federico García Lorca, con sensibilidad de poeta y oído para la falsificación de lo popular, percibió algo de esa impostura cuando habló de una Zaragoza “falsificada” y “zarzuelizada”. La expresión es certera porque nombra el mecanismo: lo vivo convertido en escena, la ciudad en decorado, el pueblo en representación de sí mismo. La zarzuela, el costumbrismo y cierto regionalismo complaciente no inventaron Aragón, pero sí contribuyeron a fijar una versión manejable de Aragón.
Aragón fue, de hecho, uno de los territorios más intensamente folklorizados por la zarzuela española entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. El baturro, la jota, la nobleza rural, los Sitios o la exaltación sentimental de Zaragoza pasaron a formar parte de una imaginería nacional donde Aragón aportaba color, autenticidad popular y emoción patriótica, pero cada vez menos memoria política propia.
No destruyeron la cultura popular; la domesticaron.
Esa domesticación no es exclusiva de Aragón. Muchas comunidades históricas europeas han sido reducidas a imagen por estructuras estatales más amplias. Hugh MacDiarmid, el gran poeta de la renovación escocesa, se rebeló contra una Escocia convertida en tartán, paisaje romántico, whisky, gaita y sentimentalismo imperial. Su pregunta —“Scotland small? Our multiform, our infinite Scotland small?”[2]— era una protesta contra la miniaturización simbólica de un país. Escocia no era pequeña porque cupiera en una postal. Era múltiple, conflictiva, contradictoria, antigua, moderna, obrera, intelectual, rural, urbana, insular, europea. Demasiado compleja para ser reducida a decoración.
La analogía con Aragón no debe forzarse, pero ayuda a comprender un fenómeno común: hay pueblos que no son negados; son simplificados. No desaparecen; se vuelven turísticos, folclóricos, sentimentales, regionales. Su memoria deja de resultar peligrosa porque ha sido traducida a color local.
Tom Nairn, ensayista escocés de la segunda mitad del siglo XX y uno de los grandes intérpretes de la cuestión nacional británica, pensó Escocia como una nación absorbida por una estructura británica que no necesitó destruirla por completo para neutralizar parte de su energía histórica. Su reflexión permite mirar Aragón desde una clave semejante: no siempre domina más quien prohíbe, sino quien integra. La integración puede convertirse en una forma sutil de desposesión cuando incorpora a un pueblo dentro de un relato más amplio hasta hacerle olvidar la necesidad de narrarse desde sí mismo.
Ahí resulta imprescindible Antonio Gramsci. Su concepto de hegemonía ayuda a comprender que el poder no actúa sólo mediante leyes, castigos o prohibiciones. También actúa fabricando sentido común. Una visión del mundo se vuelve dominante cuando quienes viven dentro de ella dejan de percibirla como construcción histórica y empiezan a aceptarla como natural[3]. La españolización de Aragón no consistió únicamente en imponer estructuras políticas uniformes. Consistió también en lograr que la lectura española de Aragón pareciera la única lectura razonable de esta tierra.
Esa hegemonía se aprende en la escuela, en los manuales, en los mapas, en las fiestas nacionales, en la prensa, en la literatura costumbrista, en los discursos oficiales y en una pedagogía sentimental de España que enseñó a mirar Aragón como parte entrañable de una totalidad superior. Durante generaciones, muchos aragoneses aprendimos antes la continuidad gloriosa de España que la discontinuidad de nuestra propia tierra; antes la unidad nacional que la fractura de 1707; antes el orgullo de contribuir a España que la pregunta por aquello que Aragón había dejado de ser.
Por eso el verso de José Antonio Labordeta —“Hemos perdido nuestra historia, canciones y caminos en duro batallar”[4]— tiene una gravedad que va más allá de la nostalgia. No significa que Aragón carezca de pasado, ni que falten archivos, historiadores, monumentos o tradiciones. Significa que ha perdido, en buena medida, la relación viva entre ese pasado y una conciencia colectiva de sí. Aragón conserva patrimonio, pero no siempre memoria. Conserva orgullo, pero no siempre relato. Conserva identidad, pero demasiadas veces una identidad administrada por otros.
Quizá Aragón no empezó a perderse del todo cuando perdió sus fueros. Quizá empezó a perderse cuando dejó de echarlos de menos. Cuando la pérdida dejó de doler. Cuando el antiguo reino pudo ser narrado como una peculiaridad regional. Cuando la palabra Aragón empezó a significar, para demasiados, un acento, una jota, una virgen, una forma de nobleza rural, y no una tradición política interrumpida.
Todo relato nacional elige qué memorias incorpora y cuáles neutraliza. España incorporó de Aragón aquello que podía fortalecer su propia imagen y dejó en penumbra aquello que podía complicarla.
La tarea pendiente no consiste en inventar otro Aragón. Consiste en retirar las capas que lo cubren. Mirar debajo del baturro. Debajo de la postal. Debajo de la lealtad aprendida. Allí permanece todavía un país más antiguo, más complejo y más incómodo: un Aragón que no necesita dejar de pertenecer al presente para recuperar su memoria, pero que tampoco puede seguir aceptando que otros le expliquen quién ha sido.
Porque un pueblo no desaparece sólo cuando le arrebatan sus instituciones. También desaparece cuando conserva su nombre, sus fiestas y sus canciones, pero pierde la capacidad de contarse a sí mismo.
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[1] En “De Salamanca a Barcelona” publicado en La Nación en 1916 y, posteriormente, en 1922 recopilado en Andanzas y visiones españolas.
[2] “¿Escocia pequeña? ¿Nuestra multiforme, nuestra infinita Escocia pequeña? / Solo como un trozo de ladera puede ser un rincón cliché/A un tonto que grita “¡Nada más que brezo!” (…). Fragmento de Dìreadh I, de Complete Poems, vol. II (Carcanet, 1994).
[3] Selections from the Prison Notebooks, International Publishers, 1971, p. 57, “The supremacy of a social group manifests itself in two ways, as domination and as intellectual and moral leadership.” (“La supremacía de un grupo social se manifiesta de dos maneras: como dominación y como liderazgo intelectual y moral.”)
[4] La canción Somos de José Antonio Labordeta se publicó originalmente en su álbum de estudio Qué queda de ti, qué queda de mí lanzado en 1984. Versión en directo (1986) Tú y yo y los demás. Además, aparece en la antología triple editada tras su fallecimiento, titulada Con el puño cerrado con dignidad (2011).




